sexta-feira, 16 de fevereiro de 2018

Brasil, entre la catástrofe o una salida popular

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La intervención militar a Rio de Janeiro, con un general al mando de tropas del ejército para coordinar la represión al narcotráfico muestra que el gobierno Temer, - igual que Macri en Argentina- apuesta a resolver con la fuerza de las armas todos los problemas sociales y políticos más delicados.
El texto a continuación es de noviembre, pero poco ha pasado, a no ser la condena a Lula y la casi renuncia de Temer a imponer su reforma al sistema de jubilaciones. Cualquier cosa puede ocurrir a cualquier momento.


Brasil, entre la catástrofe o una salida popular

El golpe contra Dilma Rousseff erosionó la democracia, provocó una crisis institucional permanente y la degradación social y moral del país, con un gobierno rechazado por casi toda la nación, que revoca derechos, cancela políticas sociales y destruye las bases de la educación, la salud pública, la investigación científica y la cultura. 
En ese panorama, sin que todavía haya reacción popular, pese a que las luchas parciales no cesan, lo que surge es una situación insostenible, en equilibrio precario y sin demasiado futuro, en la que cualquiera de los bandos que luchan sordamente entre sí por el poder puede desequilibrar al conjunto en cualquier momento. 

Puede ser una decisión del poder judicial, una acción militar que intervenga más allá de lo permitido, una alianza nueva entre partidos o cualquier giro de posición de algún político importante, o la prisión de algún político o empresario notable, sobre todo, la del propio Lula, o la improbable caída de Temer. Cualquier nuevo elemento inesperado de combustión puede derrumbar el inestable cuadro actual y poner al país y a su frágil democracia en riesgos aún mayores que los que hoy vivimos.

El ala “esquerda pra valer” (izquierda de verdad) del PSDB, exige que el partido vuelva a la socialdemocracia y deje el rumbo liberal-conservador. Sería promisorio si no fuera que los jóvenes “izquierdistas”, que hasta ayer coqueteaban con el fascistoide MBL (Movimento Brasil Livre, grupo de derecha que nació pidiendo el impeachment de Dilma Rousseff) no tuvieran como líder al gobernador de San Pablo, Geraldo Alckmin. Es otra anécdota folclórica de las que brotan a diario en la política institucional del Brasil del golpe, con noticias que atropellan y muestran un panorama caótico e inflamable.

Vivimos una situación insostenible, en desequilibrio total y sin mucho futuro de permanencia. Los meses pasan y a los analistas les cuesta escribir sobre el caos político y social del Brasil del largo año de 2017. Se desaniman, o piensan que el pueblo brasileño es apático, y casi se merece lo que está ocurriendo. Otros se asquean de la política como si se tratase de un tema de inmoralidad total y sin remedio. Es un cuadro político que no deja de moverse, sorprendiendo con novedades que, de tan esperadas, crean más desesperanza y aumentan la incredulidad y el desánimo en una parte creciente de la población.

El cuadro podría resumirse así:

Un gobierno corrupto, sin responsabilidad histórica de sus acciones o noción del legado que dejará para los libros. Un poder ejecutivo formado por el PMDB y sus satélites históricos, los partidos enanos de alquiler del Centrão, y dos  ministros del PSDB, con el programa ultraliberal de Temer en su Ponte para o Futuro, que sorprendió a los tucanes por su radicalismo. Gobierno surgido de una compleja maniobra política, institucional y mediática en forma de un golpe blanco, sin uso de fuerzas armadas o policiales, y con abuso de chicanas jurídicas y políticas. Una coalición de las derechas más conservadoras, basadas en líderes neopentecostales (Eduardo Cunha, Jair Bolsonaro, Marco Feliciano, Edir Macedo, Marcelo Crivella, etc.) que creció en estos 22 meses, imponiendo una agenda reaccionaria de destrucción de los avances sociales de educación, salud, cultura, y derechos de las minorías, en los gobiernos Lula y Dilma.

Un avance de medidas liberalizantes de la economía y las relaciones empresa-trabajador, con privatizaciones, entrega del control de las riquezas nacionales a monopolios internacionales, y disminución de las políticas sociales al mínimo posible.

Aumento de la represión sumada al recorte a las acciones sociales, y derechización de la relación estado-ciudadano, con aumento de las intervenciones policiales y militares en detrimento de la negociación, el diálogo y el respeto a las minorias y sectores más pobres.

Debilitamiento de la oposición y dispersión de las izquierdas, del PT y de su relación con los movimientos sociales; relativa quietud o acciones aisladas de los movimientos y liderazgos sociales, estudiantiles y sindicales.

Contradictoriamente, crecimiento de la candidatura de Lula y descenso de sus niveles de rechazo, al tempo que crecen las amenazas a su postulación.  Mientras aumentan las posibilidades de detención de Lula y se le impida la participación electoral en octubre de 2018, crece su figura y disminuye las de sus oponentes.

Polarización de la derecha más visceral, nostálgica de la dictadura y de las opciones más antidemocráticas y profascistas, y los sectores más corruptos y autoritarios de la base del gobierno. Surgen declaraciones golpistas como las del general Antonio Mourão, y se callan las altas autoridades militares y del gobierno.

División del PSDB entre los grupos dirigentes liberales que apoyaron el golpe de Temer y quieren seguir en el gobierno, por un lado, y los ultraliberales, con cabeza más visible en el intendente paulistano João Dória, con apoyo de la juventud del partido y su correa de transmisión en los "movimentos de rua" de la derecha --MBL y Vem pra Rua-- que tienden a fusionarse con los jóvenes “cabeças pretas” del PSDB, sin demasiado futuro, a menos que deriven en una fuerza de choque al viejo estilo fascista.

Un poder judicial dividido entre dos o tres grupos políticos que apoyan alguna facción de la alianza en el poder, y un centro mediático en la Operação Lava-jato, bastante apagada en este momento, centrada en romper las estructuras del PT y la potencia de Lula, y secundariamente las del PMDB.

¿Cuáles son las banderas posibles de los movimientos sociales y los partidos de la izquierda en esta situación? 

Primero, un mínimo de unidad programática a partir de reconocer el enemigo común y la precariedad de la situación de las izquierdas. Derribar el gobierno de Temer y detener sus reformas, o atrasar hasta el próximo gobierno nacido de elecciones libres el estudio de cualquier reforma que represente nuevos retrocesos. Adelantar las elecciones libres y generales para presidente y gobernadores y, sobre todo, para un nuevo Congreso, dado el desprestigio del actual, que da base al gobierno Temer. Y para eso es necesaria una candidatura natural, y no solo la de Lula, sino también de otros líderes de la izquierda que podrán confluir en un eventual balotaje, con programas amplios de defensa de las conquistas de los últimos 15 años, que incluyan todos los frentes de lucha: salarios, vivienda, salud, minorías, mujer, juventud, medio ambiente, etc.

Superar la crisis exige una elección legítima, lo que no ocurrirá si Lula fuera excluído de ella. Solo un gobierno nacido de una elección limpia puede rehacer el diálogo y serenar los ánimos, sin sacrificio de las clases populares. La democracia exige negociación, con legitimidad de un gobierno salido de una elección limpia. Con un programa para la crisis económica profunda, contra las recetas de austeridad que llevaron el país a la quiebra, que llene en el pueblo el vacío generado por el caos de representación de los partidos, un Congreso desmoralizado y un gobierno ilegítimo que solo se sostiene por un sistema fallido y sin credibilidad. Pero esto debe ser en el marco de un proyecto de larga duración, pues aunque la izquierda ganara las elecciones, ello no resolveria la crisis por sí mismo, y es preciso aprender las duras lecciones dejadas por el golpe, sobre todo en relación a las alianzas electorales y de gobierno.

¿Cómo sería un nuevo gobierno popular? Es necesario ampliar la movilización popular mientras se reconstruye una masa crítica con una sólida ideología de izquierda. 
¿Es posible hacerlo sin sectarismos? ¿Evaluaremos los errores pasados que hicieron perder las conquistas de 13 años en pocos meses? 
¿Entenderemos que la escuálida burguesía nacional brasileña, socia menor del gran capital internacional no tiene aliento para sus programas desarrollistas, que siempre acaban en el paternalismo o en la derrota por el odio de las clases privilegiadas? 
¿Veremos que las alianzas con esa burguesía impotente son casi imposibles, y que es mejor buscar las capas medias trabajadoras, hoy ilusionadas por el discurso neoliberal? ¿Sabremos incorporar las reformas dentro del capitalismo en un programa que apunte más lejos, en un proyecto socialista que imagine una sociedad más justa e igualitaria?

En las redes sociales, los medios y en la propaganda de partidos de centro-derecha como el DEM, base del gobierno, se ruega "frenar la polarización" y la violencia en las discusiones; quieren evitar la atomización del centro-derecha, pero la agresión viene del propio estado y de quien lo gerencia hoy, el dueño real del poder. Los ataques contra el pueblo por parte del estado son cotidianos, igual que el vendaval de odio de los que apoyan al gobierno, divididos entre Jair Bolsonaro, candidato de la ultraderecha, o el MBL, Doria, el presentador Huck de la Globo, o quién sea contra Lula y el PT. 

Las redes sociales dicen que "el pueblo no reacciona", o "la izquierda no se mueve", ignorando que la acción popular y la de dirigentes lúcidos y aguerridos de los trabajadores son productos de situaciones complejas, difíciles de medir y de predecir. El tiempo dirá si ese equilibrio volatil e inflamable, va a terminar en desesperación y sacrificios aun más violentos del pueblo, o si va a haber un aprendizaje lento y más creativo.

Con un gobierno apoyado en el "margen de error" de 3%, y su base dividida entre opciones a la derecha y la ultraderecha; con Lula favorito, aunque perseguido sin trégua y a punto de ser preso, y las opciones de centro derecha, João Dória, Álckmin y Marina Silva, atrás de Bolsonaro, podrá haber más avances autoritarios, o intervención militar parcial. Pero nada quita del centro del escenario los dos únicos programas que están en juego: el neoliberal y sus variantes, fracasadas en Europa y América Latina, por un lado; y por el otro el que se enfoca en lo social, en la superación de los abismos entre clases, la integración y el empoderamiento de los más desfavorecidos.

Son programas reformistas, no revolucionarios, que no se proponen desmontar el estado ni el sistema capitalista. Pero son los que pueden hacer las reformas necesarias para el avance popular en democracia.


Proscribir a Lula y al PT es un error fatal de la derecha; pueden triunfar por algunos años, pero las historias del peronismo en Argentina, o del MNR en Bolivia, muestran que la memoria popular es persistente. Más que los modismos o las "soluciones" de la derecha, y los factótums del multimedios O Globo y la revista de derecha Veja –-Collor de Melo en 1998 o Luciano Hulk ahora- son siempre condenados al fracaso. Pueden anular las elecciones, encerrar a Lula y crear títeres mediáticos, pero tarde o temprano tendrán que negociar con las opciones populares, hoy representadas por Lula, Guilherme Boulos, del Movimiento de los Trabajadores Sin Techo, y los programas de la izquierda. 

JV. São Paulo, noviembre de 2017 y febrero de 2018.

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