quarta-feira, 30 de julho de 2014

La (triste) historia de Don Benito. Cuento completo.



La (triste) historia de Don Benito

Al viejo no le importaba no parecerse en nada -físícamente, digo- a lo que realmente era. No le molestaba en absoluto que su aspecto no impusiera el respeto debido a un militar de carrera, y mucho menos que nadie lo fuera a recordar en el futuro como político. 

En realidad, hacía muchos años que seguía en el generalato sin ganas, y encima, se había convertido en un político a la fuerza, por obra y gracia de las circunstancias, y nada más.

Para colmo, el viejo era víctima de lo que en su fuero íntimo él mismo consideraba una doble hipocresía: todos creían que por detrás de su coraza –o apenas su cáscara- de autoridad y de mando, habitaba un viejo que tan solo queria ser un buen abuelo. Padre mediocre, ausente y distraído ya había sido, pero muchos –incluso su mujer, sus hijos y hasta sus propios nietos- pensaban que su vocación profunda y verdadera era la de ser un buen y apacible abuelo.

Pero nada; era una doble hipocresía, digo, porque en el fondo de su apariencia pacata y encubierta por las obligaciones del poder, el ya sesentón general Benito Bignone, ebullía una vitalidad y una pasión, una turbulencia de deseos juveniles y una capacidad de realizarlos que pocos, muy pocos en su entorno conocían y poquísimos sospechaban, incluyendo claro, su propia esposa y sus hijos.

El viejo general Bignone tenía una amante treintañera de la alta sociedad porteña. Cuando lo supo su mujer, Ana, le dio al viejo una única opción para no dejarlo, sumándole la vergüenza de la separación al papelón de ser descubierto públicamente. Divorciarse era algo inadmisible para aquellos matrimonios ultra católicos y conservadores al extremo en sus costumbres. 

Chantageándolo,  Ana logró que el viejo llevara toda la familia a pasear a Europa. Don Benito Bignone se curvó, aunque se las ingenió también para organizar un viaje paralelo de su amante, de tal modo de encontrarse a escondidas con la linda treintañera en cada nueva ciudad que iba visitando con la familia, dejando a los funcionarios de la Cancillería con los nervios de punta.

El viejo vivía una contradicción por la que ya habían pasado otros presidentes de facto en la Argentina del siglo XX. Pero la de don Benito era todavía peor que la de Agustín Justo, el primer sucesor político del debutante en golpes cívico-militares, Felix Uriburu. 

También pacato y de apariencia de abuelo bonachón como Bignone, don Justo se había aborrecido tanto como don Benito con los encargos del poder y prefería dejar las tareas de gobierno a terceros, para que a él lo dejaran hacer lo que se le diera la real gana. 
Y en el caso de don Benito Bignone, como en el de Justo, las ganas eran siempre el libertinaje más solapado y la anarquía sexual más contradictoria con sus funciones de representante del orden católico y castrense, de la disciplina y el rigor de los cuarteles y las iglesias.

Cuentan los más allegados que la fogosidad del viejo era excesiva, incluso para Jorgelina, la joven treintañera de la que habíamos hablado antes, y que era motivo de las frecuentes escapadas del general y de los desvelos de su cuerpo de seguridad personal.

El aparentemente bonachón y pacato dictador había nacido en Morón, en la provincia de Buenos Aires, en 1928, y se convirtió en presidente -el decimotercero de facto- del país entre julio del año 1982 y diciembre de 1983, como parte de la última junta militar que se autodenominó como "Proceso de Reorganización Nacional". Fue el único presidente del tal proceso que no participó en la junta militar que tradicionalmente mantenía el mando supremo desde el golpe de 1976. 


2ª parte.

Juancito entró a la piecita alquilada de doña Manuela y se durmió profundamente. Se despertó transpirando y preocupado con la pesadilla que había tenido.
Soñó que al abrir la puerta de su dormitorio en la pensión se había encontrado con él de golpe, sin aviso previo. Estaba parado al lado del roperito y bien frente a la luna del espejo, que no lo reflejaba, y flotando a diez centímetros del piso sobre el cual ni hacía sombra. El Diablo no le dio tiempo a nada: antes que Juancito pudiese pestañar ya lo había levantado hasta la altura de los ojos, y lo miraba fijo, con la vista roja de los borrachos, pero sin decirle ni una palabra. Era el final de una época y Juancito -aún sabiendo que se trataba de una pesadilla, pero sin poder despertarse- tuvo tiempo de reflexionar durante esos largos segundos, de recordar y repensar en profundidad sobre los últimos seis años.

Seis años y medio en realidad; y esa noche, el 24 de diciembre de 1975, al atardecer, es el fin de ese ciclo. Y Juancito se acuerda que todo empezó en 1969, con enormes manifestaciones populares; el Cordobazo, la insurrección obrera y popular que tomó Córdoba, y después fue extendiéndose a Rosario, y a casi todas las capitales de provincia en Argentina.
Menos en Buenos Aires,¿no? - le adivina el pensamiento y suelta una carcajada el Diabo, y Juan que es valiente y agurrido, siente que las piernas se le aflojan, pero no se desmaya. 

Sí, pero ¿y ahora? Y el Rodrigazo, ¿eh?- lo desafía Juancito al Diablo, porque apenas seis meses antes de esa navidad tan dolorosa para muchos, millares de obreros de todo el Gran Buenos Aires habían salido a las calles y tirado al basurero de la historia al ministro de economía, Rodriguez, y de yapa, al Brujo López Rega, alma del gobierno de Isabelita y de la Triple A. Pero Juan sabía que el ciclo se cerraba. Esa había sido la última de centenas de enormes mobilizaciones populares, puebladas y alzamientos obreros. Y sabía Juancito que, por detrás de los fascistas de las Tres A y de su jefe más visible, López Rega, ya empezaban a sonar, ensordecedores, los ruidos de las metrallas y las 45 de los milicos. Juan no tenía la menor duda de que, después de Isabelita, las botas y uniformes ocuparían la escena nacional, otra vez, como había ocurrido en Chile y Uruguay, como en Brasil.

Se despierta Juancito, asustado con la pesadilla, pero no puede dormir más; se levanta, se lava la cara y se peina, y sale dos horas antes de lo previsto para la reunión con los representantes de la Coordinadora del Gran Buenos Aires.


3ª parte.

El 10 de diciembre de 1983, don Benito le entregó el mando de la nación a Raúl Ricardo Alfonsín, que había ganado las elecciones democráticas realizadas dos meses antes y marcaban la vuelta de la democracia. A Bignone le tocó la gloria y la miseria de quedar a cargo de la rápida transición hacia la normalidad constitucional después de la derrota del dictador-presidente anterior, Leopoldo Galtieri, en la guerra de Malvinas. Y le sobró la dudosa honra de ser el último dictador de la historia argentina.

Don Benito había estudiado en la Escuela Superior de Guerra y más tarde en la España del tirano Franco, hasta que fue nombrado jefe del 4º Regimiento de Infantería en 1964. En la promoción de 1975 -la misma que llevó, un año antes del golpe, a Jorge Rafael Videla a la posición de comandante en jefe de las fuerzas armadas- don Benito fue nombrado secretario del estado mayor del ejército, lo que le permitió participar activamente en el golpe que derribó el gobierno constitucional de Isabel Perón, y en las operaciones del terrorismo de estado, antes y sobre todo, después del golpe de 1976. Poco después, ocupó el hospital Alejandro Posadas -centro de la militancia revolucionaria del gremio médico y de la salud en general- y lo transformaría en un campo de detención ilegal, de tortura y extermínio; Don Benito tuvo responsabilidad directa en el secuestro de 40 personas y el despido de todos los empleados del hospital durante el régimen. En seguida fue jefe del Área 480 del centro ilegal de detención y tortura de presos políticos y sociales de Campo de Mayo, y en 1980 quedó a cargo de los Institutos Militares.

Al salir del mando el tirano Videla en 1981, don Benito ya era general de división, y aprovechó para pedir su pase a retiro. Como se había apartado de las cúpulas militares posteriores durante los gobiernos de Viola y Galtieri, parecía ser el candidato ideal para la presidencia cuando el ejército decidió retomar la conducción política, sin el apoyo de las otras dos fuerzas armadas. Don Benito recordaba con rencor aquella hora nefasta para él en que los titulares, Jorge Isaac Anaya y Basilio Lami Dozo, se habían retirado de la junta militar. Tremendo conflicto interno en el seno de la cúpula de la dictadura imponía una renovación, para la cual fue electo el general Benito.

Pasados los juicios de la época de Alfonsín, y tras el limbo que les garantizara a los ex dictadores las amnistías de Menem, en 2011 don Benito fue condenado por la justicia a prisión perpetua por los delitos de lesa humanidad que fueron cometidos durante el período en que ocupó el poder.

Aunque la intención del comandante en jefe del ejército, el teniente general Cristino Nicolaides, era la de demorar lo máximo posible la entrega del poder, don Benito Bignone anunció ya en su primer discurso público que pretendía convocar las elecciones para los primeros meses de 1984.

El lento retorno a la democracia, sin embargo, fue acelerado por una situación económica y política casi catastrófica. Aparte, claro, de la derrota ante los ingleses en la guerra de las Malvinas de 1982. Dagnino Pastore, el ministro de economía de don Bignone, terminó declarando el “estado de emergencia” para enfrentar los cierres de fábricas, la inflación galopante —que pasaría los 200% al año— y la creciente devaluación de la moneda.

Pero las presiones políticas no disminuían, al contrario; la junta multisectorial creada por Ricardo Balbín y liderada por Raúl Alfonsín, trataba de lograr una vuelta anticipada e incondicional al poder civil. Las organizaciones de derechos humanos, encabezadas por Adolfo Pérez Esquivel, aumentaban la campaña para el esclarecimiento del destino de los desaparecidos políticos y sociales, mientras los reclamos de otros países por el gran número de desaparecidos extranjeros copaban las vías diplomáticas. El 16 de diciembre una manifestación masiva, convocada por la junta multisectorial, fue reprimida por la policía, causando la muerte de un manifestante.

A su vez, los cuestionamientos de la marina y la fuerza aérea, que habían sido más activas en la guerra de las Malvinas, obligaron al ejército a nombrar al teniente general Benjamín Rattenbach para investigar las responsabilidades de la anterior junta militar durante el conflicto bélico con Gran Bretaña.

En abril de 1983, después de haber decidido la fecha de las elecciones para octubre, don Benito Bignone dictó el decreto 2726/83, que ordenaba destruir toda la documentación existente sobre la detención, tortura y asesinato de los desaparecidos, y que contenía también el “Documento Final sobre la Lucha contra la Subversión y el Terrorismo” en el que el último presidente de la dictadura decreta la muerte de los detenidos desaparecidos. 

El 23 de septiembre, don Benito y su equipo avanzarían en el proceso de eliminación de los antecedentes del gobierno dictando la ley 22.924, a la que llamaron Amnistía -y que en realidad fue una autoamnistía- o de Pacificación Nacional para los miembros de las fuerzas armadas sobre todos los actos irregulares cometidos en la guerra contra las guerrillas. El congreso luego anularía esta ley, aunque la pérdida de los registros fue irreparable. Los descubrimientos en la Base Naval Almirante Zar, en 2006, de las pruebas del espionaje a civiles, revela que algunos archivos que decían haberse destruido, siguen existiendo.


4ª parte

La situación de las organizaciones de clase de los obreros y la de los grupos revolucionarios era de una extrema dispersión y fragilidad hacia los meses finales de 1978; era un proceso firme y acelerado, visible para todos, sobre todo después del 19 de julio de 1976, cuando el dirigente del PRT-ERP, Roberto Santucho fuera muerto en un enfrentamiento armado en San Martín, Buenos Aires, y murieran luego, también en combate, Carlos Fessia y el Gordo Lowe y el Chacho Camilión. 

El exilio forzado de centenas de dirigentes del peronismo combativo y  la clandestinización en masa de gran parte de la militancia de izquierda hacia fines de 1975, respondía a un fuerte reflujo del movimiento de masas y marcaba el comienzo de los largos debates internos en cada una de las direcciones políticas que fueron dividiendo a los dirigentes y los principales cuadros de todas las organizaciones entre dos tendencias de pensamiento y de acción política: la una más militarista, que no se resignaba a perder la iniciativa que tanto Montoneros y PRT como Poder Obrero y GOR, habían mantenido a través de acciones armadas de diversas envergaduras; y la otra siempre menos simpática a continuar las actividades militares y más proclive a sumergirse a la espera y en el trabajo más modesto y sistemático de preparar y prepararse para los nuevos movimientos espontáneos.

De todos modos, entre 1976 y 1979, la dictadura aniquiló tanto al PRT como a Poder Obrero, Orientación Socialista, GOR y al resto de las organizaciones revolucionarias de izquierda; sea de un modo directo por medio de la represión, o indirectamente por las fracturas que la situación del golpe, el reflujo de las luchas populares y las discusiones internas iban causando sistemáticamente en todas las agrupaciones. 

Hubo incluso, en 1976, un intento de unificar a Montoneros, el PRT y Poder Obrero en la "Organización de Liberación Argentina" cuando las fuerzas revolucionarias estaban siendo, o ya habían sido, prácticamente diezmadas. Pero sobre todo, el movimiento de masas, obrero y popular, ya se había quebrado, separándose entre una ancha vanguardia de clase y las grandes camadas de obreros peronistas que se retiraban de la lucha, desilusionados por el final patético del gobierno de Isabelita Perón, que los había atacado con leyes represivas, grupos armados y con sus ajustes económicos. 

La Argentina atravesaba entre 1969 y el final del año de 1975 una clara situación prerrevolucionaria; esto es lo que veían gran parte de las lideranzas populares y obreras; es decir que las fuerzas de las clases trabajadoras crecían sin parar, pero, ni su organización ni su conciencia estaban lo suficientemente maduras para pensar en tomar el poder, aunque iban en un proceso de desarrollo que se incrementaría y a su vez alimentaría las futuras condiciones revolucionarias.  Pero gran parte de los dirigentes obreros, sobre todo los vinculados a las guerrillas más activas -de Montoneros y PRT- pensaban que esas etapas de conciencia y organización ya habían avanzado al punto de existir una real situación revolucionaria; creían que la crisis de poder del gobierno de Isabelita y la amenaza primero, concretada después, del golpe militar, eran la antesala de la revolución obrera y popular.

Muchos de los grupos dispersos sobrevivientes en los últimos meses de 1978 e inicios de 1979 eran fragmentos reagrupados que aquellos que habían pensado seriamente que el partido de la revolución no surge de la autodefinición de un grupo de intelectuales sino del interior de un proceso de masas en el que irían a convergir los distintos agrupamientos de la vanguardia que se había creado en Argentina entre 1969 y 1975.

Se interpretaba en esas nuevas organizaciones revolucionarias surgidas entre el Cordobazo y afianzadas hasta el Rodrigazo de julio de 1975, que las insurrecciones urbanas de fines de los años de 1960 e inicios de 1970 cuestionaban  de un modo profundo todas las estrategias revolucionarias obrero-campesinas heredadas de las revoluciones rusa, china, cubana y vietnamita.  

Entre los grupos de militantes que se reorganizaban de modo extremamente doméstico después del golpe de marzo de 1976, y sobre todo cuando todo parecía tierra arrasada, entre 1977 y 1979, todavía se recordaban los textos leídos de los dirigentes y los grandes autores de la literatura revolucionaria del siglo XX. Eran los libros que los partidos pro URSS ignoraban o denigraban, como Rosa Luxemburg, Antonio Gramsci, Nicolás Bujarin y toda la vanguardia rusa decapitada por Stalin. En la clandestinidad de la militancia sobreviviente, todavía se repensaba a Georg Luckacs, y se polemizaba en torno a los documentos de la 3ª Internacional, estudiando las lecciones pesimistas de "La Crisis del Movimiento Comunista Internacional", de Fernando Claudín, que resumían las experiencias del movimiento obrero socialista mundial. Y tampoco se habían olvidado los europeos Louis Althusser o Nicos Poulantzas, en medio de las acciones cotidianas de los minúsculos grupos de resistencia. 

En los extensos y empobrecidos barrios populares del gran Buenos Aires y de la Capital, las unidades básicas, que habían sido las formas legales, de superficie de la organización política del justicialismo, y que fueron entre 1972 y 73 copadas por la Juventud Peronista alineada a Montoneros, también se habían dispersado en la clandestinidad forzada desde finales de 1975 y reforzada después del golpe de marzo del 76. Pero muchos de sus militantes asumían las tareas de la resistencia, rompiendo los moldes de la estructura partidaria para transformarse en pequeños órganos de la lucha popular que sobrevivía. Esos grupos minúsculos y bastante desconectados entre sí, eran una síntesis de las experiencias de los mecánicos cordobeses de 1969 al 74, y sobre todo, de los metalúrgicos de Villa Constitución y una sobra de las Coordinadoras de Gremios en Lucha que en 1975, tanto en Córdoba, Buenos Aires y Santa Fe, habían ido adaptando a las terribles circunstancias lo que habían aprendido bajo el nombre de "clasismo". 


5ª parte.

Según me contaba el viejo Pedro Milesi, un día en que de pura casualidad nos lo encontramos al Negro Flores del Sitrac-Sitram en la entrada de la estación de Morón, en muchos de los grupos ahora descoordinados y dispersos de 1978 y 79, se recordaban y releían las enseñanzas dejadas por el Encuentro Nacional de Obreros Revolucionarios. Ese congreso había sido convocado por los gremios clasistas de las fábricas Fiat cordobesas en 1971, y decía Flores que en los grupos de resistencia posteriores  al  77 se discutía mucho el por qué y cómo fue que se levantó el debate que culminó, todavía en plena dictadura de Levingston, con una declaración a favor de la revolución socialista. Era una manifestación que, además, tomaba como suyas todas las luchas históricas del movimiento obrero argentino, desde los primeros anarquistas de finales del siglo XIX, hasta el 17 de octubre peronista de 1945, y antes, con las batallas de la Patagonia Rebelde y la huelga de los talleres Vassena de inicios del siglo XX.

Se estudiaba en aquellos grupos pequeños y desconectados entre sí, cómo después del triunfo de Cámpora, en 1973, se vivía una situación de equilibrio casi apocalíptico, con un movimiento obrero y popular pujante, pero sin fuerzas suficientes como para ganar la hegemonía política y sobreponerse al avance de la derecha, al mismo tiempo que los grandes grupos económicos y políticos del poder se recomponían rápidamente.

En la Mesa de Gremios en Lucha de Córdoba, que había sido el antecedente directo de las Coordinadoras de 1974 y 75, también se había llegado a visualizar una concepción cada vez más abierta y abarcadora, menos inflexiblemente clasista y más política. Y en aquellos grupos de resistencia dispersos de 1978 y 79, se reconocía que esa nueva conciencia obrera del año de 1975 había sido causada por una necesidad que era vital -aunque tardía- de huir del aislamiento que empezaba a sentir el movimiento de los trabajadores.

En muchos de estos nuevos grupos de resistencia de los años 78 y 79, se consideraba que hubo una continuidad entre el clasismo y el sindicalismo combativo, y las coordinadoras. Esas coordinadoras de 1975 habían sido la síntesis del ideal democrático obrero y popular del momento que se vivía. Y ya no proponían tan solo cuestiones de tipo reivindicativo, sino que las coordinadoras de 1975 se habían convertido en una conducción obrera y popular, que había sabido incorporar sabiamente, en sus propuestas, las luchas por las libertades democráticas.

Todo había cambiado, y lo más interesante es que las cúpulas dispersas o exiliadas de las organizaciones revolucionarias durante debacle de 1976 a 78 conocían muy poco, o casi no sabían siquiera sobre la existencia de este nuevo universo oculto de los años 78 y 79, en el que se habían juntado varios centenares de militantes y simpatizantes sobrevivientes a la hecatombe posterior al golpe -todos mezclados y en un creativo desorden organizativo-. Y la verdad es que entre estos minúsculos grupos remanentes había algunos militantes ya veteranos y otros, simpatizantes sumamente jóvenes, incorporados en la última etapa, que por causa de la forzada clandestinidad no habían llegado a tener ningún contacto personal con los militantes más antiguos, los cuadros históricos. Pero aún así, se habían fogueado en las últimas luchas sindicales y estudiantiles del 74 y 75, en las que habían ganado bastante representatividad y reconocimiento político. 

Había una clara convicción,  entre estos grupos pequeños y dispersos,  de que las condiciones habían cambiado irreversiblemente; sabían que -así como entre julio de 1975 y marzo del 76 la posibilidad de parar el golpe había quedado ya prácticamente fuera del alcance real de las organizaciones revolucionarias; y  comprendían también que, enseguida, y como una culminación del reflujo de las masas,  los sectores obreros y populares que habían sido el núcleo dinámico durante el período anterior empezaban a aislarse; esos militantes de los nuevos grupos de resistencia de los años 78 y 79 sabían también que esse reflujo en las luchas había ocurrido proporcionalmente y al mismo tiempo que las organizaciones revolucionarias se empeñaban más y más en redoblar la apuesta del enfrentamiento. Un enfrentamiento directo con el hueso duro del estado que cada vez se volvía más policial y militarizado. Y gran parte de los militantes y simpatizantes remanentes en 1978 y 79 reconocían que el camino de la revolución ya era ya un callejón sin salida a finales de 1975, en un momento en que los dirigentes del PRT y Montoneros todavía se empeñaban en ver una situación revolucionaria en desarrollo.

Muchos de los militantes y simpatizantes remanentes  entre 1978 y 79 le criticaban amargamente al PRT el haber retirado cuadros valiosísimos de las coordinadoras para llevarlos al combate de la lucha armada. Hay que recordar que hacia fines de 1974 la Compañía Ramón Rosa Jiménez del ERP, ya estaba formada por 100 combatientes, entre hombres y mujeres, organizados en 4 pelotones. Gran parte de los militantes veteranos que sobrevivían en los pequeños y desconectados grupos de resistencia en 1978 y 79, entre ellos varios de los dirigentes gremiales que habían militado en algún grupo político entre 1969 y 75, vivieron en la propia carne la contradicción entre la espontaneidad del movimiento obrero y su desorden natural, por un lado, y las propuestas políticas de su grupo partidario, por el otro, que casi siempre se movía al borde de lo burocrático y autoritario; era algo que aislaba a esos militantes, y a veces los enfrentaba con sus compañeros de base o delegados de comisión interna, con los que tenían una vivencia más íntima. 

Algunos de los miembros de esos reagrupamientos espontáneos y aislados entre sí, venían de las antiguas FAL, las Fuerzas Argentinas de Liberación. Un par de aquellos grupitos pequeños y desconectados de 1978 y 79, provenían de los comandos de "América en Armas", que habían sido un desprendimiento del antiguo aparato militar del PC y que se habían mantenido en la construcción de una corriente clasista en Buenos Aires. Una parte de la gente que formó los primeros grupos de resistencia en la Capital Federal y en la provincia, entre 1978 y 79, traían una concepción casi foquista y ultrasindicalista, pero fueron la gente que entre enero del 78 y junio de 1979 realizaron algunas acciones incruentas de financiamiento que permitieron a muchos, sobrevivir en los momentos más negros de la clandestinidad.

Esos militantes sueltos, pero muy experimentados, a diferencias de los de las otras organizaciones, no se habían considerado en guerra abierta contra el gobierno y sus fuerzas armadas, y por lo tanto, al incorporarse a la resistencia sorda de 1978 y 79, tuvieron una buena dosificación en el uso de la violencia. Así como al inicio de 1970 habían decidido -y cumplido- que la primera etapa de su crecimiento revolucionario iba a limitarse a una acumulación, capacitación y trabajo social muy medidos, del mismo modo, ocho o nueve años después, los diversos individuos y pequeñas fracciones de las FAL 22 de Agosto, FAL América en Armas, FAL Inti Peredo, fueron extremamente sigilosos y eficaces entre los nuevos grupos espontáneamente formados a fines de los 70, aunque ya no hubiera ninguna conexión entre ellos.

En julio de 1978, por ejemplo, el GOR -Grupo Obrero Revolucionario, que se había separado del PRT- El Combatiente en la crisis de 1970- realizó una operación llamada de “guante blanco” en conjunto con Fuerza Obrera Comunista (FOC), que era la fracción más militarista de Orientación Socialista. OS, con dirigentes del mismo origen que GOR, fue la organización que polarizó al sector de la Izquierda Socialista que no fue hacia Poder Obrero en 1973, y que se fortaleció incluso con la militancia proveniente de la Fracción de El Obrero de Córdoba.

Con el propósito de obtener nuevos recursos financieros que le permitieran enfrentar la situación de absoluta clandestinidad que se vivía desde 1976, GOR y FOC desarrollaron un operativo minucioso, realizado con éxito gracias a la labor de inteligencia del FOC, y que partía de un conocimiento muy profundo de la estructura de las operaciones bancarias, y se concretizó con el uso de talonarios de giros sustraídos al Banco de la Nación Argentina y cobrados en otras entidades bancarias. El operativo, con el que ambas organizaciones lograron retirar del Banco de la Nación Argentina un total de más de 250 millones de pesos, permitió costear la salida al exterior de la mayoría de los militantes en situaciónes de riesgo, y mantener una estructura mínima y más segura en el interior del país.

Cinco antiguos grupos barriales del PRT en la región de Lomas del Mirador, y dos de la Villa Las Antenas en la Matanza, Gran Buenos Aires, y otros seis agrupamientos con decenas de trabajadores metalúrgicos y de la construcción, así como gráficos, enfermeros, del chacinado, y muchos visitadores médicos y empleados estatales -en los que se mezclaban gente que venía de las FAL, el Peronismo de Base-FAP, anarquistas y tupamaros escapados de la dictadura de Bordaberry en Uruguay- actuaban, descoordinados y desconocidos entre sí, tan solo entre la zona oeste de la Capital Federal y el enorme triángulo formado por González Catán, Morón y la Tablada en la provincia.

6ª parte

La verdad es que al pasar los meses y los años, la linda treintañera que el viejo general mantenía como amante ya se estaba cansando de don Benito. La mujer del general-presidente, doña Ana, además de sacarle al viejo el largo viaje por media Europa, se las había ingeniado para sobornar a uno de los tenientes de la seguridad personal del marido; y este la había llevado al departamento en pleno Palermo que el amante fogoso había comprado para su amiguita. Y conversando con astucia, doña Ana había logrado llenarle la cabeza a la niña con prejuicios contra su viejo protector. La convenció que, más tarde o más temprano, la tortilla del poder se iría a dar vuelta y ella -la joven amante- quedaría en Pampa y las vías, sola y desamparada.

La niña -Roberta, por si me olvidé de decirlo antes- fue llenándose de rencor cada vez que veía los dos Ford Falcon de la custodia del viejo Benito parar en cada esquina de la José León Pagano, su calle, y espiaba por entre las cortinas las caras amedrentadas de los vecinos que sabían quién estaba llegando y para qué se armaba tremendo circo de armas y jóvenes de traje oscuro, anteojos y walky-talkies.

Pero mucho más se resintió y le subió como bilis la indignación cuando Manuelita -la chica correntina que don Benito le había puesto para ayudarla en las tareas domésticas- le contó que en su barrio de Lomas del Mirador, cerca de las callejuelas de Las Antenas, la villa miseria en que vivía, no pasaba semana sin que se llevaran a la fuerza a algún vecino, que nunca más volvía a aparecer.

El odio creciente de Roberta, sin embargo, llegó a su culminación cuando supo -por medio del hermano de Manuelita, que había venido a llevarle un dinero para su madre- los detalles sobre el secuestro de una trabajadora de Insul, la fábrica que se había mobilizado años antes por causa de la enfermedad del saturnismo causada por el uso de plomo en la producción.

Se trataba una joven tucumana, linda y rubia, embarazada de ocho meses; los soldados cercaron la villa y dos grupos de civiles en Ford Falcon la arrastraron a uno de los camiones militares; y los vecinos solo volvieron a verla cuando regresó, dos meses después, a pie, demacrada y flaca. Sin barriga y sin el bebé, que había nacido mientras estaba presa e incomunicada, en el sector de la aviación de Campo de Mayo. Le habían robado el bebé. Un coronel había llegado y se lo había arrancado de los brazos, unas tres semanas después del parto. Iba a ser bien cuidado por una familia rica y cristiana, de buenas costumbres, que no podía tener hijos, le dijo el militar.

La rubita tucumana, que había sido detenida y torturada por puro error burocrático de los militares, tenía el mismo apellido de otra obrera de Insud, esta sí militante y activista del gremio. Pura casualidade: ambas eran tucumanas, de apellido alemán -descendientes de los muchos huídos de Baviera y la Floresta Negra que fueron a La Cocha después de la guerra- y los milicos se habían confundido. Cuando finalmente capturaron a la otra, a la verdadera Shiffer que buscaban, simplemente la soltaron y ella volvió a su villa miseria. A pie y sin su bebé.

Pero aunque la rubita tucumana ya estaba conformada con la “adopción” de su hijo por la familia amiga del coronel de Campo de Mayo -al final, ella era pobre, madre soltera, trabajadora sin escuela y con bajísimo sueldo, y no sabía si podría mantenerlo y educarlo, decía-, a la que no le disminuía la indignación era a Roberta, amante cada vez más arrepentida del viejo Benito.

Por eso, el día en que el Negro Tony, hermano de Manuelita, su empleada doméstica, le propuso visitar la Villa Las Antenas, Roberta concentró toda su inteligencia e imaginación al servicio de un plan que no le salía de la cabeza: escaparse del control de los custodios que el viejo le mandaba un par de veces por semanas, en fechas aleatorias, para que la vigilaran con la excusa de protegerla "de los terroristas". Quería verse libre de nuevo, sacarse de su vida ese monstruo que cada día que pasaba le molestaba más, y ahora sabía por qué, y sobre todo, sabía cómo librarse de él.

Aprovecharon un día en que Manuelita salió a hacer las compras y vio que no había coches Ford Falcon ni peatones sospechosos. Salieron, tomaron el colectivo 60 hasta la avenida General Paz y siguieron hasta el cruce de La Tablada. Se bajaron en Jabón Federal y caminaron en zig-zag por las calles laterales de Lomas del Mirador hasta llegar a Villa Las Antenas. Nadie los había seguido.

El Negro Tony las recibió a la entrada de la casilla pobre de madera de la familia y una vecina que hablaba un castellano mesclado con palavras en guaraní les trajo un atadito redondo en un repasador. Era una sopa paraguaya que comieron en pedacitos mientras tomaban mate y lo esperaban a Juancito.

Roberta no sabía, ni se imaginaba en lo que se estaba metiendo, pero presentía que era algo prohibido y peligroso, pero que probablemente la iba a librar del acoso del viejo Benito y sus custodios, uno de los cuales no dejaba de mirarla de arriba abajo cada vez que se volvía de espaldas; Manuelita, a su vez y desde su ingenuidad de chica provinciana, se había ido enterando de todo lo que pasaba en el país y odiaba a la dictadura y al viejo Benito, amante de su patrona, pero sabía que Roberta tenía un corazón enorme y estaba harta de la situación en que vivía, y se dispuso a ayudarla.

Cuando Juancito entró, por la otra punta de la callejuela de la villa, y después de andar más de veinte minutos entre San Justo y Lomas del Mirador, sabía que el riesgo era medido y estaba bajo control. No lo habían seguido, ni había autos o peatones que le levantaran ninguna sospecha. Entró a la casilla de la familia del Negro Tony y Manuelita lleno de entusiasmo y buenos presentimientos.

7ª parte.

Cuando nos encontramos con el Negro Flores del Sitrac-Sitram en la entrada de la estación de trenes de Morón, de pura casualidad, al Viejo Pedro Milesi y al Juancito se le juntaron las ideas como en un juego de rompe-cabezas imantado, de esos en los que, de repente y en el momento menos pensado, las piezas se encajan y todo queda clarísimo.

Juancito le contó al Viejo Pedro una historia que había oído de boca de su hijo de 8 años en una de las visitas a Encausados. Decía Martincito que un hombre muy ocupado, un investigador científico, tenía que resolver un problema. "Como arreglar el mundo", se llamaba la investigación que el científico quería terminar de escribir. Pero su hijo no lo dejaba concentrarse, porque quería jugar y le hacía infinitas preguntas a todo momento, propias de un chico, claro.

El científico tomó un mapamundi colorido de su cuaderno Laprida, de aquellos que antes venían en la última página y lo arrancó con cuidado; con una tijera lo recortó, de tal modo de parecer un rompe-cabezas y se lo dió al hijito, esperando que se entretuviera por un buen tiempo. Pero, a los diez minutos, el chico vuelve con el mapa armado, y con el improvisado rompe-cabezas correctamente resuelto. ¿Cómo hiciste, nene? le pregunta el padre, admiradísimo. Fácil, papi, le dice el nene, como estaba muy difícil armar el mapa, di vuelta la hoja y me di cuenta que del otro lado había un cuerpo humano. Ese sí que fue facil de armar.

Y el Viejo Pedro, cuando se lo llevó al Negro Flores a su casa, le contó la historia del mapa rompe-cabezas como quién saca una moraleja: si no podemos arreglar el mundo, vamos a tratar de arreglar a la persona, al ser humano. Charlando con Juancito al día siguiente, juntaron las piezas y llegaron a la conclusión de que el único modo de salir del impasse histórico de la dictadura de don Benito, era ayudar a la propia historia, dándole un empujón para ver si las cosas se volvían un poco más fáciles.

Las primeras tres semanas para contactar cada uno de los siete grupos originales quedó a cargo del Negro Tony, que fue llevándolo a Juancito algunas veces y al Viejo Pedro otras, hasta armar un grupo de coordinación al que se sumaron, en la 5ª semana, otros tres representantes de comités de resistencia del Gran Buenos Aires. Dos semanas después llegaron dos cordobeses y un rosarino, representando otros seis grupos en total.

Ninguno de los obreros, estudiantes y villeros reunidos en esos pequeños núcleos sabía sobre la existencia de los otros, ni se habían visto nunca antes del golpe, a no ser en el caso del tucumano Farías, que venía de Córdoba, y en el micro de la Chevallier reconoció al Turco Muammad, con el que había estado preso en Catamarca, en la época del copamiento del Regimiento 17º. No se hablaron en el ómnibus, pero sí se saludaron cuando se volvieron a encontrar encima de la General Paz, yendo ambos a pie hacia la cita con Pedro Milesi.

Y tampoco se supo que alguno de los miembros de esos grupos desconectados y dispersos de la resistencia de aquella época supiera que sus organizaciones habían sido destruidas por la represión, o que se habían autodisuelto; mucho menos que todas, o casi todas, estuvieran fraccionadas o divididas en tendencias irreconciliables, la mayor parte en el exterior, y muy pocas en el interior del país.


Capítulo 2

Resumen de los acontecimientos:

Como dije antes, y según me lo relató Gregorio, que no participó en los hechos, el Negro Tony se encargó durante las primeras tres semanas de noviembre de 1983, de contactar a cada uno de los siete núcleos de la resistencia de 1977 a 1979, y fue llevándolo a Juancito y al Viejo Pedro, a diversas reuniones, hasta que logró armar un grupo de coordinación. En la 5ª semana se agregaron otros tres representantes de la resistencia del Gran Buenos Aires. Y más tarde llegaron todavía un rosarino y dos cordobeses, representando a otros seis grupos de sus ciudades.

Ninguno de los militantes reunidos en esos pequeños núcleos sabía sobre los otros, ni se habían visto nunca antes del golpe. Y tampoco los miembros de esos agrupamientos desconectados y dispersos de la resistencia de aquella época sabían que sus organizaciones políticas habían sido prácticamente aniquiladas por la represión. También ignoraban que algunas se habían autodisuelto y que todas, o casi todas ellas estuvieran fraccionadas en tendencias irreconciliables, muchas en el exterior, y muy pocas dentro del país. 

En realidad, y como ya había ocurrido en otras situaciones históricas semejantes, esa pequeña multitud silenciosa de militantes y simpatizantes obreros, estudiantes y villeros, estaban prácticamente igual a aquellos combatientes japoneses olvidados en las islas del Pacífico, en las que resistían porque no habían llegado ni siquiera a enterarse de que Japón había sido derrotado y que se hubiese rendido.


8ª parte

Esa era la situación de la militancia revolucionaria entre 1978 y 1982; mientras que, por otro lado, dentro de las entrañas de la dictadura que había dado el más sangriento golpe de estado, la historia de lo que ocurría es bastante conocida hoy y no se admiten demasiadas discusiones: tanto el reemplazo del presidente de facto anterior -Viola, el sucesor de Videla- como el de Galtieri, derrotado en las Malvinas, fueron justificados por el "vacío de poder" que amenazaba a los militares. Era la vieja excusa que ya había sido  usada antes, en los golpes contra los gobiernos constitucionales de Yrigoyen, Castillo, Perón, Illia e Isabelita. 

Don Benito Bignone formaba parte del ala moderada del ejército que desplazó a Galtieri. Pero como se demoraba a convocar a elecciones nacionales -las que finalmente serían llamadas para el 30 de octubre de 1983- y toda su política de búsqueda de diálogo con la "Multipartidaria" se volvía lenta, a los militares del ala dura no les parecía demasiado seguro el modo con el que estaba preparando una salida electoral honrosa que preservara la unidad del ejército al mismo tiempo que evitara enfrontar en la justicia las responsabilidades de la represión ilegal. 

Cuando por fin, presionado por el ejército, don Benito dicta una ley de Amnistía basándose en aquella orden de Isabel Perón de 1975 de "aniquilar a la guerrilla", y por medio de un Acta Institucional se declaran muertos a todos los desaparecidos, considerando  que los represores han cumplido con "actos de servicio", esto es muy mal recibido por la sociedad. Y es entonces que Juancito, el Viejo Pedro y el Negro Tony se deciden a darle una manito a la historia.

La idea era simple: sorprenderlo al general-presidente don Benito en el departamento de Roberta, mantenerlo guardado durante un par de días y reemplazarlo por el Viejo Pedro, que en una decisión burocrática rápida, iría a decretar la anulación de la "auto-amnistía" de los militares y producir el llamado a elecciones inmediatas. Simple. Si no resultara, porque los mandos más gorilas del ejército se sublevasen por ejemplo, destituyéndolo al presidente, una nueva crisis se habría instalado en el seno de la dictadura, lo que aceleraría su fin, de cualquier modo.

Tomar esta decisión, según Juan y el Negro Tony, era urgente: después de Malvinas se habían difundido, como en un efecto dominó, las denuncias de graves violaciones a los derechos humanos cometidas por la represión estatal, lo que iba poniendo a todo el pueblo de cara a las evidencias de la gran tragedia ocurrida a la sombra del poder militar. Se había creado una comisión con oficiales de alta jerarquía del ejército para analizar y evaluar las responsabilidades en el conflicto de Malvinas, que escribió el llamado "Informe Rattenbach", que destaca los actos de valor de los combatientes y cuestiona la irresponsabilidad, la falta de planeamiento adecuado y los errores de la conducción militar. 

Mientras tanto, argumentaba el negro Tony, en Italia empezaba el proceso contra la "Propaganda Due" involucrando a los altos mandos, de tal modo que el ciclo militar se iba cerrando en condiciones totalmente negativas para la dictadura y favorables para la lucha popular por la democracia. Los ciudadanos empezaban a estar más persuadidos de sus derechos civiles y del valor de la democracia como modo de gobierno. 

Después que empezaron a hacer relevos cada veinte minutos, los muchachos de Villa las Antenas descubrieron que en la segunda esquina después de la cuadra del departamento de Roberta, había un cabo de consigna, pero vieron que no estaba allí por causa de las visitas esporádicas de don Benito a su amiga.

Ya les había llamado la atención que don Benito no dejara una custodia permanente en el departamento de Roberta, por lo menos por el lado de afuera. En las seis semanas de chequeo no vieron nunca una custodia permanente, ni ronda de patrulleros, a no ser cuando el general, don Benito llegaba. Solamente el portero tenía cara de policía, pero Roberta decía que no, que lo conocía bien y jamás iría a delatarlos.

El día de la acción, de madrugada, los hermanos menores de Tony pusieron un letrero en la esquina que decía  "Hombres trabajando". Por las dudas que necesitaran demorar el tráfico de vehículos.
La planificación definitiva la hicieron en la casa de Lomas del Mirador, con Gregorio y el Viejo Pedro donde vivían Juancito y el Pelado Rafa. Pintaron con aerosoles la camionetita roja que iba a ser usada en el caso de que se necesitara hacer contención.  

Mientras los compañeros de Villa las Antenas hacían estas tareas, Marcelita, peluquera de oficio y amiguísima de Manuela, le daba retoques delicados al Viejo Pedro, le teñía reflejos plateados en un pelo que iba quedando cada vez más grisáseo, le borraba las arrugas y le acentuaba las ojeras con un maquillaje suave. A cada tanto se detenía, dejaba la tintura y los pinceles de lado, y miraba detenidamente la foto de don Benito, el general-presidente, que había colocado en el borde del espejo de la cómoda. El Viejo Pedro estaba quedando bastante parecido al dictador, lo que no le hacía demasiada gracia, claro.

A las seis de la mañana siguiente, día en que Roberta esperaba la visita del viejo don Benito, finalmente salieron. Pedro Milesi, por causa de sus problemas con la vista, manejaba la chatita a una velocidad enervante, tal vez a menos de 20 km/h. Su nieta -que era azafata y rubia, siempre tenía una buena coartada con su uniforme de la Air France- lo acompañaba en el asiento delantero. Atrás iba un compañero disfrazado de ejecutivo, y el Negro Tony con uniforme de teniente de la policía federal, con una PAM de aquellas que se trababan al cuarto tiro, encima de las piernas.

Después de 35 minutos, la camionetita roja -la Coloradita, le decían- dejó el tránsito atroz de la avenida General Paz y entró en Núñez en dirección a Palermo. Diez minutos más tarde, estacionaban a 15 metros de la entrada del edificio de Roberta. La azafata rubia se quedó al volante y los otros tres se bajaron. Don Pedro Milesi, con su respetable cara de general-presidente lo saludó secamente al encargado y entró al ascensor sin mirar para atrás. El "ejecutivo" con su típica valijita 007 se quedó en la planta baja, a dos metros de la puerta de entrada, y el Negro Tony, en su papel de teniente de la federal, subió con el Viejo.

Cuando vio el uniforme de Tony, Roberta se sorprendió, pero los dejó entrar rápido y nadie pareció haberlos visto. Cuarenta minutos después tocó el portero eléctrico y subió la guardia del viejo. Mientras el sargento y el subteniente se distraían mirando alternadamente las curvas de Roberta, y subían y bajaban hacia el piso de arriba y el de abajo, Tony, Juan y el Viejo Pedro se escondían en la terraza del edificio, subiendo con mucho cuidado por las escaleras.

Cuando la custodia se retiró discretamente -a escasos 50 metros, uno de cada lado de la entrada del edificio, sobre las dos esquina de la cuadra- el viejo fogoso, don Benito, general-presidente, harto de su misión de último dictador, se sacaba los pantalones y el saco y quedaba en calzoncillos en la pieza de Roberta, mientras esta, con todo los cuidados del caso, abría la puerta para que entraran otra vez el negro Tony, Juancito y el Viejo Pedro. 

No vamos a decir que don Benito no se sorprendió cuando irrumpieron los tres en la habitación, manteniéndola a Roberta en una posición de supuesta rehén, mientras le apuntaban con un par de pistolas y una PAM vieja y en desuso. Si se sorprendió, o si se asustó, el general-presidente lo disimuló muy bien. O tal vez el cansancio del cargo impuesto, o sus culpas de último genocida en la ardua tarea de apagar las luces de la dictadura lo ayudaron. 

Con cara apática e impávido, don Benito se puso lentamente los pantalones mientra pronunciaba un sonoro y marcial -Puedo?- y en su íntimo pensaba que le estaba ocurriendo lo mismo que a Aramburu, pero con trece años de atraso.

El Viejo Pedro le dijo que no había ninguna intención de ejecutarlo, aunque crímenes no le faltaran en el prontuario, pero que se quedaría un par de días detenido, junto con Roberta, que seguía en su papel de víctima para evitarle cualquier sospechas sobre su complicidad con la acción que estaba sufriendo. Esto lo animó al general a tratar de negociar:

-Miren, yo estoy cansado de gobernar. Sé que Uds. están derrotados, pero van a terminar ganándonos la paz. Yo voy a tener que renunciar y llamar a elecciones, más tarde o más temprano. Les propongo ahorrarse tanto trabajo y riesgo- nadie le había contado al dictador-presidente cuál era el plan, pero el viejo no era tonto, y al verlo a Pedro Milesi vestido y maquillado a sua imagen y semejanza, se imaginó que la idea era reemplazarlo y hacer alguna acción que acelerase la vuelta a la democracia. Había acertado, y a Juan y al Negro Tony se le ocurrió una variación en los planes.

9ª parte

-A las 11:10 de aquel martes 12 de abril, exactamente, un comando de unos diez improvisados combatientes, algunos de ellos que nunca habían tenido una mínima práctica militar, ni participado siquiera en la periferia de las organizaciones armadas, convergieron en el momento en que el general-presidente, don Benito bajaba a la planta baja del edificio de Roberta, acompañado por la dueña del departamento y custodiado por Juan, el Negro Tony y Laura, la azafata, que había subido quince minutos antes- me cuenta Pedro Milesi.

¿Qué ocurrió entre el momento en que don Benito fue sorprendido sin pantalones en la pieza de Roberta y la salida de todos hacia la calle?

-Juan y el Negro Tony entraron a la habitación apuntando sus armas y haciendo de cuenta que mantenían rehén a Roberta. Don Benito, imaginándose un secuestro, pero notando el asombroso parecido físico del Viejo Pedro con su propia figura, enseguida se imaginó todo lo que el grupo planeaba, que era reemplazarlo, ocupar su lugar de algún modo y com algún objetivo preciso. Solo no entendía para qué, con qué fin- dice Roberta.

En pocos minutos, sin embargo, don Benito, el general-presidente que ya estaba harto de gobernar bajo presión doble -la de los militares, que le pedían milagros, y la que crecía en la sociedad, exigiendo democracia- resolvió patear el tablero y correr de una vez por todas el riesgo de lo que él sabía que iba a ser su destino. Era un dictador, el último de un cuarteto de asesinos en una de las dictaduras más criminales de la historia; y la democracia volvería tarde o temprano a exigirles una rendición de cuentas: ¿dónde están los presos políticos y sociales desaparecidos? Y tarde o temprano él y sus antecesores irían a pagar con la cárcel todos sus crímenes. No servía de nada querer parar el tiempo, pensó el general-presidente y tomó su decisión.

Pero en los tres o cuatro minutos que demoró para explicar su propuesta, don Benito y Roberta se olvidaron de algo simple, pero muy importante: bajar las persianas hasta la mitad de la ventana para avisar a la custodia personal del general que estaba todo bien y que podían subir a buscarlo sin problemas.

Lo que ocurrió entonces, pocos minutos después, fue una escena digna de una película de ficción: los militantes, activistas sindicales y barriales en su mayoria, junto con algunos ex guerrilleros de un lado, y el duo de militares del ejército encargados de la custodia del general-presidente, al que se había sumado un agente de la policía federal, estaban en un círculo, unos apuntando sus armas hacia los otros. En meio de todo, en el centro del círculo, nada menos que el presidente de facto, último personero de la dictadura más feroz y letal que conoció el país, y un par de militantes tratando de negociar.

-Yo tenía una PAM. El compañero José Parrada -el Catalán- que había llegado en el primer coche vestido de ejecutivo, estaba armado con una ametralladora Uzi alemana de 9 milímetros. Los otros, habíamos bajado todos con el general en un único ascensor, después de haber llegado a un acuerdo. Al alcanzar la puerta del edificio, estaciona en frente una patrulla del ejército de la que se bajan los dos custodios del general-presidente y el de la federal- contaba el Negro Tony, años más tarde.

-Apenas llegaron a la puerta, notaron algo diferente al ver a su jefe con tres extraños y a Roberta separada del general. Nosotros, estábamos alrededor del general-presidente, y sus custodios y el agente recién llegados, alrededor nuestro. Era un cerco dentro de otro cerco; pero todavía había otro, el de nuestros compañeros del segundo auto, el de la contención – que estaban apuntando directo hacia el cerco del cerco- agrega el Viejo Pedro.

Pasados algunos años, Tony me contaba que había tenido tiempo de decirle en voz baja al general: -Mire Don Benito, acá va a morir mucha gente. Sus hombres nos están cercando. Pero nuestros compañeros ya los cercaron a ellos.

El general entonces levantó la voz, dirigiéndose a sus custodios:

-¡No! bajen las armas! Son colegas del GT de San Justo, gente del Comando de Organización. Trabajan para nosotros- cuenta Juan, todavía sin poder creer lo que vivió em aquel momento.

-Empezamos a retroceder despacio, pero siempre apuntándoles nuestras armas; y ellos, los militares y el policía federal hicieron exactamente igual- sigue Juan.

-El capitán Ledezma nos va a compañar hasta la Casa Rosada- dijo don Benito Bignone, señalándolo al Negro Tony, que estaba impecable en su uniforme de federal, me cuenta Pedro.

-Yo fui el último que entró en el patrullero del ejército; los dos custodios en el asiento delantero y yo me senté atrás, con el general– cuenta Tony, que  dice que el auto salió en disparada, seguido por el Peugeot y la camioneta roja de la contención. A menos de diez metros, un segundo Ford Falcon del ejército que nadie había visto hasta ese momento, se sumó de improviso, para cerrar la comitiva.

Cuando la extraña caravana ya estaba por Leandro Além, a escasos trescientos metros de la Casa Rosada, la camioneta roja y el Peugot se separaron bruscamente del grupo a la altura del cruce con Sarmiento y salieron, una hacia la derecha, mientras el otro coche se volvió en sentido contrario. El Ford Falcon con los tres militares optó por perseguir a la camioneta, primero discretamente  por las calles del centro, hasta que la perdieron de vista. Minutos después, volvieron a encontrarla, pero al llegar al cruce de las vías de Retiro, exactamente medio minuto antes del paso de una locomotora, los militantes que habían dado apoyo a toda la operación aceleraron y arrojaron dos granadas contra el vehículo de los militares, dándose el tiempo suficiente para aumentar la distancia y poder huir en pocos minutos.

Continuará

Javier Villanueva. São Paulo, 22 de mayo de 1989.





Nenhum comentário:

Postar um comentário