quarta-feira, 2 de setembro de 2020

El Juancito y el tiempo.

 

Selvas Natatorios, G-196 | Selvas, Piscinas, Casas bellas


El Juancito y el tiempo.

Basado en hechos reales, pero no tanto.

 

Entré en la casa quinta de Tortuguitas y al primero que me encontré fue al Juancito de Córdoba. Compañero del Ministerio de Obras Pública y de la militancia en el sindicato, el SEP, Juancito estaba empezando a informarse mejor sobre lo que éramos y lo que hacíamos, - pero ya sobre la marcha y siendo uno de los nuestros-, y de practicar lo que todos practicábamos o sea, conspirar, estudiar, organizarnos y luchar del mejor modo posible, dentro de las limitaciones de nuestra juventud e inexperiencia, y con todas las precariedades del momento.

La semana que iríamos a pasar en la quinta ya había empezado hacía dos o tres días para Juancito, que por ser más nuevo en la organización, necesitaba de alguna aclimatación previa a la reunión ampliada de dirección nacional con la que iría a culminar el seminario. No se trataba de nada académico y sí de una especie de entrenamiento en todas las artes de la conspiración revolucionaria, que debería tener como base un análisis de la situación nacional - en épocas convulsionadísimas como las de mediados a finales de 1975-, y una definición de lo que llamábamos táctica, estrategia y programa revolucionarios. Teníamos una gran desventaja en relación a los otros agrupamientos sindicales, barriales y estudiantiles que se habían convertido en pequeños y medios partidos. Y es que, a diferencia de la mayoría de ellos, no creíamos que la situación política explosiva fuera la antesala de un momento revolucionario, y por lo tanto, tampoco nos considerábamos un partido, ni siquiera um embrión del partido que se necesitaba para una revolución. No había situación revolucionaria, de asalto al poder, y sí, nada más y nada menos que un momento prerrevolucionario de aguda crisis.

- Cómo andás Juancito?- le largué, después del abrazo y el apretón de manos.

 - Aquí ando, en esta vida quirquinchezca- me contestó; y ahí nomás adquirí para siempre ese adjetivo y sus variantes substantivas. Quirquinchezco, calidad de quirquincho, mulita, peludo, tatú carreta, armadillo. Y en la boca de Juancito, quirquinchezco significaba encierro, días y más días seguidos, como si estuviera bajo tierra, escondido y disimulando para no ser cazados.

- Pero bueno, ¿aprendiste algunas cosas nuevas, Juancito? Contame, loco-.

- Y sí, aprendí bastante,  tanto que me parece que me voy a tener que enyesar la cabeza para que no se me escape nada de lo que aprendí. El viejo Ismael sabe mucho, ¿no? pero parece medio chanta, también.

 

Y mientras Juancito me habla y cuenta sus peripecias, yo empiezo a girar alrededor de él, a verlo de todos los ángulos, y por cada veinte o treinta palabras que él me dice, yo le doy una vuelta alrededor; y cuando yo le contesto otras cincuenta o sesenta palabras - siempre fui de hablar más que los otros- doy otro giro a la vuelta de Juancito; y así nos vamos caminando hacia fuera de la casa, y en la pileta del jardín juegan como dos chicos grandes Diego y el Gordo Chupete, y se tiran agua con las mangueras; hasta que a Diego no se le ocurre nada mejor que echarle un balde con agua en la cabeza al otro, pero no se da cuenta que el balde tiene cloro, y los dos saltan de dolor para dentro de la pileta, y salen con los ojos rojos; y al final van a parar dos días dentro de una pieza sin nada de luces, con colirios cada media hora; y encima van "sancionados" -o sea, de castigo- sin derecho a voto hasta el final del seminario; y todo esto demora menos de cinco minutos para ocurrir, y yo acá me tardo unos quince, veinte minutos para relatarlo; y eso que no entré en los detalles, ¿no? como por ejemplo, el vestido floreado de Irene, y el color azul brillante de la malla de Diego, y el shorcito rojo del Gordo Chupete, todo mojado de cloro; y ni hablé siquiera del Rafita, corriendo a los gritos, desnudo y gritando: "Yo soy Rafa, mi papá no se llama Rafa, él se llama...!" y todos atrás de él, para taparle la boca para que no cuente que el Rafa en realidad es el Pelado, o Polo, o Eduardo...; y el reto histórico del viejo Ismael Viñas a Diego y el Chupete, por chiquilines irresponsables, justo él, que enseguida después del golpe iría a fugarse con miles de dólares que guardábamos para las familias de los compañeros despedidos de tantas fábricas, los clandestinos; y algunos dicen que fueron 150 mil que se afanó, y yo mismo pienso que sí, que era eso mismo, pero otros que no, que eran solo 50 mil; pero todo esto pasó en menos de diez minutos desde que llegué, y Juancito contándome de sus días quirquinchezcos en la quinta hasta el accidente del cloro en la pileta y el sermón del viejo, y Rafita corriendo y casi botoneando el nombre del compañero más buscado por el ejército desde el Plan Conintes. Es que como decía el Johnny de "El perseguidor" de Cortázar, no hay un tiempo único, hay dos, y el mío es como el de Johnny, más corto que el de los relojes. Porque vea Ud. doctor, mire cuánto tiempo me tardo ahora para escribir todo esto, ¿unos veinte minutos? pero si no pasó más de cinco en la vida real; ¿se da cuenta Ud? y encima, desde que me trajeron acá no tengo más que papel y birome para escribir, y la mano se me cansa, el clonazepán y la respiridona me dejan los músculos del brazo más flojos y lentos, y mi tiempo de escribir se multiplica. El otro día, doctor, estaba mirándome al espejo, no sé, unos quince o veinte minutos...yo y pensabe en eso del tiempo, los minutos y las horas, ¿no? Y empecé a mirarme dentro del ojo, y fui yendo para adentro, cada vez más, y ¿sabe qué vi? Vi mis neuronas, ¡Síi! Mis células nerviosas, las miré fijo y las vi apagándose, como estrellitas viejas, y vi sus bracitos nerviosos separándose, perdiendo sus sinapsis, agitaban sus manitos y lloraban algunas de ellas doctor, porque se alejaban unas de las otras. ¿Y sabe Ud. por qué ocurría eso? porque me pongo muy nervioso con eso del tempo, doctor; es el estrés, que le dicen ahora. Ya sé doctor, ya me quedo más calmo, sí, me voy a dormir, no hace falta que llame a los enfermeros, no, no necesita darme el Gardenal, ya me voy a dormir.

 

J.V. Juqueri, São Paulo. Agosto de 2029.



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