sexta-feira, 25 de julho de 2014

La triste historia de don Benito




5ª parte.

Según me contaba el viejo Pedro Milesi, un día en que de pura casualidad nos lo encontramos al Negro Flores del Sitrac-Sitram en la entrada de la estación de Morón, en muchos de los grupos ahora descoordinados y dispersos de 1978 y 79, se recordaban y releían las enseñanzas dejadas por el Encuentro Nacional de Obreros Revolucionarios. Ese congreso había sido convocado por los gremios clasistas de las fábricas Fiat cordobesas en 1971, y decía Flores que en los grupos de resistencia posteriores  al  77 se descutía mucho el por qué y cómo fue que se levantó el debate que culminó, todavía en plena dictadura de Levingston, con una declaración a favor de la revolución socialista. Era una manifestación que, además, tomaba como suyas todas las luchas históricas del movimiento obrero argentino, desde los primeros anarquistas de finales del siglo XIX, hasta el 17 de octubre peronista de 1945, y antes, con las batallas de la Patagonia Rebelde y la huelga de los talleres Vassena de inicios del siglo XX.

Se estudiaba en aquellos grupos pequeños y desconectados entre sí, cómo después del triunfo de Cámpora, en 1973, se vivía una situación de equilibrio casi apocalíptico, con un movimiento obrero y popular pujante, pero sin fuerzas suficientes como para ganar la hegemonía política y sobreponerse al avance de la derecha, al mismo tiempo que los grandes grupos económicos y políticos del poder se recomponían rápidamente.

En la Mesa de Gremios en Lucha de Córdoba, que había sido el antecedente directo de las Coordinadoras de 1974 y 75, también se había llegado a visualizar una concepción cada vez más aberta y abarcadora, menos inflexiblemente clasista y más política. Y en aquellos grupos de resistencia dispersos de 1978 y 79, se reconocía que esa nueva conciencia obrera del año de 1975 había sido causada por una necesidad que era vital -aunque tardía- de huir del aislamiento que empezaba a sentir el movimiento de los trabajadores.

En muchos de estos nuevos grupos de resistencia de los años 78 y 79, se consideraba que hubo una continuidad entre el clasismo y el sindicalismo combativo, y las coordinadoras. Esas coordinadoras de 1975 habían sido la síntesis del ideal democrático obrero y popular del momento que se vivía. Y ya no proponían tan solo cuestiones de tipo reivindicativo, sino que las coordinadoras de 1975 se habían convertido en una conducción obrera y popular, que había sabido incorporar sabiamente, en sus propuestas, las luchas por las libertades democráticas.

Lo más interesante es que las cúpulas dispersas o exiliadas de las organizaciones revolucionarias previas a la debacle de 1976 a 78 conocían muy poco, o casi no sabían siquiera sobre la existencia de este nuevo universo oculto de los años 78 y 79, en el que se habían juntado varios centenares de militantes y simpatizantes sobrevivientes a la hecatombe posterior al golpe -todos mezclados y en un creativo desorden organizativo-. Y la verdad es que entre estos minúsculos grupos remanentes había algunos militantes ya veteranos y otros, simpatizantes sumamente jóvenes, incorporados en la última etapa, que por causa de la forzada clandestinidad no habían llegado a tener ningún contacto personal con los militantes más antiguos, los cuadros históricos. Pero aún así, se habían fogueado en las últimas luchas sindicales y estudiantiles del 74 y 75, en las que habían ganado bastante representatividad y reconocimiento político. 

Entre estos grupos pequeños y dispersos, había una clara convicción de que las condiciones habían cambiado irreversiblemente; sabían que -así como entre julio de 1975 y marzo del 76 la posibilidad de parar el golpe había quedado ya prácticamente fuera del alcance real de las organizaciones revolucionarias; y  comprendían también que, enseguida, y como una culminación del reflujo de las masas,  los sectores obreros y populares que habían sido el núcleo dinámico durante el período anterior empezaban a aislarse; esos militantes de los nuevos grupos de resistência de los años 78 y 79 sabían también que esse reflujo em las luchas había ocorrido proporcionalmente y al mismo tiempo que las organizaciones revolucionarias se empeñaban más y más en redoblar la apuesta del enfrentamiento. Un enfrentamiento directo con el hueso duro del estado que cada vez se volvía más policial y militarizado. Y gran parte de los militantes y simpatizantes remanentes en 1978 y 79 reconocían que el camino de la revolución ya era ya un callejón sin salida a finales de 1975, en un momento en que los dirigentes del PRT y Montoneros todavía se empeñaban en ver una situación revolucionaria em desarrollo.

Muchos de los militantes y simpatizantes remanentes entre 1978 y 79 le criticaban amargamente al PRT el haber retirado cuadros valiosísimos de las coordinadoras para llevarlos al combate de la lucha armada. Hay que recordar que hacia fines de 1974 la Compañía Ramón Rosa Jiménez del ERP, ya estaba formada por 100 combatientes, entre hombres y mujeres, organizados en 4 pelotones. Gran parte de los militantes veteranos que sobrevivían en los pequeños y desconectados grupos de resistencia en 1978 y 79, entre ellos varios de los dirigentes gremiales que habían militado en algún grupo político entre 1969 y 75, vivieron en la propia carne la contradicción entre la espontaneidad del movimiento obrero y su desorden natural, por un lado, y las propuestas políticas de su grupo partidario, por el otro, que casi siempre se movía al borde de lo burocrático y autoritario; era algo que aislaba a esos militantes, y a veces los enfrentaba con sus compañeros de base o delegados de comisión interna, con los que tenían una vivencia más íntima. 

Algunos de los miembros de esos reagrupamientos espontáneos y aislados entre sí, venían de las antiguas FAL, las Fuerzas Argentinas de Liberación. Un par de aquellos grupitos pequeños y desconectados de 1978 y 79, provenían de los comandos de "América en Armas", que habían sido un desprendimiento del antiguo aparato militar del PC y que se habían mantenido en la construcción de una corriente clasista en Buenos Aires. Una parte de la gente que formó los primeros grupos de resistencia en la Capital Federal y en la provincia, entre 1978 y 79, traían una concepción casi foquista y ultrasindicalista, pero fueron la gente que entre enero del 78 y junio de 1979 realizaron algunas acciones incruentas de financiamiento que permitieron a muchos, sobrevivir en los momentos más negros de la clandestinidad.

Esos militantes sueltos, pero muy experimentados, a diferencias de los de las otras organizaciones, no se habían considerado en guerra abierta contra el gobierno y sus fuerzas armadas, y por lo tanto, al incorporarse a la resistencia sorda de 1978 y 79, tuvieron una buena dosificación en el uso de la violencia. Así como al inicio de 1970 habían decidido -y cumplido- que la primera etapa de su crecimiento revolucionario iba a limitarse a una acumulación, capacitación y trabajo social muy medidos, del mismo modo, ocho o nueve años después, los diversos individuos y pequeñas fracciones de las FAL 22 de Agosto, FAL América en Armas, FAL Inti Peredo, fueron extremamente sigilosos y eficaces entre los nuevos grupos espontáneamente formados a fines de los 70, aunque ya no hubiera ninguna conexión entre ellos.

En julio de 1978, por ejemplo, el GOR -Grupo Obrero Revolucionario, que se había separado del PRT- El Combatiente en la crisis de 1970- realizó una operación llamada de “guante blanco” en conjunto con Fuerza Obrera Comunista (FOC), que era la fracción más militarista de Orientación Socialista. OS, con dirigentes del mismo origen que GOR, fue la organización que polarizó al sector de la Izquierda Socialista que no fue hacia Poder Obrero en 1973, y que se fortaleció incluso con la militancia proveniente de la Fracción de El Obrero de Córdoba.

Con el propósito de obtener nuevos recursos financieros que le permitieran enfrentar la situación de absoluta clandestinidad que se vivía desde 1976, GOR y FOC desarrollaron un operativo minucioso, realizado con éxito gracias a la labor de inteligencia del FOC, y que partía de un conocimiento muy profundo de la estructura de las operaciones bancarias, y se concretizó con el uso de talonarios de giros sustraídos al Banco de la Nación Argentina y cobrados en otras entidades bancarias. El operativo, con el que ambas organizaciones lograron retirar del Banco de la Nación Argentina un total de más de 250 millones de pesos, permitió costear la salida al exterior de la mayoría de los militantes en situaciónes de riesgo, y mantener una estructura mínima y más segura en el interior del país.

Cinco antiguos grupos barriales del PRT en la región de Lomas del Mirador, y dos de la Villa Las Antenas en la Matanza, Gran Buenos Aires, y otros seis agrupamientos con decenas de trabajadores metalúrgicos y de la construcción, así como gráficos, enfermeros, del chacinado, y muchos visitadores médicos y empleados estatales -en los que se mezclaban gente que venía de las FAL, el Peronismo de Base-FAP, anarquistas y tupamaros escapados de la dictadura de Bordaberry en Uruguay- actuaban, descoordinados y desconocidos entre sí, tan solo entre la zona oeste de la Capital Federal y el enorme triángulo formado por González Catán, Morón y la Tablada en la provincia.

6ª parte

La verdad es que al pasar los meses y los años, la linda treintañera que el viejo general mantenía como amante ya se estaba cansando de don Benito. La mujer del general-presidente, doña Ana, además de sacarle al viejo el largo viaje por media Europa, se las había ingeniado para sobornar a uno de los tenientes de la seguridad personal del marido; y este la había llevado al departamento en pleno Palermo que el amante fogoso había comprado para su amiguita. Y conversando con astucia, doña Ana había logrado llenarle la cabeza a la niña con prejuicios contra su viejo protector. La convenció que, más tarde o más temprano, la tortilla del poder se iría a dar vuelta y ella -la joven amante- quedaría en Pampa y las vías, sola y desamparada.

La niña -Roberta, por si me olvidé de decirlo antes- fue llenándose de rencor cada vez que veía los dos Ford Falcon de la custodia del viejo Benito parar en cada esquina de la José León Pagano, su calle, y espiaba por entre las cortinas las caras amedrentadas de los vecinos que sabían quién estaba llegando y para qué se armaba tremendo circo de armas y jóvenes de traje oscuro, anteojos y walky-talkies.

Pero mucho más se resintió y le subió como bilis la indignación cuando Manuelita -la chica correntina que don Benito le había puesto para ayudarla en las tareas domésticas- le contó que en su barrio de Lomas del Mirador, cerca de las callejuelas de Las Antenas, la villa miseria en que vivía, no pasaba semana sin que se llevaran a la fuerza a algún vecino, que nunca más volvía a aparecer.
El odio creciente de Roberta, sin embargo, llegó a su culminación cuando supo -por medio del hermano de Manuelita, que había venido a llevarle un dinero para su madre- los detalles sobre el secuestro de una trabajadora de Insul, la fábrica que se había mobilizado años antes por causa de la enfermedad del saturnismo causada por el uso de plomo en la producción.

Se trataba una joven tucumana, linda y rubia, embarazada de ocho meses; los soldados cercaron la villa y dos grupos de civiles en Ford Falcon la arrastraron a uno de los camiones militares; y los vecinos solo volvieron a verla cuando regresó, dos meses después, a pie, demacrada y flaca. Sin barriga y sin el bebé, que había nacido mientras estaba presa e incomunicada, en el sector de la aviación de Campo de Mayo. Le habían robado el bebé. Un coronel había llegado y se lo había arrancado de los brazos, unas tres semanas después del parto. Iba a ser bien cuidado por una familia rica y cristiana, de buenas costumbres, que no podía tener hijos, le dijo el militar.

La rubita tucumana, que había sido detenida y torturada por puro error burocrático de los militares, tenía el mismo apellido de otra obrera de Insud, esta sí militante y activista del gremio. Pura casualidade: ambas eran tucumanas, de apellido alemán -descendientes de los muchos huídos de Baviera y la Floresta Negra que fueron a La Cocha después de la guerra- y los milicos se habían confundido. Cuando finalmente capturaron a la otra, a la verdadera Shiffer que buscaban, simplemente la soltaron y ella volvió a su villa miseria. A pie y sin su bebé.

Pero aunque la rubita tucumana ya estaba conformada con la “adopción” de su hijo por la familia amiga del coronel de Campo de Mayo -al final, ella era pobre, madre soltera, trabajadora sin escuela y con bajísimo sueldo, y no sabía si podría mantenerlo y educarlo, decía-, a la que no le disminuía la indignación era a Roberta, amante cada vez más arrepentida del viejo Benito.

Por eso, el día en que el Negro Tony, hermano de Manuelita, su empleada doméstica, le propuso visitar la Villa Las Antenas, Roberta concentró toda su inteligencia e imaginación al servicio de un plan que no le salía de la cabeza: escaparse del control de los custodios que el viejo le mandaba un par de veces por semanas, en fechas aleatorias, para que la vigilaran con la excusa de protegerla "de los terroristas". Quería verse libre de nuevo, sacarse de su vida ese monstruo que cada día que pasaba le molestaba más, y ahora sabía por qué, y sobre todo, sabía cómo librarse de él.

Aprovecharon un día en que Manuelita salió a hacer las compras y vio que no había coches Ford Falcon ni peatones sospechosos. Salieron, tomaron el colectivo 60 hasta la avenida General Paz y siguieron hasta el cruce de La Tablada. Se bajaron en Jabón Federal y caminaron en zig-zag por las calles laterales de Lomas del Mirador hasta llegar a Villa Las Antenas. Nadie los había seguido.

El Negro Tony las recibió a la entrada de la casilla pobre de madera de la familia y una vecina que hablaba um castellano mesclado con palabras en guaraní les trajo un atadito redondo en un repasador. Era una sopa paraguaya que comieron en pedacitos mientras tomaban mate y lo esperaban a Juancito.

Roberta no sabía, ni se imaginaba en lo que se estaba metiendo, pero presentía que era algo prohibido y peligroso, pero que probablemente la iba a librar del acoso del viejo Benito y sus custodios, uno de los cuales no dejaba de mirarla de arriba abajo cada vez que se volvía de espaldas; Manuelita, a su vez y desde su ingenuidad de chica provinciana, se había ido enterando de todo lo que pasaba en el país y odiaba a la dictadura y al viejo Benito, amante de su patrona, pero sabía que Roberta tenía un corazón enorme y estaba harta de la situación en que vivía, y se dispuso a ayudarla.

Cuando Juancito entró, por la otra punta de la callejuela de la villa, y después de andar más de veinte minutos entre San Justo y Lomas del Mirador, sabía que el riesgo era medido y estaba bajo control. No lo habían seguido, ni había autos o peatones que le levantaran ninguna sospecha. Entró a la casilla de la familia del Negro Tony y Manuelita lleno de entusiasmo y buenos presentimientos.

7ª parte.

Cuando nos encontramos con el Negro Flores del Sitrac-Sitram en la entrada de la estación de trenes de Morón, de pura casualidad, al Viejo Pedro Milesi y al Juancito se le juntaron las ideas como en un juego de rompe-cabezas imantado, de esos en los que, de repente y en el momento menos pensado, las piezas se encajan y todo queda clarísimo.

Juancito le contó al Viejo Pedro una historia que había oído de boca de su hijo de 8 años en una de las visitas a Encausados. Decía Martincito que un hombre muy ocupado, un investigador científico, tenía que resolver un problema. "Como arreglar el mundo", se llamaba la investigación que el científico quería terminar de escribir. Pero su hijo no lo dejaba concentrarse, porque quería jugar y le hacía infinitas preguntas a todo momento, propias de un chico, claro. El científico tomó un mapamundi colorido de su cuaderno Laprida, de aquellos que antes venían en la última página y lo arrancó con cuidado; con una tijera lo recortó, de tal modo de parecer un rompe-cabezas y se lo dió al hijito, esperando que se entretuviera por un buen tiempo. Pero, a los diez minutos, el chico vuelve con el mapa armado, y con el improvisado rompe-cabezas correctamente resuelto. ¿Cómo hiciste, nene? le pregunta el padre, admiradísimo. Fácil, papi, le dice el nene, como estaba muy difícil armar el mapa, di vuelta la hoja y me di cuenta que del otro lado había un cuerpo humano. Ese sí que fue facil de armar.

Y el Viejo Pedro, cuando se lo llevó al Negro Flores a su casa, le contó la historia del mapa rompe-cabezas como quién saca una moraleja: si no podemos arreglar el mundo, vamos a tratar de arreglar a la persona, al ser humano. Charlando con Juancito al día siguiente, juntaron las piezas y llegaron a la conclusión de que el único modo de salir del impasse histórico de la dictadura de don Benito, era ayudar a la propia historia, dándole un empujón para ver si las cosas se volvían un poco más fáciles.

Las primeras tres semanas que se necesitaron para contactar cada uno de los siete grupos originales quedaron a a cargo del Negro Tony, que fue llevándolo a Juancito algunas veces y al Viejo Pedro otras, hasta armar un grupo de coordinación, al que se sumaron, en la 5ª semana otros tres representantes de comités de resistencia del Gran Buenos Aires. Dos semanas después llegaron dos cordobeses y un rosarino, representando otros seis grupos en total.

Ninguno de los obreros, estudiantes y villeros reunidos en esos pequeños núcleos sabía sobre la existencia de los otros, ni se habían visto nunca antes del golpe, a no ser en el caso del tucumano Farías, que venía de Córdoba, y en el micro de la Chevallier reconoció al Turco Muḥammad, con el que había estado preso en Catamarca, en la época del copamiento del Regimiento 17º. No se hablaron en el ómnibus, pero sí se saludaron cuando se volvieron a encontrar encima de la General Paz, yendo ambos a pie hacia la cita con Pedro Milesi.

Y tampoco se supo que alguno de los miembros de esos grupos desconectados y dispersos de la resistencia de aquella época supiera que sus organizaciones habían sido destruidas por la represión, o que se habían autodisuelto; mucho menos que todas, o casi todas, estuvieran fraccionadas o dividias en tendencias irreconciliables, la mayor parte en el exterior, y muy pocas en el interior del país.

En realidad, y como ya había ocurrido en otros casos históricos, esa pequeña multitud silenciosa de militantes y simpatizantes, obreros, estudiantes y villeros, estaban casi igual que los combatientes japoneses perdidos en islas en las que resistían después del final de la guerra y no llegaron ni a enterarse de que Japón se había rendido.

Continuará


Javier Villanueva. São Paulo, 26 de abril de 1989

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