terça-feira, 19 de setembro de 2017

Don Ramón del Valle-Inclán, el funeral y los esperpentos


Don Ramón del Valle-Inclán, el funeral y los esperpentos

Don Ramón María del Valle-Inclán y Montenegro, nacido en Arosa, Galicia, en 1866 y muerto en 1936 en Compostela, fue el nombre con el que se hizo conocer el escritor  Ramón José Simón Valle Peña, poeta, dramaturgo y novelista, y un gran renovador de todos esos géneros literarios. 
Valle-Inclán es la cumbre del modernismo español y el creador del esperpento, que es un género teatral y también un punto de vista, o mejor, toda una concepción del mundo y de la vida. 
Como bien lo explica Valle en Luces de Bohemia una obra teatral en la que se encuentran todas las claves de su arte-, "el sentido trágico de la vida española sólo puede ofrecerse con una estética sistemáticamente deformada", como en los espejos que la reflejan con distorsiones, como un "esperpento", o sea, como algo grotesco y desatinado. 
"Esperpento", según la primera acepción del DRAEsignifica eso mismo, un "hecho grotesco o desatinado". El origen de la palabra es desconocido y, según el filólogo Joan Corominas – autor del Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico-, nadie ha investigado su etimología.
Ya en su edición de 1970, el DRAE oficializa la definición del término esperpento: "Género literario creado por Ramón del Valle-Inclán, escritor español de la generación del 98, en el que se deforma la realidad, recargando sus rasgos grotescos, sometiendo a una elaboración muy personal el lenguaje coloquial y desgarrado".
Y Valle va destilando su esperpento a medida que se aleja y deforma a propósito los cánones modernistas. En Las palabras de la tribuFrancisco Umbral escribe: "Valle tremendiza a Rubén - Darío-, principia a hacer la estética del horror. (…) Todo el Valle mejor parece escrito, sí, con la mano zurda que le falta, y esto es lo que da deformación a su obra, como él quería, más que los espejos del callejón del Gato". 
Hoy podemos decir que, aunque el genial escritor gallego sólo catalogó como "esperpentos" cuatro de sus obras -Luces de bohemiaLos cuernos de don FrioleraLas galas del difunto y La hija del capitán, las tres últimas publicadas en Martes de Carnaval-, el corazón del género lo encontramos, de un modo más o menos claro, en Divinas palabras,  su comedia más goyesca, con su idiota hidrocéfalo, sus gritos y su latín venciendo a la mujer desnuda, así como en las novelas que integran su inconcluso El RuedoIbérico.
Más tarde, Rafael Alberti, en su poema dedicado a Goya, crea un derivado de la palabra esperpento: "Y la Borbón esperpenticia, con su Borbón esperpenticio". Y recuerda los retratos de Carlos IV y de la reina María Luisa. Y sus pinturas negras. El pintor zaragozano animalizó, cosificó, exageró y caricaturizó en sus obras. Digamos entonces que la génesis del esperpento es plástica y pictórica; su idealización y conceptualización, literaria *. Aunque dicen que el término ya se usaba a finales del siglo XIX para definir un "desatino literario", es nuestro Ramón María del Valle-Inclán quien, en Luces de bohemia, acuña su definición más completa, viva y personal:
MAX: Los ultraístas son unos farsantes. El esperpentismo lo ha inventado Goya. Los héroes clásicos han ido a pasearse en el callejón del Gato.
Y como veremos enseguida, él mismo, el escritor Valle-Inclán, es una creación esperpéntica, con su singular figura, su barba larguísima, su melena y un rengueo sospechoso, sobre el cual hizo circular todo tipo de leyendas, incluyendo la de un duelo que seguramente nunca existió.

La muerte y el entierro. Esperpénticos

El caso es que el 7 de marzo de 1935 don Ramón del Valle-Inclán y Montenegro, conocido ya como el más grande de los escritores nacidos en Galicia, y uno de los más grandes de toda la literatura española, llega a Compostela desde Madrid, donde habitualmente vive. Él no lo sabe, claro, pero don Ramón viene para morirse en su tierra natal. 
Valle-Inclán se aloja en el hotel Compostela, pero enseguida debe ser internado en el sanatorio del doctor Manuel Villar Iglesias, del otro lado de la calle, al lado del café Derby, para tratarse con urgencia de un cáncer de vejiga.
Al principio del tratamiento siente una mejoría y pasa los meses de calor en tertulias en el Derby, paseando por la Alameda y escapándose con los viejos amigos a otras ciudades de su querida Galicia. Pero la enfermedad reaparece con más fuerza y en noviembre los síntomas son ya muy preocupantes, teniendo que permanecer en cama, otra vez internado en el sanatorio.

Ocurre entonces que la ciudad de Santiago de Compostela se divide en dos bandos irreconciliables alrededor de un tema que ambas partes consideran como algo de vital importancia: hay que decidir si Valle-Inclán debe confesarse y morir como un buen católico, o no.
No nos olvidemos que Compostela es la ciudad del Apóstol Santiago, una de las tres grandes capitales del mundo cristiano, después de Roma y Jerusalén. El clero y en torno suyo todas las fuerzas conservadoras y reaccionarias de la ciudad no están dispuestos a dejar que el creador de los esperpentos lleve hasta las últimas consecuencias su ateísmo. Además, según esta derecha local, se trata de un ateísmo al que ellos no consideran auténtico y que atribuyen a la simple vanidad de Valle-Inclán de no querer empañar a última hora su imagen de escritor anticlerical. Para tratar de impedir que el escritor se muera sin los últimos sacramentos mandan un cura a la habitación del enfermo. 
Pero ocurre que los del otro bando, los de la izquierda, que persigue el triunfo de que el escritor muera sin confesión justamente en la meca de los curas y su religión, mantienen día y noche la puerta de la habitación bien defendida. En varias ocasiones trata el cura de entrar, pero en todas ellas es eficazmente rechazado. 
Finalmente el enfermo se muere sin la confesión el 5 de enero de 1936.
Las fuerzas vivas de la derecha conservadora de Santiago de Compostela se niegan entonces a rendirle cualquier tipo de homenaje al ilustre fallecido. 
Ni el Ayuntamiento ni la Universidad mandan sus representantes al sepelio ni autorizan ninguno de sus edificios para instalar la capilla ardiente que don Ramón del Valle-Inclán se merece. 
Pero los del bando de la izquierda se mueven con eficacia para hacerle un entierro colosal en el que se muestre la fuerza de la solidaridad obrera. Se organizan vagones especiales en los trenes y los coches de línea se desvían o amplían su recorrido, de modo tal que a Compostela puedan llegar miles de personas de toda Galicia que ocupan literalmente toda la ciudad.

Pero el tiempo meteorológico no ayuda. Las aguas tempestuosas caen súbitamente sobre la ciudad y toda esta imagen de fuerza del bando de la izquierda queda subitamente desarticulada. 
A las cinco de la tarde sale el cajón con el muerto ilustre del sanatorio entre vientos, truenos, relámpagos y un aguacero torrencial, en un cuadro digno del cuadro más tenebroso de Goya. El coche que lo lleva hasta el cementerio de Boisaca, a unos dos kilómetros del centro de la ciudad, pero el cortejo fúnebre no es ni sombra de lo que podría haber sido con mejores condiciones meteorológicas.
Y cuando ya se se aproxima al cementerio, para agregar más Goya y esperpentos al cuadro, se encuentra el cortejo con un grupo de fascistas que en un intento de deslucir el acto fúnebre organizaron un entierro paralelo. Llevan un perro muerto y se proponen enterrarlo al lado del escritor, pues dicen que, al ser un animal tampoco él necesita de sacramentos ni de un cura. Se arma un gran revuelo, pero como el grueso de los obreros más radicales se quedaron en la ciudad, los contrincantes no llegan a los hechos.
Llegan por fin al cementerio de Boisaca, y ya al lado de la fosa, a la incierta luz de unas velas, el espantoso aguacero acelera la rápida llegada de la noche invernal. Y es entonces que ocurre el más grotesco de los esperpentos
Al ir a bajar el féretro, un joven izquierdista nota de pronto que encima de la tapa alguien colocó un crucifijo. Se lanza a arrancarlo y en su precipitación desastrada ambos, joven y ataúd, ruedan juntos hacia las entrañas de la tierra, quedando expuesto el cadáver a través de las tablas rotas.
Ya es muy de noche cuando los sepultureros terminan de tapar de tierra la fosa.
Sobre la tierra se colocará más tarde una gran losa de granito, que allí está hasta el día de hoy. Y como bien describe Antón Rodicio en su relato de estos hechos, eso es lo único que la contradictoria Compostela, le dio al más ilustre de todos los escritores gallegos.  (JV)

*
Aunque el 1920 de Valle-Inclán y el 1797 de Goya eran obviamente eras muy diferentes, usaron una lenguaje visual parecida para describir sus mundos.  Además, vivieron épocas en constante cambio, por la industrialización y el capitalismo masivo.  Este cambio social constante es lo que reflejado por Goya se convierte en dibujo grotesco y por Valle-Inclán en esperpento.
En "Los Caprichos", hasta las figuras humanas supuestamente normales se ven deformadas, con expresiones exageradas y proporciones indefinidas.  Lo que no se encuentra enfocado en luz blanca se distorsiona, dando a los animales la apariencia de caricaturas y a los seres humanos un aspecto monstruoso (por ejemplo, los animales en "El sueño de la razón" y las caras humanas en "No hubo remedio").  Francisco de Goya usa el estilo grotesco que ha definido para comentar sobre elementos espantosos del carácter humano y del mundo en que vivía. 
Valle-Inclán, de una manera parecida, define sus personajes a grandes rasgos.  Los personajes que no son centrales al trama tienen un aspecto que les define, como comerciante, revolucionario, o mujer en luto, y Max Estrella, como el personaje principal, es un artista idealizado.  Estos personajes se encuentran descritos en términos fantasiosas o cubistas, con cuerpos a veces deformados por la luz.   

Vea más en Carlos G. Reigosa, Javier del Valle-Inclán, José Monleón, “La muerte de Valle-Inclán. El último esperpento”, Ed. Ézaro, 2008.

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