sábado, 14 de setembro de 2019

Y no pudieron matarlo

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El arte se enfrenta al poder, lo enloquece, lo reta, le escupe a la cara. Víctor Jara representa esa fuerza de choque. Ni el odio de los Pinochet del mundo, ni la Operación Cóndor, ni el tremendo olvido de la academia han podido acallar la voz de este valiente. 
VIVE VÍCTOR JARA! 

No estoy seguro que la inmortalidad sea una ficción. Lo digo en serio, lo digo con el firme deseo de pronunciar con todas sus letras la palabra "porvenir".

La inmortalidad a la que me refiero dista mucho del deseo de vivir en un más allá inconquistable; tampoco tiene que ver con el territorio de la fe, que tan poco frecuento por voluntad propia. La inmortalidad a la que me refiero es a aquella explosión de vitalidad que va sembrando futuro a su paso. 
Quien haya leído a los grandes poetas del siglo XX, encontrará en estas líneas una gran influencia del poeta español Gabriel Celaya cuando dice que "la poesía es un arma cargada de futuro". Si dejamos entrar este verso a lo profundo de nuestro espíritu, estaremos, lector, condenados a entendernos.

El 16 de septiembre de 1973, el golpe de estado en Chile encabezado por Augusto Pinochet, y orquestado por Heny Kissinger, provocó la tortura y muerte de uno de los cantautores mas potentes del imaginario latinoamericano: Víctor Lidio Jara Martínez. El nombre mismo suena como un dulce terciopelo de sangre. 
Víctor Jara no era un cantante común: su música era una trinchera activa; sus canciones, si tenemos la fuerza de escucharlas, son capaces de herir el corazón del tiempo, de operar en nosotros la lucha por la vida. Recuerdo la primera vez que escuché su voz. Esa voz viva y lacerante fue capaz de romper el falso vínculo que me unía con mi propia realidad. Escuchar a Víctor Jara es someterse a un cambio de piel.

A esto hago alusión cuando me refiero a la inmortalidad. A Víctor Jara no lo pudieron matar, acabaron con su cuerpo, pero ni Pinochet, ni la Operación Cóndor, ni todas las campañas de terror organizadas por el imperio mas poderoso de nuestra era, pueden ni por un instante acabar con una voz honesta. 
El arte resiste, se aferra a la vida, no niega el horror, ni lo anula, ni nos promete un paraíso por descubrir. 
El arte vive de frente al terror, le escupe  a la cara, lo engaña, lo enloquece, se revuelve en sus propias dudas y, si es verdadero, sobrevive a la miseria y a los golpes de maldad y de vileza a los que como sociedad estamos sometidos. No sólo sobrevivimos en el arte, resistimos, nos afirmamos en la existencia.

La América Latina en la que vivió Víctor Jara parece que ha quedado atrás, pero esto es sólo apariencia: la explotación a los obreros, el desprecio a los campesinos, los abusos de la fe, la negación de los derechos humanos mas básicos como educación, salud, trabajo, alimento y movilidad son negados a un gran porcentaje de la población muchas veces por parte de las instituciones mismas. Nuestras sociedades siguen siendo injustas, nuestros gobiernos siguen siendo corruptos, nuestras universidades siguen siendo ingenuas, nuestros trabajadores siguen teniendo hambre, nuestros migrantes siguen recibiendo golpes e injurias, nuestros hijos siguen teniendo miedo y nuestras hermanas siguen siendo asesinadas a la vista de todos.

Por esta razón, la música de Víctor Jara le parecía insoportable a los monstruos de su tiempo. Por este motivo, su obra sigue pareciendo insoportable a las nuevas tiranías que hasta hoy nos siguen asfixiando. Jara desafiaba, denunciaba, elevaba su voz como una flecha de fuego que iluminaba las injusticias y las esperanzas de su tiempo. Por eso su asesinato fue brutal, en Víctor intentaron asesinar el espíritu de rebeldía en el que se funda realmente la América Latina. 
No lo lograron. Canciones como Manifiesto, Vientos del pueblo, El derecho a vivir en paz, Te recuerdo, Amanda, Deja la vida volar, Canto libre, Plegaria a un labrador están tatuadas en el alma imposible de este continente lleno de muerte, pero también lleno de héroes de barro y pasión furiosa. 

En julio de 2018, casi 45 años después de su cobarde asesinato, los asesinos fueron condenados a prisión. La justicia llegó con una demora insoportable, sin embargo la vida y la obra de Víctor Jara están por encima de la justicia de nuestro tiempo. Su canto es un canto libre, que nunca cantó por cantar, ni por tener buena voz; que canta porque su espíritu se lo demanda y su voz corre por los caminos del pueblo desde ahora y para siempre encendiendo conciencias y denunciando miserias. 

Cada vez que suena la trova de nuestro legendario cantante chileno, tiembla el corazón de las tinieblas, se estremece el tirano y el mundo descubre nuevamente el sabor enervante de la rebeldía.

samuelr77@gmail.com

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