quarta-feira, 6 de maio de 2015

La muy extraña muerte de Xavier Vilanova



La muy extraña muerte de Xavier Vilanova



María se encontró con Hernando y Camila cuando iban a bajar las escaleras del metro Masp-Trianon, ella yendo hacia Vila Madalena y los dos amigos para el lado de Ipiranga. Fue cuando oyeron nítidamente el choque del  paragolpe contra los huesos del peatón y el estruendo de la frenada, mezclado con el grito final del que había sido atropellado.

Bocinazos y gritos de espanto, y un señor, de no menos de 65 años, muerto a escasos 5 metros de donde los 3 amigos se miraban, paralizados, sin atinar a nada. O a casi nada, hasta que notaron la mochila, chiquita y ensebada por el uso continuo, arrojada con la luerza del impacto del choque a una corta distancia de la boca del metro.
Cuando la levantaron, y saliendo del estupor se dirigieron hacia el local del accidente, la policía ya arrancaba, presurosa, atrás de la ambulancia del SAMU que se llevaba a Xavier Vilanova.
No pudiendo entregar de inmediato la mochila del accidentado a alguna autoridad, se despidieron sin muchas palabras, y Marília se la llevó al teatro donde se quedaría hasta la noche.

Se había olvidado del asunto quando terminó la función y fue a buscar sus cosas al camarín. Abrió la mochila despacio, con una mezcla rara de pena y de asco por el accidente que no había querido ver, pero sobre todo por el estado miserable en que se encontraba la pieza que le había caído en manos de un modo tan impensado y fortuito. La examinó con cuidado, casi sin tocar las tres camisas y el par de calzoncillos que, como sorpresa agradable, estaban pulcramente limpios, bien planchados y levemente perfumados por una lavanda que contrastaba totalmente con el aspecto ruinoso de la mochila.

Al fondo, medio escondida entre un estuche de aseo personal -cepillo de dientes, desodorante, un jaboncito de hotel barato y un frasquito de donde parecia salir el halo de buen olor- se escondía una riñonera o un pochet, como la llaman otros, en perfecto estado de conservación, pero que no podía ser posterior a los años 80 en que se puso de moda como complemento imprescindible de todo viajero, turista o usuario sistemático de trenes y ómnibus urbanos.

María vaciló un par de segundos entre la curiosidad y el pudor, pero finalmente se rindió a lo que muchos dicen ser el apelo femenino más incontrolable, y abrió el pochet. Un par de anteojos, uno para ver de cerca, otro para sol; un RNE expedido por la policía federal en São Paulo en 1981; una carta con remitente de Córdoba, Argentina, dirigida a Javier Villanueva, el mismo de la identidad del RNE; otra sin sello, abierta, destinada a Raúl Sánchez, igual al de la primera carta, pero con dirección en Plaza Italia, Buenos Aires; y finalmente una tarjeta con los datos comerciales de Xavier Vilanova, profesor de inglés, con oficinas en la calle Gabriel Piza 484, a tres cuadras del metro Santana.

No tardó en darse cuenta María que atrás de lo que parecía ser un banal accidente de tránsito había algo muy misterioso.
–La verdad es que esta historia puede tener muchos finales complicados y bastante confusos– me dice, mientras se pasa el demaquillador. –O también la versión de varias personas con sus diversos puntos de vistas. Sobre el muerto, la víctima, digo– aclara.

–La policía -que pareció haber llegado rápido, pero en realidad fue confundida con la ambulancia del rescate- por causa de su demora, nunca vería al hombre que, discretamente, tomó la cartera del difunto y la cambió por otra, un serial killer que hace años mata personas en la región de la Paulista y luego les cambia sus identidades para que nunca puedan descubrirlo– me larga su hipótesis, casi sin respirar, y yo me sorprendo con la tremenda imaginación de mi amiga y su habilidad teatral para imaginarse espacios, personajes y tramas.

Sí. Como bien se lo imagina María, hay otras facetas del enigma que inquietan no solo al agente João Ribeiro de la policía de São Paulo, y a la propia Marília, como también a Rojo, un historiador madrileño, ajeno por completo a la muerte del peatón atropellado, pero que tendrá su parte en la historia.

Como ya sabemos, algunos sucesos pequeños, anécdotas o acontecimientos familiares menores –igual que muchos grandes momentos históricos–, son de carácter cíclico; a veces, parecen repetirse o combinar hechos que ocurrieron en remotas regiones, e incluso en remotas edades. Nadie ignora, por ejemplo, que los policías que examinaron el cadáver de Lincoln, hallaron una carta cerrada que le advertía sobre el riesgo de concurrir al teatro la noche fatal del crimen.
Y ocurrió también con Julio César, que al encaminarse al lugar donde lo aguardaban los puñales de sus amigos infieles, ya enemigos, recibió un recado que no llegó a leer, en el que iba declarada la traición, con los nombres detallados de cada uno de los desleales.

Lo de Xavier Vilanova, con tantos paralelismos históricos pudo parecer un presagio, pues el madrileño Rojo, un especialista en archivos, ficheros y memoria, era hijo de un vendedor de helados que había nacido en Córdoba, Argentina, en 1879, se había mudado a São Paulo al empezar el siglo XX, y ante el fracaso de la venta de sus productos en Brasil, había emigrado sin pensarlo dos veces a España. Esos paralelismos -y algunos otros- de la historia de Rojo con la saga familiar de Xavier Vilanova, lo inducen al historiador a suponer que hay una fórmula secreta del tiempo, una especie de dibujo de líneas de la memoria humana –un plano- que se repite, con o sin conciencia de los actores del drama o la comedia que les toca vivir.

–Y esos laberintos circulares lo salvan al historiador Juarez Rojo de confundirse, o de complacerse en la aceptación de la vulgaridad de una única versión, y así llega a una curiosa comprobación, una excitante y sorprendente comprobación que luego lo abisma en otros laberintos aun más inextricables y heterogéneos– dice despacio y en una voz cada vez más baja María; y Hernando y Camila, que fueron a visitarla al teatro, se miran sin entender demasiado, y se sorprenden con el interés que la amiga asumió por el caso del accidentado.
–Que la historia hubiera copiado a la propia historia, como en el caso de Julio Cesar y Lincoln ya era suficientemente asombroso, pero que la historia copie a la literatura...eso ya es inconcebible– dice, casi inaudible, y de inmediato Hernando se acuerda de Borges y su “Tema del traidor y del héroe”.
2. Desapariciones y mentiras
De los 7532 españoles detenidos en el campo de concentración construído por los nazis en Mauthausen, Austria, solo 2335 sobrevivieron. El historiador madrileño Juarez Rojo, expecialista en el tema de los deportados de España, estaba interesado en el profesor de inglés Xavier Vilanova después de conocerlo en una conferencia en 2002, en la que le pareció que su historia era lo mínimo muy intrigante.
Xavier le contó que después de la Guerra Civil española, y ya durante la 2ª guerra mundial, había sido encarcelado en un campo de concentración de Flossenbuerg, en Baviera, Alemania, lo que a Rojo le pareció un destino totalmente atípico para un español deportado durante el conflicto. Todavía no se había puesto a pensar que los 98 años de edad declarados por Xavier, no combinaban con su aspecto jovial, y que lo máximo que se le podía suponer era una edad entre 65 y 70 años. Detalles, meros detalles, pensó años después de los hechos.
Juarez Rojo leyó todo lo que pudo encontrar en bibliotecas y en archivos históricos especializados sobre el pasado de Xavier Vilanova, partiendo de la versión del propio profesor de inglés, que contaba que había sido un anarquista de Barcelona, y que fuera obligado a huir de su ciudad natal para Francia hacia el final de la Guerra Civil española que duró de 1936 al 39.
Tenía mucha curiosidad, sí; yo estaba realmente interesado en saber más, pero de pronto empece a sentirme perplejo le dijo más tarde Rojo a la repórter de la BBC que lo entrevistaba, en un artículo que Marília leería años después en una publicación de la BBC Brasil.
La versión de Xavier sobre los acontecimientos cambiaba cada vez que lo contaba. Tanto sobre el campo de concentración como el modo por el cual había llegado allí– decía Juarez Rojo en el reportaje. Y lo de la edad, que representaba un abismo de 25 o 30 años entre la apariencia física de Xavier Vilanova y los años que decía tener, era otro enigma incómodo que a Rojo no lo dejaba dormir.
Continuará.
Javier Villanueva. Buenos Aires, 6 de mayo de 2015.


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