terça-feira, 10 de novembro de 2015

Las tristes -y nefastas- historias de López Rega y Bignone




Las tristes -y nefastas- historias de 
López Rega y Bignone

En la vieja foto se ve al joven José —un muchachito que por entonces tendría, tal vez, unos veintiséis años— que se luce ante el padre, orgulloso, con su flamante informe de agente de la Policía Federal Argentina. Según se cuenta en la ficha de ingreso a la institución, José Ignacio López Rega medía 1,67m de altura y pesaba sesenta y seis kilos.

La ficha también informa que es un excelente tirador. Para sus prácticas cotidianas, usa el arma reglamentaria, una pistola Colt 45, de la misma partida que el presidente Agustín P. Justo llevara para la policía federal, con las recaudaciones obtenidas por médio de una insólita colecta popular.

Es en esos años de su ingreso en la Policía Federal que se puede confirmar, a través de varios testimonios, la fuerte inclinación del futuro Ministro de Bienestar Social de Perón e Isabelita hacia el esoterismo. A tal punto que llegan a sancionarlo cuando lo encuentran, en pleno horario de trabajo de vigilancia, en una parada de ómnibus leyendo libros esotéricos que había comprado ese día en la editorial Kier.
Es también de esa época, entre los años de 1943 y 1946, que se conservan algunos de los muchos horóscopos que él producía para sus compañeros de trabajo en la Policía Federal.

Se comentaba que sus poderes ocultos le habían permitido desvanecerse en diversas ocasiones en el aire y desaparecer incluso de la superficie de la tierra; y decían también que luego lograba reaparecer en varios lugares, con cuerpos y caras diferentes. Murmuraban en voz baja sus fieles seguidores que, si él quisiera esconderse, nunca más se lo podría encontrar.

Sin embargo no fue así que ocurrió. Pasados diez años de los grandiosos movimentos populares y de trabajadores industriales que terminaron en el Rodrigazo y definieron su salida apresurada del gobierno y de Argentina, José López Rega —quizás el último bufón, actor terrible de opereta del gobierno peronista anterior al golpe de 1976 que, después de años en la oscuridad, fuera  el preludio de la época más trágica del país— era detenido en Miami y extraditado a Buenos Aires para ser juzgado en democracia. La misma democracia que él tanto se empeñó en atacar y destruir.

El que una vez fuera el omnipotente ministro de Bienestar Social y secretario privado de la Presidencia, de 1973 a 1975, que fuera buscado y requerido por la justicia argentina y la Interpol durante más de diez años, por increible que pueda parecer, un buen día se presentó para entregarse ante las autoridades norteamericanas.

López Rega pensó, seguramente, que su fervoroso anticomunismo —en medio de una Era Reagan en la que los EEUU ofrecían apoyo ostensible a los Contras en Nicaragua y a cualquier fuerza que afianzase la ofensiva contra la URSS en los últimos años de la Guerra Fría— irían a borrar su pasado negro y podría lograr así, tal vez, un asilo político, o lo que él imaginaba que podría ser un exilio dorado para su vejez.

Pero la justicia norteamericana consideró que los crímenes por los que se lo acusaba, como fundador y jefe  del grupo paramilitar Alianza Anticomunista Argentina —las Tres A, o Triple A y sus más de mil asesinatos, no solo de guerrilleros de izquierda, estudiantes, intelectuales y sindicalistas, sino también de políticos democráticos de centro—, y de haberse robado los fondos de la presidencia y de la Cruzada de la Solidaridad, no se podrían clasificar como meros "delitos políticos e ideológicos".
De ese modo, la corte de apelaciones de los EEUU rechazó los argumentos de la defensa de López Rega, que insistía en decir que su cliente sufría una "persecusión política". 
La justicia estadounidense confirmó su extradición a la Argentina, lo que fue apoyado enseguida por el Departamento de Estado.

A pesar de todas las señales negativas que se le acumulaban como nubes negras, "Lopecito", como le decían sus amigos, se presentó ante la justicia estadounidense tan seguro de sí mismo que llegó a contratar unos abogados de defensa que ni siquiera conocía. Dicen que su compañera, a la que llamaba "hija espiritual", María Elena Cisneros, con quien vivió sus últimos años de persecución —y cuyo padre le facilitó su propio pasaporte para la fuga de España a Suiza comentaría después que a los abogados defensores "se los eligió la Virgen María".

Pero la jueza en Miami no se conmovió con la declaración patética de M.E. Cisneros sobre los famosos "30 títulos universitarios" de Lopecito, el futuro Brujo. Aunque sí es seguro que el argumento de uno de sus defensores, el cubano-norteamericano, Luis Fours, debe haberla convencido que tenía que extraditar al nefasto personaje lo más rápido posible:

"A Hitler lo acusan de una infinidad de crímenes, incluso de haber asesinado y torturado, pero nunca se le vio un arma en la cintura", dijo el poco hábil Fours en la Corte. "Con López Rega ocurre más o menos lo mismo", agregó, sellando el destino de su cliente.

Flaco favor le hizo al "Brujo" tamaña comparación; aunque ya se sabe que sus origenes son, como los del Fuhrer, bastante oscuros, confusos  e insignificantes.

Cuando asumió el Ministerio de Bienestar Social hizo publicar que había sido uno de los "fundadores del peronismo",  pero por lo que se sabe, lo más cerca que López Rega logró aproximarse a Perón durante los primeros gobiernos justicialistas de los años de 1946 a 1955, fue como guardia de su residencia de la calle Austria en la que, algunas pocas veces, actuó como su guarda-espalda personal.

Varios años después, cuando el futuro Brujo ya tenía 49 años y se había retirado como cabo de la Policía Federal, logró ser presentado formalmente a Isabel Perón, durante su gira a la Argentina como enviada especial del general en su arremetida contra Vandor y el “peronismo sin Perón”.

Mientras duró la gira, el excabo le sirvió a una hasta entonces casi desconocida —y también bastante oscura— Isabelita Martinez de Perón, nada más que como mero ayudante, hasta que consiguió que ella lo llevara a Puerta de Hierro, en Madrid, en donde residía el viejo líder exiliado.

López Rega ya había entrado de cabeza, hacia aquella época, en el mundo del espiritismo profundo. Cuentan que, antes de todo eso, había fracasado en sus fugaces tentativas de ser un cantante en un restaurante de Nueva York durante los años 30. Más tarde, ya de vuelta a la Argentina, fue contratado por una radio y dicen que gastaba su sueldo alquilando fracs y trajes de ópera para vestir sus fantasías.

En 1962, el futuro Brujo abrió una imprenta y empezó más seriamente su carrera en las ciencias ocultas. Publicó la que sería su obra maestra: "Astrología esotérica: secretos develados", en la que se proponía revelar todos los misterios del universo.
Más tarde, Lopecito inauguró también un instituto de belleza en el que se dedicaba a dar consejos a las mujeres para que pudieran combinar su ropa con sus signos del zodíaco.

Fue en esa misma época en que publicó, según él mismo cuenta, “en coautoría con el arcángel San Gabriel”, su segunda obra: "Alpha y omega: un mensaje para la humanidad".
López Rega —o el "hermano Daniel", como lo llamaban los espiritistas de la secta Anael—  también frecuentaba los ritos del umbanda, el candomblé,  la quimbanda, o lado izquierdo o polo negativo de la umbanda.
El Brujo López Rega se proponía, con estas armas espirituales en mano, abarcar, y en la medida de lo posible controlar, todo el conocimento del mundo astral, incluso de la magia negra, para lo cual estudió a fondo la macumba brasileña, y ya una vez firmemente estabelecido en el poder en Buenos Aires, viajó varias veces a Brasil para participar en esos cultos.

Pero antes de esto, todavía viviendo en la casa de Perón, "Daniel" puso todo su conocimiento y sabiduría al servicio del general.
La influencia de “El Brujo” sobre el matrimonio  Perón era algo innegable para los visitantes de la última época del exilio del viejo. Aunque a veces se dijo que la influencia de López Rega fue exagerada o super dimensionada por los sectores del peronismo que querían quitarle toda la responsabilidade a Perón en sus decisiones más criticadas por antipopulares, que son justamente las más recordadas del período de 1973 a 1975.

Cuenta mi amigo Facundo que, una vez establecido en Puerta de Hierro, Madrid, López Rega ascendió de simple mucamo de la señora Isabelita al alto puesto de secretario privado del general Perón. El futuro Brujo aumentó a tal punto su poder, de llegar a filtrar e incluso impedir que muchos de los colaboradores y viajeros en visita a Madrid se le acercaran demasiado al líder.

Y coinciden los relatos de mi amigo Facundo con los de Tomás Eloy Martínez, que en su "Novela de Perón" cuenta que, cuando el cuerpo embalsamado de Evita llegó a Puerta de Hierro, el "Brujo" mandó que lo colocaran en una habitación, y hacía que Isabel se acostara sobre el ataúd  con el objetivo de "transmudar la esencia espiritual de Eva de su cuerpo a la psique de quien iba a ser su sucesora".

Recuerda Facundo, que fue un simpatizante activo de la Guardia de Hierro, que a comienzos de la década del 70, López Rega volvió con Isabelita Perón a Argentina y, llegando a Buenos Aires, junto con su yerno Raúl Lastiri, funda el boletín de comunicación política llamado “Las Bases”, a través del cual empieza a extender sus influencias sobre el peronismo sindical y político de derecha. Y sua amigos de la Guardia de Hierro empiezan a dudar si deben o no entrar en la órbita de los satélites que va creciendo alrededor de El Brujo.

En marzo de 1973, una vez que fuera electo Héctor Cámpora el nuevo presidente del peronismo con la fuerza de la Juventud Peronistas López Rega da el salto más importante de su incipiente carrera política, una vez que, valiéndose como siempre de su cercanía a la poderosa pareja Perón, y del creciente apoyo que iba teniendo en los sindicatos controlados por Lorenzo Miguel y su pandilla, es nombrado ministro de Bienestar Social.

Después de 45 días, cuando Cámpora es obligado a renunciar y son llamadas nuevas elecciones que Perón e Isabelita ganan por amplísimo margen de votos el Brujo se convierte también en el secretario privado del presidente. Cuando el viejo líder muere, un año más tarde, e Isabel Martínez asume la presidencia argentina, el astuto arribista conserva todos sus cargos y aumenta aun más su poder.

Y es, justamente durante su jefatura en el ministerio, que López Rega consolida un tenebroso poder que se extiende a casi todas las áreas del gobierno de Isabelita. Varios testimonios indican que fue exatamente en ese período que "Lopecito" fundó la Triple A, la financió generosamente con fondos públicos y le facilitó las armas, vehículos y franquicias para actuar con el máximo de libertad.

Conformada por diversos sujetos vinculados a las máfias policiales y del peronismo sindical de derecha —muchos de los cuales se integraron más tarde a los grupos de tareas y a los servicios de informaciones del gobierno militar-—, la Triple A secuestró, torturó y asesinó a todos aquellos a los que consideró como izquierdistas, guerrilleros, comunistas, o que simplemente se opusieran o dificultaran los designios del ministro.

Fue durante esta época nefasta también, que López Rega sustrajo ilegalmente —en términos menos pulidos que los del periodismo diríamos simplemente que robó— miles de dólares de los fondos reservados de la presidencia, y según fuentes de la justicia argentina, se enriqueció con más de 35 millones de dólares en un contrato para la compra de armas largas firmado con Libia. Muchas de esas armas se encontraron más tarde en dependencias del propio ministerio.

Pero aun en un período tan perturbado por las luchas políticas y la violencia de las que él era en gran parte responsable, el brujo y astrólogo no desistió de sus ritos de hechicería. Se sabe que, ya en los últimos días de Perón, en julio de 1974, López Rega no se separó de su lado y afirmaba ser la fuente vital del general, que yacía enfermo y agonizante.

El creciente poder que acumuló el ministro y su capacidad para manipular a la viuda de Perón empezaron a preocupar seriamente a muchos de los dirigentes peronistas, incluso a los que lo apoyaban. Se empezó a murmurar, cada vez más abiertamente y sin temores, que "había que romper el cerco creado por el Brujo alrededor de Isabel".
La desastrosa situación económica y la debilidad de la presidenta, llevaron a que finalmente, tanto los  sindicalistas de la derecha, como los desplazados dirigentes y militantes de las Juventudes Peronistas, y sobre todo, las bases obreras y populares, pidieran la cabeza de López Rega.

El régimen, pensando que tal vez podría salvarse de la caída definitiva y de las amenazas de un nuevo golpe militar si sacaba del poder a López Rega, lo forzó a renunciar y consiguió que Isabelita lo enviara al exterior con un ambiguo y misterioso título de "representante de la presidenta de la nación". Pero el precio que el entorno de Isabel pagó tuvo la forma de una última gran huelga y manifestaciones obreras y populares contra el gobierno, y la preparación de un clima cada vez más enrarecido que traería nuevamente a los militares al poder.

A la llegada a su exilio dorado madrileño, "Lopecito" se instaló con toda su pachorra en la mansión de Puerta de Hierro, hasta que estalla el golpe militar de marzo de 1976. Los nuevos gobernantes militares lo desalojaron de lo que pensaba que fueran sus aposentos, y despojaron de inmediato al desastrado ministro de todos sus derechos constitucionales. El Brujo López Rega, ni lerdo ni perezoso, desaparece de imediato, y durante 10 años no se le conoce con certeza el paradero.
M. E. Cisneros, su compañera de infortunios, cuenta que pasaron gran parte de esa década en Suiza "en un mundo ideal, en el que nos dedicábamos a la música, a la pintura, a la filosofía y a los libros".

Hay quién cree que el Brujo López Rega trepó tan alto por las escaleras del poder político gracias a sus conocimientos y dotes esotéricos. Pero suena mucho más razonable pensar que el ascenso vertiginoso de un cantante mediocre y astrólogo ambicioso se deba nada más que al haber sido “el hombre correcto en un momento exacto”; o sea, a haber sido el personaje político clave, capaz de concentrar las necesidades de un sector lúmpem de la clase dominante argentina, enquistado en las hendiduras de una burguesía nacional desarrollista débil, y en los intersticios de una poderosa máquina burocrática que dominaba los sindicatos.  

Fue la profunda crisis en la cual se hallaba la sociedade Argentina en aquella época  —a la salida de una dictadura que duró de 1966 a 1973, exprimida entre una amplísima democracia y las amenazas represivas que venían desde dentro del mismo peronismo ganador de las elecciones—  la que permitió que el Rasputín del gobierno de Isabelita concentrara un poder que le alisó el caminho a los tanques del golpe militar y empezó las tareas de exterminio que las fuerzas armadas completarían a la perfección con el golpe de estado de 1976 a 1983.

"Si López Rega habla, serán varios los que tendrán que esconderse", dijo Guillermo Patricio Kelly, siempre en misteriosas cruzadas contra las mafias argentinas de su época, al volver de Miami, donde se había presentado como querellante en la causa abierta contra López Rega.

Fue en ese clima que López Rega llegó, deportado de los EEUU para que la justicia argentina lo llevara a tribunales, en plena democracia; democracia frágil y en constante peligro de retrocesso.


Pero volvamos un poco más atrás en la historia.



Parte 2

Entre 1972 y 1974 una organización poco conocida que llevaba por denominación “Guardia de Hierro”, se afianza como una de las varias partes integrantes de las Juventudes Peronistas. Según muchos de sus simpatizantes, ya en esa época G. de H. tenía alrededor de unos 15 mil militantes, bastante bien formados políticamente,  y que conformaban,  junto a otras organizaciones peronistas, lo que se conoció en su época como la Organización Única del Trasvasamiento Generacional (OUTG).

Se cuenta, sin que haya demasiada documentación confiable al respecto, que hacia fines de los años de 1960 la dirección política de G. de H. obtuvo una entrevista personal con Perón en Madrid —en la mansión del barrio de Puerta de Hierro, de la cuál algunos piensan, erróneamente, que la organización tomó su nombre— y a partir de ese encuentro se descartó totalmente la lucha armada como vía para el retorno de Perón de su exilio.
Los dirigentes de la organización volvieron al país convencidos de que no había condiciones sociales ni políticas como para que la guerrilla peronista pudiera desarrollarse en un país como la Argentina de ese momento. 
No era lo que Perón le decía, por otro lado, a los futuros dirigentes de Uturuncos, de las FAP, y más tarde a los de Montoneros y su Juventud Peronista, mayoritariamente a favor del enfrentamiento armado.

Se decidió también allí, entre Madrid y Buenos Aires, la  constitución de la agrupación Guardia de Hierro como una de las "formaciones especiales", una combinación de palabras que seguramente vendría desde España, cuyo primer objetivo político debería ser el retorno del líder, Juan Domingo Perón, al país. Y al poder.

Continuará


JV. Florianópolis, agosto de 1998.

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