domingo, 3 de maio de 2020

Girasoles y libros. Final





Girasoles y libros. Final

De veras, don Queiróz, su historia de vida y de trabajo es muy interesante, pero digamé, ¿Ud. ya escuchó hablar, o leyó algo,algún libro de su tocayo, o casi tocayo Horacio Quiroga,  ¿no? 

Sí, señor Ricardo, mire, esa es otra historia muy larga y triste: antes de Salto, vivíamos en un pueblo muy chico, llamado Andresito, y mucho antes todavía en Salsipuedes. 
Ajá. Ya sé, don Queiróz, y los dos nombres llevan las memorias de nuestros pueblos originarios, ¿no? dice, o piensa Ricardo, -y recurre a su viejo enciclopedismo, que tanto le critican sus hijos-, sí, La Matanza del Salsipuedes fue un ataque cobarde del ejército de Uruguay en 1831 contra los Charrúas con tropas al mando de Bernabé Rivera, sobrino del presidente Fructuoso Rivera, del Partido Colorado. 
Es verdad, señor Ricardo, según la historia oficial, en el ataque mataron unos 40 Charrúas y 300 fueron hechos prisioneros, otros lograron huir. Pero fueron muchos más. Fue el exterminio del pueblo Charrúa​, sí. Era mi pueblo, señor Ricardo. Y Andresito, el hijo adoptivo de Artigas, ese era guaraní ¿no? ¿Ud. vio la estatua que le hicieron acá cerca? 
No, don Queiróz, no fui todavía a verla. Pero dígame, y en Salto, ¿Ud. todavía tiene familia?
Sí, don Ricardo, mire, la verdad es más larga y triste: mi abuelo era el escritor Horacio Quiroga nomás, el de los cuentos, que vivió acá en Misiones. Después del suicidio de su padre y de su hermano, y cuando él mismo se mató, los que quedaron de la familia decidieron cambiarse el apellido. Ahora somos los Queiroz, así nomás. 
Ricardo sigue mudo, estupefacto con lo que acaba de oír: don Queiróz es nieto de Horacio. Se levanta y trae un paquete de Criollitas, el mate y un poco de Paty. Pone la pava en el fuego y se sienta a seguir oyendo el relato:
Sí, patrón, fue así nomás, y mis tíos, los Quirogas, ¿sabe? eran bisnietos del Cacique Sepé, -uno de los sobrevivientes de la emboscada- que fue el que organizó y comandó la venganza después. 
¿Qué venganza, don Queiróz? le pregunta Ricardo, que a veces parece que piensa que lo sabe todo, pero no, es muy conciente de lo poco que sabe, y muy por arriba de muchos temas, como este.
Los indios que fueron atraídos arteramente por Rivera y su sobrino a la encerrona, terminaron muertos; o presos y llevados a Montevideo como esclavos. Entre los que consiguen escaparse, -entre ellos mi tatarabuelo, el Cacique Sepé-, surge la idea y la acción del ajusticiamiento de Bernabé Rivera, que encontró la muerte delante de un grupo de los Charrúas sobrevivientes.
Ricardo se queda boquiaberto, pero disimula la sorpresa y la emoción. Le sirve un mate dulce a don Queiróz, Horacio Queiroz, nieto nada menos que de su querido Horacio Quiroga.


             -Vení Robertito, ayudame a levantarme que voy a salir- le dice el Negro Unzaga a su hijo, que lo mira sorprendido y trata de convencerlo de volver a la cama, al final hace más de dos años que no se levanta. El tío Negro era el más fuerte y campechano, el gaucho, de toda la familia de Las Chacras, el Macondo catamarqueño de Ricardo. Y así lo sueña en esa noche de calor pegajoso, tal como lo vio en su último viaje a Catamarca, hace diez años.
           -Ayudame vos, Davicito entonces. Es que me llamó el Negro Barrionuevo y tengo que ir a encontrarme con él.- insiste don Unzaga, pero se le acaban las fuerzas y se deja convencer. Vencido, vuelve a la cama, recita una de sus poesías, toma un mate cocido con leche y se duerme otra vez. 
         Diez minutos después toca el teléfono. Es Raquel, desde Córdoba, para contarles que el Negro Barrionuevo había fallecido esa tarde.


A la muerte de su padrastro se sucedieron la muerte de sus hijos, sí, fue así nomás, se lo recordó don Queiróz a Ricardo. Cuando tenía cinco años, el padrastro de Horacio Quiroga se suicida con idéntico método al que utilizó, años antes, su padre biológico. Poco más tarde, además, se suicida su hija mayor, Eglé, y su único hijo varón, Darío, al que le tocó el turno macabro en 1951, el mismo año en que nació Ricardo. Horacio Quiroga pierde su trabajo al suicidarse su amigo. Tenía un puesto de cónsul de Uruguay en la capital porteña, y lo pierde después de que el mismo amigo se suicidase. Pasaron los años y el joven Quiroga se hace profesor de castellano en el Colegio Británico de Buenos Aires y se casa con una alumna, que en 1915 también se suicida, bebiendo un líquido que se usaba en aquella época para revelar fotografías. Qué horror, piensa Ricardo, qué horror. Su empleado, don Queiróz parece adivinarle el pensamiento y repite: qué horror, sí, don Ricardo, imagínese cómo quedó mi familia.


            Sueña Ricardo y sonríe: al contrario de la tragedia continua de los Quiroga, ahora llamados Queiróz, hay historias muy graciosas en su familia, sobre todo entre los Unzaga de Catamarca. Sueña con el tío Saro, que había llegado a Las Chacras después de casi veinte años de no bajar de La Cocha, una ciudad de la provincia de Tucuman a poco más de 100 kilómetros de Catamarca, en la que se había establecido. El abuelo Victoriano estaba feliz con la visita del primogénito, y la abuela Eufemia no paraba de andar de acá para allá, como una hormiguita laboriosa, arreglando cosas, preparando las comidas para la enorme familia, conversando con su nuera, al Yoli, y con la cuñada del Sarito –sus dos mujeres, decíamos los chicos, porque lo seguían a sol y a sombra y no se le despegaban ni un minuto siquiera.
            Sarito, según dicen los viejos, había sido muy aventurero en sus años mozos. Y yo me lo imaginaba al tío Saro con un sombrero de corcho de explorador, viajando por las selvas de África; pero no, las "aventuras" a las que se referían los mayores eran de otro tipo, y los chicos no podíamos saber demasiados detalles.
            Digamos que para la época de aquella visita memorable yo ya había entendido un poco más de las cosas de la vida y me lo imaginaba a Sarito como un hombre maduro, pero todavía alegre, juguetón, atractivo para las damas de aquella época tan recatada, anterior a los locos años sesenta.
              La cosa es que después  de pasar dos días en casa, con toda la familia, Saro decidió dar una vuelta por el vecindario de chacras y quintas de la región de la Falda. El único pequeño inconveniente era que el jeep, un rastrojero de la época de la segunda gran guerra mundial, estaba con un pequeño desperfecto en el arranque. Por eso, no podía ser apagado.
              La cosa es que, aún con problemas mecánicos -o eléctricos- en el auto, el tío se fue a cumplir con sus obligaciones sociales. Sí, así nomás como lo recuerda clarito Ricardo: el Sarito se pasó dos días y sus dos noches sin apagar el rastrojero porque al final descubrió que también se le había quemado el burro de arranque, y si lo apagaba ya no lo podría encender más. Entonces se escuchaba el puf-puf-puf del autito, día y noche por los sinuosos senderos de las Chacras; y el viejo Saro, dale que dale a festejar. 
                De a poco se fueron organizando las mujeres de la familia, y partían comitivas de primos y cuñados tratando de convencerlo a Saro a que volviera a los brazos de su mujer -o de sus mujeres-; pero el viejo tenía un tremendo índice de aceptación popular, y a cada partida de parientes que iba a llamarlo, el grupo de farristas crecía y crecía. 
             A mí me mandaron en la partida final. Era la última esperanza, por ser el mayor de los primos varones; pero no hubo caso, solo volvimos un par de horas después. Yo me sentía como Lucio V. Mansilla en su excursión a los indios ranqueles...no podíamos fallar, ¡había que traerlo al viejo costara lo que costara! Por fin, volvimos con mi tío unas 49 horas después de su partida original, con una murga alegrísima de primos, tíos y cuñados, todos cantando.                 
              El rastrojero todavía llevaba un poco de gasoil en el tanque. La mujer lo quería matar, -la cuñada también- pero él insistía en una única y muy coherente explicación y disculpa: "pero mujer, ¡es el pueblo que me quiere!".

¿Sabe? Su abuelo, por lo que he leído, don Queiróz, fue un escritor cuentista que a lo largo de toda su vida se sintió más atraído por escribir sobre la naturaleza y también sobre el amor. Pero esas mismas historias, sus cuentos digo,  mostraban bien su vida, que fue tan llena de tragedias. Como Ud. bien lo sabe, por la pérdida de muchos seres queridos muy cercanos. Y tampoco sus historias de amor nunca tuvieron finales felices. ¿Qué quiere que le diga, Queiróz? cuando leo los cuentos de su abuelo, me parece que él amaba la naturaleza, pero la colocaba como un enemigo del ser humano. ¿Entiende lo que le digo? Queiróz lo mira con un mirar lejano, como pensando en dos o tres generaciones para atrás, recordando lo que no vivió. Y sí, mueve la cabeza como un ternero manso,  Queiróz, y sí, le dice, sí señor. Él no se quería ni un poquito. Y según dicen mis tías, tampoco quería a nadie de verdad.


                El Mandinga, picado de celos, y lanzando al mismo tiempo un rugido de puma y una humareda de azufre hediondo y azulado por la boca y la nariz, le arrancó de las manos la guitarra al desafiante, y le contestó enseguida, el mentón temblándole de furia— se estremece en sueños Ricardo que, pensando de día en Horacio Quiroga y soportando pesadillas nocturnas en medio del calor de la selva tropical, no logra salir de los pensamientos mágicos.
             
               —Yo soy el Diablo, señoreees; yo soy Mandinga en persooona, y por eso es que le acepto, le banco su desafío; sepa Ud. don Morochito, sepaló don Tiznadito, que este mi canto ha vencido, ya ha derrotao a más de un angel. Pero sólo acepto retos por una apuesta ambiciooosa. Pregúnteme cualquier cosa, pregúnteme cualquier cosa, sobre la vida y la ciencia, la historia y la cultura. Y si le contesto, le digo, si le respondo bien digo, me llevo su alma conmigo a los abismos más escabrosos, a las nieblas pavorosas, al río del perro Cervero, al can de triple cabeza, el guardián de mi Jardín, de mi Jardín de los Infiernos— se despierta, se seca la frente, perlada por la transpiración, tose, resuella y trata de dormir. Y siempre al fondo, como un telón musical difuso, se oye el canto gregoriano, sílaba por silaba, monocorde, el pregón del Malo.

            Pero aparece un desafiante, un payador brasileño -repentista, dice él que es- que  no se le achica al Diablo. 
           —Por mi alma se lo acepto, por mi alma se lo acepto, o si no por un tintillo; não me apavora João Sem Terra, no me asustan, que nem ao Cão eu respeito, pero seamos muy discretos, mas sejamos bem discretos, que el tema va a ser  profundo, diga de un modo sincero su pensamiento fecundo, su más oculto temor: ¿qué sabe Ud. del querer? ...o quê sabe você da dor de um amor renegado, de una pasión rechazada, de un dolor de cuernos?¿eh? ¿qué sabe?...e se não sabe, convide, amigão, y si no invite, señor, y si no lo sabe Ud. pague la vuelta 'e ginebra, pague la vuelta pra todo o mundo, patrão— terminó el brasileño el reto, según cuenta Rosa.
         —El Supay escupió fuego en el suelo, hizo una mueca de odio y cansancio, y levantó una nube azulada y hedionda con la cola puntiaguda y peluda que le asomó de pronto por debajo del sobretodo, reconociéndose vencido. Les pagó una inesperada e irrehusable vuelta de coñac en llamas a todos los estupefactos parroquianos del Hotel Ancasti, a pocos metros de la plaza central de Catamarca y se fue, golpeando al salir las puertas del bar con tanta rabia, con tanta frustración mal contenida, que los vidrios añosos se quebraron en exactos 666 mil pedazos—.


               El tío Rodolfo y Evita y sus desapariciones, ambos en plena juventud, en el año de 1952 eran otras de las memoria claras de Ricardo, que su padre nunca creyó que fueran verdaderas. Rodolfo Unzaga, se cuenta Ricardo a don Queiróz mientras le pasa el mate, era rubio y de ojos verdes, levemente azulados. O tal vez eran ojos azules, tenuemente verdosos como ocurría, alternadamente, entre algunos de los hijos de don Victoriano. El viejo los tenía de un azul marino, sin medias tintas; a veces claros, a veces oscuros. A Doña Eufemia le brillaban un par de ojos castaños verdosos, medio grisáceos, como los de Liz Taylor, decían los nietos, y la abuela no sabía de quién hablaban. Pero los de Rodolfito eran definitivamente de un indefinido color verde.
            Y las mujeres de medio San Antonio se deshacían de amores por ese par de esmeraldas y por las mechas rubias doradas, -se ríe Ricardo cuando le cuenta los detalles de la familia a su empleado, después de nueve o diez horas de trabajo duro-. Pero él no se aprovechaba de la situación, al contrario. Tenía una clara preferencia por chicas no tan jóvenes, solteronas declaradas a veces; y sobre todo, siempre se acercaba a aquellas que decididamente no habían sido favorecidas por la naturaleza en materia de bellezas. O sea, en las fiestas del pueblo de San Antonio, Rodolfito solo sacaba a bailar a las feas, a las que nadie invitaba a la pista.
           Rodolfo Unzaga era divertido y conversador; seductor a su manera, muy especial, dejaba siempre felices a las chicas del pueblo con sus cortejos inocentes.
         Pero en aquella última fiesta, desde que empezó el baile, Rodolfito insistía en una de sus bromas favoritas. Hacía poco que había terminado el carnaval, y sobraban serpentinas y papel picado. Y al rubio se le había dado por enroscar a las chicas y sus amigos con las largas tiritas de papel colorido. “El que quede más enroscado con las serpentinas va a morirse este año”, decía; y como pasaba con todas las bromas y juegos de Rodolfo, este de las serpentinas y el destino también entusiasmó a las jovencitas, que en pocos minutos casi no podían moverse de tan enroscadas que estaban entre las cintas de mil colores. Y el más enroscado fue Rodolfito.
           Pasaron pocas semanas y Saro -el tío que Javier imaginaba en aventuras selváticas y con sombrero de corcho- lo llamó a Rodolfo para un viaje por la cuesta de Ancasti. Irían en dos camiones, llevando frutas para una finca en la cima de la montaña. Cuando Saro volvió solo, ya todos se lo imaginaban: el camión de Rodolfito se había desbarrancado en un precipicio y nunca más lo veríamos. Su alegría juvenil se había terminado en el viaje trágico, cumpliéndose la profecía del juego de las serpentinas.  
        Pocas semanas después –por lo menos en las remembranzas del Tonto Memorioso-  moría en Buenos Aires la mujer más importante, la más querida y la más odiada de su época, Evita. El año de 1952 fue muy triste para todos.


Después de una semana de mucho trabajo y habiendo llegado todos los palets esperados, las charlas entre Ricardo y su empleado, don Queiróz, tomaram novos rumos: ambos pasaron a leer más sobre la obra y la vida de Horacio Quiroga. Don Queiróz había leído un poco antes de llegar a la librería, pero ahora pasaba largas horas de la noche leyendo sobre su abuelo. Supo, por ejemplo que la enorme alegría que le havía provocado la aparición de su primer libro -Los arrecifes de coral, con poemas, cuentos y prosa lírica, que fue publicado en Buenos Aires en 1901, y dedicado al poeta argentino Leopoldo Lugones- se vio trágicamente oscurecida —una vez más— por la muerte de dos de sus hermanos, Prudencio y Pastora Quiroga, que cayeron víctimas de la fiebre tifoidea en el Chaco argentino. Ese año funesto de 1901, se enteró don Queiróz, reservaba todavía otra espantosa sorpresa para el escritor: su amigo Federico Ferrando había sido muy mal criticado por el periodista montevideano Germán Papini Zas. Ferrando le comunicó a Quiroga que iba a batirse en duelo con el periodista. De visita en la casa del amigo, Horacio, preocupado por la seguridad de Ferrando, se puso de inmediato a revisar y limpiar el revólver que iría a ser usado en el duelo. De repente, mientras trataba de inspeccionar el arma, se le escapó a Quiroga un tiro que impactó en la boca de Federico y lo mató al instantante. La policía, al llegar al lugar, detuvo de inmediato a Quiroga, que fue interrogado y trasladado a una cárcel correccional. Al comprobar lo accidental y desafortunado del homicidio, el escritor fue suelto después de cuatro días de prisión. La pena y la sensación horrible de culpa por la muerte de su compañero hicieron que Quiroga abandonase el Uruguay y cruzase el Río de la Plata en 1902 para vivir con María, otra de sus hermanas. En Buenos Aires va a alcanzar toda su madurez profesional, que tuvo su punto culminante durante su vida en la selva misionera, justo donde su nieto, Queiróz, se había establecido ahora. 

            - Toda familia tiene un tonto memorioso - le dijo un día Mempo Giardinelli a Ricardo, en un encuentro para profesores en São Paulo; sí, ese mismo, el de El santo Oficio de la Memoria. - ¿Y por qué tonto? - le preguntó, pero no creyó haberle entendido bien lo que le contestó; además, el calor de casi 46º en Cuiabá, y el almuerzo suculento a base de pescado de río, no ayudaban a la especulación y al devaneo de ideas.
                Los memoriosos, creo yo, le dice Ricardo a don Queiróz, a veces son indiscretos, se acuerdan de todo, viven anotando todo. Otras veces, sólo hablan. Don Victoriano y el Negro Unzaga pertenecen a esta última estirpe. A veces son cuentistas y narradores; otras son payadores o cantores. Recordaba Victoriano, el abuelo de Ricardo, algunas cosas que habían pasado ochenta, o cien años atrás...¿cómo? si él sólo había vivido noventa!
              Se acordaba mi abuelo, -le dice Ricardo a Queiróz- por ejemplo, que Pedro, su padre, le había contado cómo lo conoció a John Robertson, el gringo que lo entrevistó al libertador Artigas; y también recordaba todo lo que Pedro había escuchado de sus antepasados, allá en el lejano país vasco.
             El viejo Victoriano anotaba en el piso de tierra, escribiendo con su bastón de palo en el suelo endurecido y seco. Hacía cuentas, anotaba palabras, como apuntes que nunca iría a pasar para el papel. Aunque un par de veces, sí, le dictó a Ricardo unas pocas frases para que no se le olvidaran.
            Samuel, el otro abuelo del librero, también era un memorioso. Se acordaba del folclorista Andrés Chazarreta, su tío, y también de los Jaime, la familia de su suegro.
             Don José Jaime, -mire lo que le cuento, amigo Queiróz-, mi bisabuelo y padre de doña Juana, era un criollo alto y fuerte. Tenía más de 80 años cuando lo incorporé en mi conciencia como uno de los abuelos. ¡Fui muy afortunado de haber tenido na infancia con tres abuelos! Y lo primero que me acuerdo de él es cuando le dio un tremendo trompazo a un atrevido que había molestado a la maestra del pueblo. Y lo más gracioso es que se fue directo a la cama, a esconderse del comisario, que claro, no lo podía detener y además, en el fondo, había simpatizado con su quijotada. Fue por aquella época en que un día me di cuenta, don Queiróz, que los rasgos aindiados de una parte de la familia venían de don José Jaime.
            Pensando bastante, y estudiando mucho el tema, al cabo de casi 50 años, un buen día Ricardo notó que la raíz india de los Jaime no era diagüita, ni calchaquí, los pueblos nativos del norte. ¡Sus orígenes no eran catamarqueños, sino patagónicos!
           El abuelo José -en realidad bisabuelo de Ricardo- pertenecía a la masa anónima de guríes tehuelches, mapuches y pampas que las tropas del general Julio A. Roca habían arrancado de sus familias, después de derrotar y fusilar a los caciques y capitanejos del desierto.
           Centenas de indiecitos habían salido del sur extremo de la Patagonia hacia el norte, como esclavos, siervos de las familias patricias. Las mujeres iban a servir como empleadas domésticas sin sueldo -sirvientas y esclavas- en las ciudades. Mientras, hacia Tucumán y Catamarca partían las carretas con los niños y adolescentes pampas, y entre ellos, José Jaime y sus tíos menores. El padre, indio "bombista", que observaba de lejos el desplazamiento de las tropas de Roca, había desaparecido en las últimas escaramuzas del gran cacique Namuncurá contra el ejército. Algunos dicen que lo estaquearon al sol y lo dejaron -sin agua ni comida, claro- a merced de los caranchos.
           
            Treinta años después de 1878 - cuando los bravos del cacique rendían sus lanzas y el hijo de Namuncurá, Severino, era entregado a los padres salesianos para emprender su peculiar camino del cautiverio a la santidad - José Jaime ya era hombre crecido, casado con doña Rosa Monasterio, y padre de Juana, la que sería mujer de mi abuelo Samuel, cuenta Ricardo.
          
             Memoriosos como Samuel o Victoriano, los abuelos del librero, solo el Negro Unzaga, su tío, que se acordaba patente, fresco en el recuerdo como si fuera ayer, cuando una noche de otoño, fría y seca pero sin viento, golpearon con fuerza en la ventana de atrás de la casa de Las Chacras, cerca del gallinero; y salieron todos los hombres: Saro, Rodolfo y Daniel, y él que era chico se quedó con Eufemia, atento pero sin miedo. Mientras, Victoriano rodeaba la casa con el máuser en manos, a ver si lo sorprendía al "fantasma".
           Victoriano no creía en aparecidos ni en almas en pena, y cuando empezaron a resonar cadenas y fierros debajo de la casa, en el piso de la "piecita del sur", y a brillar la "luz mala", enseguida se acordó del inglés Robertson que le contaba: - Donde hay luces nocturnas, es porque hay huesos o fierros enterrados; y ruidos de cadenas también, podés creer: hay cosa vieja enterrada bien hondo! - Y entonces Victoriano mandó cavar, y cavó hasta llegar a unos cuatro metros abajo del nivel del piso de ladrillos; pero no podía pasar por abajo de las viejas paredes de abobe crudo y paja: la estructura no resistiría.
          La casa de Las Chacras -donde vivían los abuelos de Ricardo- había sido una posta de las montoneras del Chacho Peñaloza y Felipe Varela, a mitad del siglo XIX, y lo que Victoriano encontró al cavar no lo sorprendió: una galería con más de veinte piezas de "naranjeros", una especie de pistolón antiguo, y unas diez carabinas. Todas herrumbradas y casi sin las partes de madera, desaparecidas desde décadas atrás.
           Victoriano juntó todo, lo llamó a don Gabino, el viejito que entonces ya pasaba de los cien años y que había sido "bombista" de las tropas del Chacho, y el viejito le confirmó sus sospechas. Mi abuelo, le cuenta Ricardo a don Queiróz, evaluó el valor histórico de las armas -vio que en dos de ellas había una marca a fuego, "F.V.", en los dos únicos restos de cachas de madera que habían sobrado en sendos pistolones de pedernera- y lo llevó a la iglesia de Fray Mamerto Esquiú.
           El viejo estaba feliz porque otra vez su intuición científica lo había llevado a no creer en bultos ni sombras que se menean.


¿Sabe, don Ricardo? anduve leyendo un poco más sobre mi abuelo, sus libros, su vida. Supe que fue profesor de castellano en el Colegio Británico de Buenos Aires en 1903, y ese mismo año ya era un fotógrafo experto. El abuelo Quiroga acompañó a Leopoldo Lugones en una expedición que vino acá, a Misiones. Los mandaba el Ministerio de Educación, y el poeta Lugones iba a investigar las ruinas de las misiones jesuíticas en esta provincia. Y después, al volver a Buenos Aires el abuelo se dedicó a la narración corta con gran pasión. En 1904 publicó el libro de relatos El crimen de otro, influido por Edgar Allan Poe, fue reconocido y muy elogiado. El entusiasmo del empleado era tan grande que se agitaba y se le atropellaban las palabras al mostrar todo lo que había leído. 

Es verdad, don Queiróz, dicen que esas primeras comparaciones con el llamado "Maestro de Boston" no lo molestaban a Quiroga, que las escuchaba siempre con alegría, sonriendo, hasta el fin de su vida y respondía que Poe era su primer y también su principal maestro.

Leí que el abuelo Quiroga trabajó durante dos años en una cantidad enorme de cuentos, y que muchos eran de terror en un ambiente rural, pero otros eran historias para niños llenas de animales que hablan y piensan sin dejar de ser animales salvajes. ¿Sabe, señor Ricardo? leí que en esa época produjo la novela  Los perseguidos -en 1905, creo-, después de un viaje que hizo con Leopoldo Lugones por la selva misionera, exactamente por acá, hasta llegar a la frontera con Brasil. Fue entonces que escribió el cuento horroroso El almohadón de pluma, publicado en la revista argentina Caras y Caretas en 1905, don Ricardo...sí, horroroso! La revista llegó a publicar ocho cuentos de Quiroga al año. 


             Tina Unzaga se enderezó en la cama, se sentó a la orilla del colchón y respiró hondo; antes de ponerse las pantuflas pensó que la noche pasada había sido bastante extraña y llena de acontecimientos confusos. El Negro había llamado un par de veces, pero ella estaba tan somnolienta que no se levantó a atender el teléfono; Raquel le había ocultado lo peor, el timbre también había sonado una vez; era la policía que decía haber encontrado el coche del Negro en un terreno baldío, y querían saber si él estaba bien, y dónde se encontraba.
              Aunque el padre de Raquel y de Ricardo era tan despistado que un par de veces antes ya le habían robado el auto, y solo se había dado cuenta cuando la policía se lo devolvía, días o hasta semanas más tarde. En ambas ocasiones había pensado que la grúa municipal lo hubiera guinchado por dejarlo mal estacionado, y como en aquellas ocasiones no tenía, de cualquier modo, dinero en efectivo para pagar las multas, se había olvidado del asunto, y de hecho solo se recordaba de su coche cuando se lo devolvían; el Negro es del tipo de personas a quién no le hace falta nada que él considere superfluo o accesorio, y un vehículo está en esta categoría.
                 Pero lo que la perturbaba más a Tina no habían sido los timbres ni las llamadas telefónicas de la noche anterior, y sí el sueño extrañísimo que había tenido; mientras se vestía, muy lenta y parsimoniosamente, con toda la ceremonia de sus setenta años bien llevados, repasaba mentalmente cada detalle del sueño, que si fuera otro u otra le hubiera llamado pesadilla.                              
Recordaba nítidamente que había empezado a flotar, en medio de una paz, una sensación de tranquilidad y de alegría enorme e inexplicable; que se había visto a sí misma, a dos metros hacia abajo de su ruta de vuelo, o de sobrevuelo, sobre la cama, durmiendo muy relajadamente. Había salido, en su sueño, por la puerta cancel de la entrada, pero no recordaba haber abierto ni cerrado nada, simplemente salió, volando, o mejor dicho, sobrevolando la calle Bedoya, y en pocos segundos estaba sobre la ruta que lleva primero a Jesús María y Quirino, y luego se mete por los polvorientos caminos de las salinas, rumbo a San Fernando del Valle, en Catamarca.
                
Llegando al camino estrecho en que se deja la ruta provincial, ya en San Antonio, y girar rumbo a la Falda, se había detenido por un instante en frente a la casa de los Ovejero, y había visto una grieta profunda en medio de la mampostería; parecía casi abandonada, y Tina se dijo a sí misma que si no la arreglaran rápido, La Casa, como le llamaban los vecinos, iba a terminar partiéndose al medio a cualquier momento. 
               Al pasar delante de la casita tipo chalet de los Ávalos, al contrario, se había sentido alegre de ver que la habían pintado de blanco; los muros altos y los balcones relucian alvos, mientras que las persianas habían ganado un verde inglés o un verde musgo, la verdad que no lo recordaba con precisión. Las margaritas amarillas y los no-me-olvides azules y celestes se juntaban, armoniosos y contrastantes al anaranjado de los girasoles que, al parecer, don Julio había plantado durante el otoño que se terminaba. Y Ricardo, en medio de su propio sueño, soñando el sueño antiguo de su madre, se había acordado del nombre de su librería: girasoles y libros.
              Llegando a la casa de su padre, don Victoriano, Tina vio que la galería estaba llena de valijas y arcones, baúles y atados, como que hubiera llegado un montón de gente de visita a Las Chacras. Y de hecho, por lo menos dos coches eran de afuera; reconoció enseguida el jeep gasolero de Saro, con las chapas de Tucumán y el fitito de Orlando, con patentes de Buenos Aires:
           – Algo debería estar ocurriendo para haber tanta gente de afuera! – se dijo Tina.
           Quiso abrir la puerta de la pieza de Eufemia, pero la traba del piso se lo impedía, incluso a ella, que estaba volando y no ponía los pies en el piso; empujó la pesada hoja de algarrobo rojo y la puerta cedió, chirriando agudo. Pasó al lado de Ester, que en esa época era una niñita que cuidaba con todo cariño a su madre enferma; se enterneció al verla durmiendo, siempre tan buena, y le puso la mano en al cabeza, en un gesto de cariño, pero Ester se despertó asustada; como no vio nada, volvió a quedarse dormida enseguida, pero la impresión le hizo a Tina perder altura, y al bajar al piso tropezó levemente con la mesita de luz y dejó caer las llaves que estaban encima; nuevo sobresalto de Ester, que ahora se incorpora en la cama y mira alrededor, asustada.
           Fue ahí, en ese momento, que Tina se despertó.
Después del medio día llegó Ricardo, su hijo mayor, y Tina no lo pensó dos veces:
        – Riqui, ¿qué te parece si te hacés un tiempito y me llevás a Catamarca? Tengo un presentimiento de que las cosas no deben andar muy bien por allá- le dijo Tina a su hijo.
         – ¿Y qué te hace pensar eso? ¿Tuviste alguna noticia de las Chacras?- le contestó Ricardo.
           – No, fue un sueño, un presentimiento- trató de quitarle importancia Tina - no, nada más.
          – ¿Un sueño premonitorio?- insistía en el asunto Ricardo. – Bueno, de todos modos puedo ir mañana viernes, hoy no, tengo mucho trabajo; paso a buscarte a la mañana temprano.
            A las ocho ya estaban camino a Quirino, una mañana soleada pero fría de mayo, y aunque en las salinas el sol se refleja con un brillo enceguecedor, el viento todavía traía una parte del frío de la madrugada anterior en la que había helado, cayendo una escarcha pesada que había quemado los pastos ralos de la banquina.
            Las cinco horas de viaje pasaron normalmente, sin otro inconveniente que una goma pinchada y un cambio de aceite en San Martín. Al llegar al destino, las primeras sorpresas de Tina empezaron a asustarlos.
             La Casa de los Ovejero, que durante muchas décadas había sido un orgullo de los lugareños, y de la propia familia, claro, yacía en escombros, con la fachada principal partida al medio, el tejado prácticamente destruido por completo, los vidrios de las ventanas destrozados, y una gran parte de la mampostería que se había desprendido de la fachada, como derramándose sobre las orillas del estanque de los Avalos y dentro de sus negras aguas.
               Ricardo frenó el coche y se bajó, estupefacto, porque no podía creer que la misma construcción sólida que había visto menos de tres semanas atrás, cuando había viajado para llevar a su abuela de vuelta de unas cortas vacaciones, ahora estuviera en ese estado calamitoso, y sobre todo después de haber oído no sin cierta incredulidad el relato del sueño de su madre un par de noches antes.
             – ¿Y usted sabe, don Ricardo, que la otra noche nos espantaron? – empezó a contar Ester, ni bien nos sentamos a la mesa a comer unos tamales, media hora después que llegamos a las Chacras.
          – Hubo unos ruidos raros en medio de la noche y yo me desperté asustada, pero no vi nada, después un manojo de llaves se cayó solito de la mesa de luz y entonces ya no pude más pegar un ojo, incluso me parece que sentí una mano tocándome la frente, virgen santísima – y se persignó, todavía asustada, Estercita.
              – Sí, están pasando cosas extrañas últimamente – agregó la tía Gringa – la casa de los Ovejero, sin ir más lejos, hace dos o tres noches empezó a temblar, exactamente como si estuviera habiendo un terremoto, pero no, era un temblor debajo de la casa de don Julio, y de pronto la casa se rajó, sí, así como lo oís, ché, se partió al medio. Don Julio murió debajo de los escombros, y fijate que no hacía ni una semana que había fallecido la hermana.
             
Antes de viajar de vuelta a Córdoba, Ricardo y Tina fueron hasta Piedra Blanca a visitar a los Jaime, los tíos maternos del Negro Barrionuevo. Un señor de barbas largas y blancas los saludó a la entrada de la casa de veredas altas que había sido de doña Rosa y don José, y en la que ahora vivía una bisnieta, y los hizo pasar, sonriéndoles mientras se apoyaba en un nudoso bastón que enseguida le recordó a Javier la figura bíblica de Abraham. Conversaron con Rosarito un buen par de horas, comieron pancitos de grasa y tomaron mate, y se enteraron de los casos raros que habían andado ocurriendo, como el de unos caballos que habían aparecido duros, como muertos, pero de pie, con los ojos abiertos. Y los pájaros y lagartijas, calientes pero ríjidos en el suelo.
         
               – Las Chacras siempre tienen sus historias fantásticas, de luces malas o ruidos subterráneos – dijo Ricardo con un dejo de sarcasmo urbano, pero sin olvidarse de lo que había presenciado: el sueño premonitorio de su madre volviéndose real y concreto, la casa de los Ovejero destruida, el estremecimiento de Ester durante la noche en que la habían “espantado” unos supuestos fantasmas, las llaves que doña Tina había hecho caer durante su “vuelo” onírico, y el manojo real y concreto que se había caído de la mesita de luz de Ester aquélla noche.
           – Y el viejito ese que nos atendió al llegar, ¿quién es? – preguntó Tina.
          – ¿Qué viejito? No, no hay ningún viejito en la casa, estoy sola, doña Tina – le contestó Rosarito, soltando una carcajadita corta y nerviosa, que les hizo correr a todos un frío por las espaldas.

Ricardo se despierta, pegado en transpiración a la cama. Mira el reloj despertador: 4:38 de la madrugada. El sueño trataba de otro sueño, uno de su madre que se volvió realidad, un sueño premonitorio que había ocurrido un medio siglo atrás. 

Buenos dias, señor Ricardo. ¿Sabe? me acordé anoche de algo que no le conté; Mi papá decía que su padre le había hablado que a Quiroga, mi abuelo, se le aparecía un indio cada vez que estaba afligido, triste o muy enojado. Era el Cacique Sepé, el jefe Charrúa que se vengó del comandante de la emboscada de Salsipuedes. A mi papá le daba rabia esa historia del viejo, decía que era puro cuento, una mentira del abuelo para asustarlo, manipular y hacerlo obedecer sus órdenes. Quiroga no quería a nadie, decía papá.
La cosa es que a mi viejo también se le apareció un par de veces el indio. Pero a él no le causó ninguna buena impresión: le pareció tan frío y egoista como el propio viejo Quiroga. Es que papá nunca le perdonó al abuelo lo que hizo, y se propuso cortar la maldición del suicidio que parecía impregnar la vida de toda la familia.

Ricardo no pudo dejar de notar que el vocabulario de don Queiróz estaba más refinado y preciso, con más palabras y mejor pensadas y aplicadas.
Digamé don Queiróz, le soltó: y a Ud. ¿nunca lo visitó el fantasma del Cacique?

Después de un largo silencio, el fiel empleado que ya era casi un amigo -un solitario que solo habla con otro solitario-, le dice que sí, que una vez cuando era jovencito, y otra hacía poco tiempo, un par de meses atrás. Me mandó a buscar otra changa, y me dijo que estudiara y que leyera más.

La librería ya está lista y Ricardo va a abrirla al público esa misma tarde. Corre las cortinas nuevas y abre los ventanales y las puertas dobles de la vidriera.
Qué parecido todo a la casona infantil de la calle San Martín en Catamarca! y además con un césped enorme! Cuántos recuerdos de la Tina y el negro Barrionuevo!

Toca el timbre. Un cliente impaciente, adelantado "de más", como dicen en Entre Ríos, en Chajarí, donde vivió don Queiróz en su niñez., piensa. Es solo mediodía y anunció que abriría a las dos de la tarde.
Va a abrir y ve venir, muy lentamente desde el ancho jardín que separa la casa de la vereda, a un viejito, flaco y relativamente alto para su edad, de pelo y barba muy blancos. nariz afilado, como toda la cara. Traje oscuro, con chaleco y moñito, a pesar del calor tropical de Puerto Iguazú.

Buenas tardes, señor, le dice. ¿Puedo hablar con mi nieto? Se llama Queiróz. Dígale, por favor, que me manda Sepé.

Fin.

Javier Villanueva. San Fernando del Valle de Catamarca. Agosto de 2022.

sexta-feira, 1 de maio de 2020

Libros y girasoles. Parte 2.


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Libros y girasoles. Parte 2.

JV. Puerto Libertad, Misiones. R.A. Agosto de 2021.

El despachante aduanero le informa que por fin, después de casi dos semanas, ya están disponibles tres remesas de libros de las ocho que envió desde São Paulo y dos desde Foz do Iguaçu.

Llega la camionetita del transportista contratado por el despachante y Ricardo empieza a abrir con ansiedad los tres palets, que a su vez cargan casi 800 kg. de cajas con libros cada uno.

Uno de los empleados de la transportadora, hombre delgado, de cara y nariz fina, barba larga, y no más de 55 años, lo mira con curiosidad. Se queda por último, y le pregunta a Ricardo si no le molesta que le ayude con los libros. Me encantan los libros, le dice. Y Ricardo simpatiza de inmediato con él. 
Hablan durante un par de horas, y cuando terminan de abrir todas las cajas y organizar algunos estantes de muestras, se ponen a tomar mate; el hombre prefiere un amargo, pero Ricardo es catamarqueño, y lo convence a tomar el mate dulce. Y cómo se llama Ud. amigo? le pregunta. Horacio, para servirle, señor, le contesta el hombre. Soy uruguayo, pero vivo acá hace unos años. Conversan otros diez, quince minutos y el hombre se va. Ricardo le da un billete de 50 Reales brasileños en agradecimiento, y en consideración al interés por los libros que ese hombre sin demasiada instrucción formal le demostraba.

            Se duerme en uno de los sillones al lado del estante que habían empezado a llenar con su improvisado ayudante. Duerme profundamente y solo se despierta al salir del sol con el canto del benteveo o, el quitupi. Un "bem-te-vi" como le dicen en la Sierra de la Cantareira y que cantan como los bentevíes de Catamarca, en la orquesta matutina de Las Chacras.
Y piensa en doña Tina, mi mamá -Argentina, como la patria- dice en voz alta para si mismo. Y se acuerda que cuando nació vivían en un conventillo de la calle Aráoz, en Palermo, hoy una área más o menos chic del Buenos Aires de la clase media, y que por aquel entonces todavía era el reducto de inmigrantes italianos y españoles medio muertos de hambre, y de migrantes del norte argentino, más famélicos todavía. Y bien en frente, en la vereda opuesta a nuestra vivienda de cuartos, piensa Ricardo, estaba el comité femenino de Evita. Y mi mamá, doña Argentina, veía las colas de mujeres que esperaban para hablar con la mujer más poderosa del país en aquel lejano año de 1951. Eran jóvenes o viejas, pero siempre pobres, totalmente dependientes del marido -obrero descalificado de oficios, casi siempre- que necesitaban de un apoyo para salir adelante. Y Evita se los daba: les donaba una máquina de costura o las mandaba a hacer un curso Pitman de dactilografia. Y mi mamá se acuerda de todo eso y se emociona. Ella que nunca fue peronista. Y yo, que tampoco nunca fui peronista, me emociono también al pensar en ella, jovencísima, casi una niña, cuidando un hijo, a más de mil kilómetros de sus padres y hermanos, en una ciudad enorme, como ya era la Buenos Aires de entonces. Y a pesar de todo, alegrándose de ver esas mujeres de la vereda de enfrente, ganando su independencia económica, recuperando su dignidad de seres humanos, no importando si eran "cabecitas negras" del interior o hijas de inmigrantes. 

Ricardo toma un par de libros de una de las cajas y lo hojea: El Infierno Verde, lee y se ríe: Horacio Quiroga...cuántos de sus vecinos saben que la avenida que pasa a dos cuadras de su casa es el nombre de uno de los mayores escritores uruguayos. Recuerda que, a los diecinueve años, Horacio Quiroga, que había nacido en Salto, Uruguay, en 1878 y muerto en Buenos Aires en 1937, esribe en publicaciones locales con distintos pseudónimos, y en 1902 viaja a Buenos Aires como fotógrafo en una expedición que organizó Lugones a la selva misionera, en la que encontraría su fuerza inspiradora. En la capital argentina trabajó, entre 1917 y 1920, como secretario del contador del Consulado de Uruguay y cónsul de distrito de segunda clase. Publica entonces tres libros de cuentos, entre ellos, Cuentos de la selva. En 1935 publica su último libro, Más allá, premiado por el Ministerio de Instrucción Pública de Uruguay. En sus escritos intenta reflejar la condición humana mediatizada por la herencia genética, las taras sociales -el alcoholismo, la prostitución, pobreza y violencia- y el entorno social y material en que vive el individuo. Cierra el libro y piensa que H. Quiroga le hace acordar a alguien, a alguien muy familiar.

            Sueña otra vez Ricardo, piensa, o tal vez delire por causa del calor húmedo y pegajoso, y vuelve a sus largas conversaciones con el abuelo en Catamarca, a la hora de la siesta, en la que todos dormían, por miedo al vapor de la tierra o al duende. 
             El abuelo de Ricardo, don Victoriano Unzaga, le contaba que el maligno vive en los diversos lugares de la tentación, en medio del  juego y del placer. El Supay es el que rige las reuniones de la salamanca, y tiene como sus súbditos a sapos, víboras, duendes y a los desdichados que le vendieron su alma a cambio de alguna gracia terrena. 
             Allí van las brujas, las almas condenadas, y demonios de los infiernos, que al entrar a la cueva le besan las ancas a un carnero y luego se entregan a la farra. De lejos ya puede oírse el estruendo de la música y las locas carcajadas de los condenados, que van a estar varios días sin dormir y ni se les va a notar el cansancio. Además, dice mi viejo que le contaba don Andrés Chazarreta, su tío abuelo, son agraciados por el Supay con alguna virtud en el arte de los instrumentos, o con la capacidad del canto, o la oratoria, y esto se lo confirmó Israel Vilhas, que era un virtuoso de la palabra. Y el otro abuelo, Samuel, decía que conoció un obrero ferroviario que lo había besado al carnero en una zanja de La Quebradita de Tafí del Valle, y que después de eso, ya casi no envejecía. 
           Es que los ardides del Supay para lograr sus objetivos son infinitos, desde aparecerse como un niñito ingenuo, hasta disfrazarse de una mujer linda y tentadora, así pone al alcance de los incautos y descreídos todas sus artimañas. La historia siempre acaba con un contrato firmado con tinta china y la muerte del criollo que por una mujer, por cantar, bailar o por dinero, le entregó el único don que el hombre no debe descuidar, su alma. Se despierta Ricardo y se asusta al ver la hora: 9:15, tardísimo...a levantarse y empezar el trabajo que ya está bastante atrasado.

Don Ricardo, mire, yo no quería molestarlo, pero la verdad es que la transportadora anda con poco trabajo, y querría preguntarle si usted tiene alguna changa para mí, es que me gustan mucho los libros, y lo que me pueda pagar, para mí estaría bien, le dice don Horacio; y Ricardo se rasca la barbilla, lo mira con simpatía, sonríe y le dice, bueno, sí, por algunas semanas, o incluso um mes y medio, sí, puedo contratarlo, Horacio...¿cómo es su apellido? Queiróz, señor, soy Queiroz por parte de madre, y no sé el apellido de mi padre, disculpe. ¿Queiroz, Queiroz, de acá, de Misiones? No, señor, soy uruguayo, vine para acá más joven. Mi familia es de Salto, en frente a Concordia, del otro lado del río. Por eso vivimos entre Chajarí y Concordia durante muchos años, hasta que me fui al Paraguay, y después para acá. Y Ricardo se queda pensativo: Horacio Queiróz, uruguayo de Salto. Muy extraño, muy extraño.

Continuará

JV. Puerto Libertad, Misiones. R.A. Agosto de 2021

         

quarta-feira, 29 de abril de 2020

Girasoles y libros

Tarde de lectura y girasoles, momentos tan apetecibles ...

Girasoles y libros

La casona de Puerto Iguazú era muy parecida a la primera residencia en que pasara cuatro años de su infancia en Catamarca. 
       Sólida y tradicional, con una puerta de hierro de dos hojas, después de un pasillo corto que se abría generoso al enorme patio español de baldosas decoradas. 
        Una galería lateral a la derecha, llena de macetas y geranios daba a tres piezas amplias, mientras que otra de doble hoja, la primera de todas, también a la derecha, llevaba a las oficinas del padre. 
         Ventanales internos y altas puertas de madera hasta el techo, terminaban en un baño, atrás del cual se abría otro patiecito, menor, con entrada al depósito de la empresa del padre; era pegado -a la izquierda de quién entra a la casa- a la amplia cocina-comedor, que limitaba el patio grande de la entrada. 
           Así era la casa de Catamarca, en la calle San Martín, la principal, a dos cuadras largas de la plaza central -llamada San Martín, como se llaman casi todas las plazas de Argentina-. 
          En la esquina con la calle Tucumán, una vitrina ancha, con puerta central para acceder a las oficinas de Águila Saint, en las que el padre de Ricardo era gerente. Una escalera al fondo, atrás de los escritorios, llevaba al sótano que servía de pequeño depósito.
La residencia de Puerto Iguazú, un poco más grande y nueva que la catamarqueña tenía, curiosamente, casi la misma estructura: el patio que se abría a un par de metros de la entrada era un poco más grande y alargado hacia el fondo, regalado por el clima tropical de Misiones con una alta palmera imperial, que le daba sombra y pájaros a manos llenas.
La galería lateral, más espaciosa, con vigas de madera de las cuales colgaban enormes samambaias, llevaban a dos habitaciones, ambas con altas ventanas de hierro y vidrio, y a una puerta cancel hacia la oficina de la esquina derecha.
Todo el resto, poco más o poco menos, parecía haber sido calcado del plano de construcción de la casa de su infancia en Catamarca.
En la esquina de la calle El Pindo con Los Lapachos, a escasos doscientos metros de la avenida Horacio Quiroga, la casona que Ricardo acaba de comprar, disfruta de una enorme ventaja sobre la catamarqueña, gracias al trazado urbano de Puerto: un hermoso jardín frontal de 30 metros hasta la vereda, sin vallas ni varandas, acompaña la ochava de la esquina y le da a la residencia unos aires imponentes de mansión inglesa o francesa de finales del siglo XIX que a Ricardo le encantan.

La gran vitrina de la esquina, entrada a las antiguas oficinas de una distribuidora de yerba mate ya desaparecida, la viene imaginando Ricardo como la fachada de su futura librería y casa de cultura: "Los Girasoles. Libros y culturas de Hispanoamérica, de Brasil y de España".

En la primera de las tres paredes interiores de la oficina y futura librería, se imagina estantes con literaturas de la América que habla castellano, especialmente Argentina. Al medio, las letras de Paraguay, tanto en español como en guaraní. Y a la derecha, las literaturas de España y de Brasil. Al centro de la sala, sillones mullidos y almohadones para la lectura, y una mesita destinada a quién quisera leer en voz alta o presentar al público un cuento, un libro nuevo o una conferencia sobre las culturas y los pueblos a los que la librería se propone destacar.
Los sueños recurrentes y la realidad se le mezclan a Ricardo hace un cierto tiempo: piensa en Catamarca de día, sueña con sus librerías a la noche.
Traer los libros de São Paulo, a través de la frontera, al contrario, es casi una pesadilla: le cuesta más de un mes por causa de la burocracia de la aduana. Almacenarlos en la vecina Foz do Iguaçu y agregarle los títulos brasileños, otra aventura sin glorias, con muchos enojos y bastante paciencia para poder llegar al buen puerto.
            Sueña con su infancia en Catamarca, la llegada en 1952, con un año apenas y una memoria que le viene del deslumbramiento que siente desde entonces por el estallido de colores de Las Chacras, en Fray Mamerto Esquiú, a 12 kilómetros de San Fernando del Valle. 
Colores y voces de medio centenar de parientes que lo levantan, le hablan, lo suben a la yegua Pampita del tío Negro, le hacen chistes que él no entiende porque, después de todo, ¡no sabe ni hablar siquiera! Lo recuerda como si fuera ayer, y en sueños, su padre le dice que no puede ser que se acuerde de cosas tan antiguas, ¡68 años, nada menos! Que te la deben haber contado, Ricardo, y a vos te parece que las viviste; no, no puede ser, hijo.
Los arreglos en Puerto van a todo vapor, pero aun así no alcanzan a la velocidad de las ansias de Ricardo: las cosas no salen de la aduana, los libros que logra traer entre sus bultos personales en las idas y vueltas a Foz no son suficientes para cubrir ni un estante siquiera...en fin, nada alentador.
Una de las preocupaciones de Ricardo es la responsabilidad de saber que la casona de alguna manera mantiene toda la historia yerbatera de la región: había pertenecido a La Cachuera, empresa de Juan Szychowski, un inmigrante polaco cuya familia se estableció en la colonia de Apóstoles en 1900. 
En 1997 inauguraron el Museo Histórico Juan Szychowski, con fotos y herramientas de trabajo que son testigos de la historia de la región. Lo mismo que Kraus, que en la Colonia Santo Domingo Savio, San Ignacio, produce yerba orgánica desde 1894. 
La familia de los primeros propietarios vinieron a Puerto Iguazú y a Aristóbulo del Valle desde Cerro Azul, Bonpland, Colonia Mecking, hasta la ciudad que hoy se llama Leandro N. Alem. Piensa que desde 1930 hasta 1940 llegaron inmigrantes en contingentes cada vez más numerosos para radicarse en las distintas secciones de la Colonia de Aristóbulo del Valle y Salto Encantado. 
Ahora, la actual Aristóbulo del Valle, conocida como la "Capital de los Saltos y Cascadas", es el lugar donde primero se asentaron los pioneros alemanes, austríacos, ucranianos y polacos. Queda a 140 kilómetros de la Capital de la Provincia de Misiones, y a un poco más de Puerto Iguazú. 
Y toda esa historia pesa en los sueños recurrentes de Ricardo, porque él sabe que su librería, al formar parte de la cultura misionera, no podría olvidarse de todos esos aportes humanos.
           Y vuelve Ricardo en sus noches solitarias a pensar en Catamarca, y se acuerda del lustrabotas que pasaba por la puerta de la calle San Martín a las tardecitas. Era un chiquillo de no más de ocho años, y varias veces se sentaban a conversar en el umbral de la casona. El "lustra" le enseñaba cómo arreglarse el pelo con un golpe de cabeza cuando no estaba usando gomina. Y a doña Tina, su mamá, le gustaba ver al chiquilín, admirado con el autito de lata en que Ricardo andaba a toda velocidad entre los dos patios de la casona. Y se emocionaba cuando el pequeño trabajador le pedía permiso humildemente y enseguida se subía al cochecito, una imitación casi perfecta del Fórmula 1 de los hermanos Gálvez, y andaba despacito, como con miedo de ofender a alguien.
Se despierta Ricardo en medio de la noche y piensa que siempre se está muy solo dentro de una casa o departamento. No del lado de afuera, no en el jardín, por ejemplo, donde hay pájaros, perros, gatos y a veces pasa y se queda pastando algún caballo en el césped. 

En el patio grande, con la alta palmera imperial, igual que en el jardín que se extiende hasta la vereda no se está solo nunca. Pero, dentro de las piezas de la casa, sí que se está tan solo que a veces uno se siente medio perdido. 

Oye el chistido de la coruja, como le decía en São Paulo a la lechuza blanca que no salía de sus jardines a la noche. A veces se le aparece também un caburé, que algunos dicen que trae suerte con las guainas y con la timba, pero esos son temas que ya no le llaman la atención a Ricardo, siempre soltero y alejado de las farras, las bebidas y el juego.
Piensa en la soledad y vuelve a reflexionar sobre la librería que va a abrir. La compara con un café, que es toda una institución en Argentina y Uruguay, heredada de España y Francia, y que surgió como algo a medio camino entre lo público y lo privado. Ricardo lo ve como otra forma de la soledad, otra manera de estar solo o de sentirse solitario. En los cafés, como en las librerías, existe siempre la posibilidad real de estar solo, pero cerca de otros. Como el café, la librería pequeña sigue siendo un lugar de reunión de varios o un encuentro de dos. Y también es un lugar habitado por personas solas, o solitarias. 
             Sueña o delira por el calor sofocante del "infierno verde" del que hablaba Horacio Quiroga, y se acuerda Ricardo de los veranos de Catamarca en los que su padre ponía los colchones en el sótano para poder dormir, y el sueño o delirio lo lleva a acordarse de que su viejito tampoco le creía que fuera verdad que se acordara de aquel 9 de agosto. En realidad no confiaba demasiado en sus virtudes de Memorioso. Pero, si yo me acuerdo clarito del verano de 1952 y del tío Rodolfo levantándome en brazos a nuestra llegada a Catamarca, piensa, sueña o delira Ricardo, cómo no me voy a acordar de un hecho tan patente, un año y medio después, nomás.
          Era de noche aquel 9 de agosto de 1953, y el abuelo Samuel vino a buscarme a mi cama. Era muy alto y flaco, se acuerda Ricardo, el viejito  parecía un Quijote; o sea que, cuando me levantó, quedé mucho más alto que en los brazos del tío Rodolfo. Recuerdo muy bien la sensación de pasar con la cabeza raspando por el marco de las puertas de la casa de la calle San Martín, en Catamarca, sueña o delira. Y así fue que la conocí a Gracielita. Llevado a upa por don Samuel, vi por primera vez, en una cuna grandota, marrón, a la que sería mi mejor amiga en la infancia y la cómplice en la adolescencia, recuerda con nitidez Ricardo. 
         Pasaron los años y le enseñé a jugar a la radio –la tele no había llegado a nuestra vida cotidiana- haciéndome pasar yo por el locutor que ofrecía sensacionales ofertas en las Casas Brener (la misma de “me cacho en Brener”); le tocaba a ella el femenino y anticuado papel de ponerse un pañuelito en la cabeza y una cartera en el brazo y salir a hacer compras. El detalle es que ella tenía dos años y yo cuatro, y mi Mamá casi me mata cuando vinieron a contarle que Gracielita estaba a diez metros de la Plaza San Martín, sola. 
         Y poco después de eso, mi Papá nos llevó a todos a Buenos Aires, previo susto durante el golpe militar de la “Libertadora”, en 1955, que nos obligó a dormir un par de noches en el sótano de Águila-Saint. Mientras un tanque del regimiento 17º apuntaba a la CGT, bien enfrente a la ventanita de nuestro sótano, Graciela y yo jugábamos, saltando en nuestros colchones de emergencia, ajenos todavía a los odios de los botudos contra el pueblo y a los miedos de nuestros viejos, que en aquel año de 1955 aun eran muy jóvenes.
La casona de la calle Los Lapachos (la entrada quedaba en la ochava de la esquina, pero Ricardo prefería este nombre y no el de la otra calle, El Pindo) iba progresando de a poco, con tan solo tres obreros en la reforma, un electricista y un plomero. Todos mayores de edad y muy lentos, pero trabajadores y honestísimos, lo que le permitía salir a hacer sus trámites de aduana y dejarlos solos con las llaves, sin preocuparse con los libros y sus pertenencias, a veces durante todo el día.
             Graciela jugaba con Muñeca, nuestra prima -todos los días, las 24 horas y a veces un poco más-, mientras Carlitos y yo, que así se llamaba mi amigo lustrabotas (ahora me acordé del nombre, piensa Ricardo en medio del sueño) nos dedicábamos a la exploración de las terraza de mi casa. 
           Ricardo se recordaba muy bien ahora, en medio del delirio nocturno, que la casona de Catamarca incluía una escalera altísima, o por lo menos así le parecía a él a los cuatro años, que llevaba a la pieza en la que en una época vivió el abuelo Samuel, después el tío Daniel y más tarde el tío Luís, que no debería tener más que veinte años por entonces; y tocábamos el violín del tío Luis y nos subíamos a los techos que quedaban bajos, a la altura de la terraza, sin peligros,  y nos pasábamos horas conversando de quién sabe qué asuntos infantiles, debajo de los tanques de agua de las casas vecinas. 


Se despierta Ricardo y se pone a pensar mientras remueve la cucharita en el café, que Puerto Iguazú nació tal vez en 1609, al establecerse en la zona las primeras misiones jesuíticas, que se quedaron allí por más de un siglo y medio. Y que a fines del siglo XIX se realizó el primer paseo turístico a las Cataratas, en el que viajó doña Victoria Aguirre, la dama que más tarde donaría una buena parte del dinero usado para construir el camino hasta los saltos de agua. ¿Me merezco tremendo honor? piensa Ricardo: estar acá, en este paraíso tropical, el Infierno Verde de Horacio Quiroga -pensó incluso en llamarla así a su librería, Horacio Quiroga, o incluso Infierno Verde, pero no tuvo tiempo de ver si ya no hay otra con ese nombre, seguro que debe haber, pero además lo de los girasoles le gusta más, porque le recuerda a Roberta-. ¿Me merezco yo este premio final en mi vida, ya casi con 65 años, lo que se llama un anciano?

Y se acuerda entre sueños del poema de Mario Vidal que dice "Estoy a tiro del tiro por la culata. Hormigueante el dedo en el gatillo. Ruleta rusa. Girando el tambor. Sonado. Por cuenta propia, a cuenta en la libretita de los fiados o de los finados. Préstamo impagable. Deuda interna eterna. Una seña como seña. A la saña, sana sana. Sacarse la espina, la mala espina."
              Se duerme otra vez, y su último pensamiento antes de comenzar la  secuencia de sueños es que el calor le quita fuerzas, le cambia el metabolismo y necesita una siesta con urgencia. Pero son casi las seis de la tarde y todavía debería estar trabajando, pero no, duerme hasta oscurecer, y se despierta transpirando, con la espalda pegoteada en las sábanas. El aire acondicionado se debe haber descompuesto. Toma un vaso de agua y vuelve a dormir. Sueña. Se acuerda que doña Tina le contaba que, todos los meses, más o menos por el día 6 o 7, su mamá, la abuela Eufemia Valentina se ponía su mejor vestido, se pasaba rímel en las pestañas, lo que le resaltaba el gris azulado de los ojos, un lápiz de labio rojo, y un poco de "blush".
          Como la distancia de Las Chacras hasta San Fernando del Valle -que en esa época era Catamarca, a secas - es muy corta, unos 12 kilómetros, doña Eufemia no se preocupaba en gastar un par de pesos con el taxi, al final, era el día en que ella se lo dedicaba por entero: ir a la peluquería, comprarse un vestido o una blusa nueva. Y claro, hacer las compras del mes en los almacenes de Filipín, o dejar el pedido en las Casas Cola, en la esquina de San Martín y Rivadavia, ya que las tiendas de San Antonio eran poco provistas. Un par de zapatos para los chicos mayores, alpargatas para los menores, botines y chalas con semillas de anís para Victoriano. 

           No había problema con dejar los hijos solos en la casa, le contaba doña Tina a Ricardo, después de todo Saro, el mayor, ya era un hombre de casi dieciseis años y Berta una mujercita, y podían cuidar a los hermanos menores, el Negro, Tina y Luis.

         En todo caso, había también un cuerpo auxiliar de subjefes intermedios: Daniel -el que se cayó en el estanque y al que doña Eufemia consideraba desde entonces "enfermito del corazón", con lo que se aprovechaba para disfrutar de diversos privilegios, como desayunar con café con leche y bifecito, mientras sus hermanos tomaban mate cocido con pan de grasa. Rodolfo y la Gringa, también servían de subjefes de la gran tropilla de los Unzaga.
           La cosa es que ese día, el orden lógico y natural de las jerarquías fraternas no funcionó, y se armó una trifulca de aquellas que empiezan por los bordes, en las periferias del conflicto, y cuando llegan al centro culminan en una pelea al estilo de las de "saloon" en las películas de vaquero, con sillazos, piñas y chichones a diestra y siniestra.
Cuentan que en el año 1901 se funda el pueblito del actual Puerto Iguazú, que nació como Puerto Aguirre. En ese mismo año se construyó también el primer camino que lleva desde el pueblo hasta las cataratas, gracias a la donación de tierras y dinero de la Srta. Victoria Aguirre. Ricardo sueña que maneja un viejo Ford a bigotes, de aquellos de los años de 1910. Maneja a alta velocidad para la época, 50 km/h. Transpira con el calor y el viento le pega la tierra colorada en la cara y el cuello mojados de sudor. Va vestido con camisa mangas largas, chaleco y moñito porque va a la recepción del gobernador que piensa levantar un monolito, lo que después será el hito de las tres fronteras. Se le cruza un yaguareté, y él no sabe si es lo que su tío Negro llama jaguar en Catamarca, pero en los diez kilómetros restantes ve en sueños un tapir, dos ocelotes, y tres pavas de monte. Delira y mientras maneja y toca bocina cada cinco metros, piensa en las cajas de libros que todavía no llegaron a la aduana. Se revuelca en la cama, hasta que por fin se despierta:
          La periferia de la pelea partió, como siempre ocurre donde hay muchos caciques y pocos indios , de uno de los subtenientes -el tío Daniel que, a pesar de su condición de "enfermito del corazón" no perdía ocasión de provocarlo al Negro, que de inmediato mordía la carnada y se enfurecía, dándole el gusto a Daniel. En esa ocasión, la causa de la trifulca había sido una ollita de arroz con leche, que Eufemia le había dejado a Saro para que la repartiera entre todos, y que Daniel astutamente se había hurtado, subiéndose a lo alto de una higuera y comiéndose todo a lentas cucharadas, mientras el Negro, allá abajo, le imploraba : "- Dame un poquito?- ", y el "enfermito del corazón" le contestaba: "- Ya te voy a dar...cuando se termine- ".
          Cuentan los antiguos de la familia que la pelea se generalizó, y cuando ya estaban en medio de los sopapos, llegó la Negra de la abuela, -en realidad, su bisabuela, recuerda Ricardo en medio del sueño- criada de la madre de Eufemia, que quiso intermediar y separar a los revoltosos con sensatos argumentos pacifistas. La Negra, claro, terminó en el gallinero, donde Rodolfo la dejó encerrada por un par de horas hasta que se calmara la pelea.
          Una parte importante de los hechos de ese día fue que la tía Berta, encargada de preparar la comida, estaba picando cebollas en la cocina cuando el "Pintado" - pollo macho y ya casi gallo, para el cual Eufemia y Victoriano habían trazado planes en los que prevían un glorioso futuro de pisador de gallinas - no tuvo mejor idea  que subirse a la mesa a picotear unos restos de legumbre.  
            Y a Berta, con esa sincronía y perfección fatal con que los hechos se concatenan cuando algo tiene que salir mal - lo que ahora se llama "Ley de Murphy", pero que Victoriano prefería denominar "la yeta puta"- no se le ocurrió nada mejor que querer correrlo al súper-pollo tirándole con el cuchillo con el que estaba trabajando. Y el cuchillazo, afiladísimo y certero, fue a clavarse, exacta y sorprendentemente, justo, justo, en el corazón del plumífero.
           Doña Eufemia Valentina y Victoriano llegaron un poco antes de la cena, y ya todo estaba en perfecto orden, y calmo. Ni rastros de la pelea, la Negra ya casi ni lloraba, y en la mesa esperaba servido un rico y abundante puchero de pollo. Se da vuelta en la cama, se endereza en la almohada, se da cuenta que el aire acondicionado volvió a funcionar. Toma un vaso de agua y se levanta en medio de la noche.
Continuará.
JV. Puerto Libertad, Misiones. R.A. Agosto de 2021.

segunda-feira, 20 de abril de 2020

A Peste. 2024. Parte 12. Final




A Peste. 2024.
Parte 12. Final

Ao deixar a fazenda dos sequestradores, e mesmo que um tanto amedrontado com as ameaças do ex-capitão argentino, Jorge tinha dois propósitos em mente e nada iria fazê-lo mudar de ideia. 
O primeiro era confirmar as suspeitas em contra de um dos seus companheiros de moradia, o Ricardo, a quem tinha visto folhear com grande curiosidade um dos cadernos e que se assustou ao ser descoberto nessa atitude. Só ele poderia ter levado a informação aos traficantes.
O outro propósito era encontrar Roberta de uma vez, nem que mais não fosse para adverti-la das ameaças dos traficantes.

Assim que chegou no apartamento conseguiu cumprir seu primeiro objetivo, pois teve a sorte de se encontrar com Ricardo e enfrentá-lo.

— Por que você entregou a esses bandidos criminosos essa informação?- largou de uma vez, e sem esperar resposta soou o tapa na cara.

— Para, Jorge, para! Não quero brigar- sentou no sofá, de braços caídos, demonstrando que estava mal, arrependido e que não queria brigas. — Fui obrigado, Jorginho. Um mês atrás, os guardas do Ministério sequestraram meu pai a mando de um dos filhos do Pequeno Ditador deposto. Queriam que ele informasse meu endereço porque sabiam que moramos juntos e...

— Sim, ok, mas como é que eles sabiam que eu tinha esses cadernos e que um deles contém informações que podem incriminá-los?

— Eu contei sem querer. Quer dizer...escrevi numa mensagem de whatsapp, contando que tenho um amigo romancista que estava preparando um livro sobre o Brujo López Rega e..

— Ok, tá, já entendi. E todo mundo sabe que eles conseguem ler e censurar tudo o que circula na internet, menos você, né?- levantou a voz e mão outra vez, e outra vez se encolheu Ricardo.

— Eu até disse a eles que não adiantava pegar os cadernos, Jorge, porque você já poderia ter fotografado e enviado para outra pessoa.- quase soluçava Ricardo.

— Sim, sim, eu também disse isso a eles. Bom, não interessa. Mas o caso é que você não pode mais ficar aqui. Por favor, pegue as suas cisas e vá embora.- disse Jorginho, ainda de péssimo humor, mas com pouca certeza do que estava fazendo com aquele que até agora era seu amigo de muitos anos.

A segunda tarefa ou objetivo era ver se dessa vez encontraria Roberta. E para isso vestiu a sua melhor roupa, penteou cuidadosamente os cabelos ralos, mas ainda vistosos, e saiu, mais tranquilo por saber que as guerrilhas do território revolucionário já haviam tomado quase toda a cidade e o Ministério apenas resistia de má vontade, com poucas armas, escassa munição, e nada de apoio popular, nos extremos da Zona Leste. Isto deixava Jorginho despreocupado em relação às ameaças dos traficantes contra Roberta.

Chegou por fim na casa da tia de Roberta, y foi ela mesma quem saiu a atender a porta. Estava apenas de toalha e com o cabelo solto e molhado, sinal de que acabava de sair do banho.

— Minha tia saiu e só volta à noite, assim que não vai se importar se eu te receber desse jeito; você também não, né?- disse e sorriu com os olhos e a boca, com toda a picardia que ele sabia que ela poderia usar numa ocasião como aquela.
E ainda se sentou numa poltrona, bem em frente à dele, com as pernas cruzadas que foi abrindo devagar até deixar Jorge ver por baixo da toalha; e a levanta aos poucos, e mostra que por debaixo dela não há nada, a não ser a pele marrom clara; e ainda fica olhando com um sorriso da mais pura inocência.

Roberta, com uma voz suave e rouca, abre um pouco mais as pernas, e se inclina levemente para trás sobre as almofadas da poltrona, e então Jorge não pode deixar de olhar por baixo da toalha, e num vislumbre vê seu sexo moreno, que imagina aveludado, a menos de um metro e meio das suas fantasias noturnas dos últimos anos. 

Bom, para fazer a história mais curta, digamos que na hora de concretizar os sonhos e ilusões recorrentes de tantas noites mal dormidas, a realidade não se mostrou tão generosa para Jorginho -nem para Roberta- quanto as fantasias de ambos. 
E Roberta ainda continua a ser sua amiga, e nada mais. 
O amor não prosperou, talvez porque no momento mais crítico, nada foi tão espetacular assim, e ambos decidiram se manter apenas no longo aprendizado do terreno inexplorado da identificação de um homem e uma mulher. 
As estradas são longas e sinuosas, e só a maturidade traz confiança para entender o que são o amor e a paixão de verdade, para distinguir um do outro, e aprender a combiná-los numa experiência única e inesquecível.

Fim

Javier Villanueva. São Paulo, setembro de 2024.

sábado, 18 de abril de 2020

A Peste. 2024. Parte 11.

Médico de la peste negra - Wikipedia, la enciclopedia libre


A Peste. 2024.
Parte 11.

O desmantelamento da organização criminosa não aconteceu tão rápido como poderiam ter imaginado Roberta e Marta quando fizeram as denúncias às polícias do Ministério e aos guardas populares do território controlado pelos revolucionários. 
Demorou um longo período de quase três anos, durante o qual morreu aquele que se imaginava erroneamente ser o chefe dos traficantes de armas, o ex-capitão argentino; período no qual se descobriu também que o verdadeiro comandante era outro ex-capitão, porém brasileiro e muito conhecido.
O antigo Pequeno Ditador derrocado e seus três filhos resultaram ser os dirigentes de uma vasta pirâmide delitiva com cabeça nas periferias do Rio de Janeiro, e baseada nas antigas bandas de milicianos e a chamada "banda podre" da polícia local, mas com ramificações que, nos quatro anos e meio de duração da quarentena, tinha permitido que tomassem o controle também do PCC paulista e das vastas áreas por eles controladas em várias cidades.

Como se podia ler num dos cadernos em que se falava da última companheira do Brujo López Rega — "também guardou a sete chaves o produto da venda de vários imóveis, entre outros o chalê avaliado em mais de um milhão de dólares à beira do lago Leman, na Suíça, onde ela morou com El Brujo desde que deixou apressadamente a elegante residência madrilenha de Puerta de Hierro"—, essa fortuna havia passado das mãos do antigo comandante da Tríplice A na Argentina para a nova organização dos traficantes de armas em Brasil e suas ramificações em várias capitais da América do Sul e na Europa.

A localização dessa imensa fortuna ilegal, junto com as fotografias e os detalhes dos dados financeiros, foram revelados no livro "La fuga del Brujo. Historia criminal de José López Rega", publicado por Juan Gasparini em 2005.

O ex mandatário, mais conhecido como Pequeno Ditador derrocado, e seus três filhos foram extraditados ao final desse longo processo para a Argentina primeiro, onde foram julgados pelo roubo, porte e tenência de armas que pertenciam ao exército daquele país até 1975 quando foram desviadas; e mais tarde, os quatro foram requeridos e julgados pela justiça estadunidense que os condenou por mais de quinze crimes de várias espécies que seria muito tedioso relatar aqui.

E por que Roberta, tão procurada por Jorginho, estava justo em frente ao seu apartamento no momento em que foi sequestrado? E qual foi o motivo pelo qual Marta, sua colega de pesquisa editorial, estaria com Roberta nesse mesmo instante?
Bom, é uma história mais longa que o que caberia neste relato, e de pouca importância, mas digamos que a amiga e a amada de Jorginho tinham ambas por ele um grande amor, mas amores diferentes; mas tanto uma como a outra sabiam que Jorge nem tinha claro o que era o amor, e nem sequer a diferença entre este e a mera paixão. E ambas sabiam muito bem que o amigo comum iria terminar seus dias sozinhos, porque nada o deixava feliz, e nem sabia direito o que é que poderia chamar-se de felicidade.

O encontro entre Roberta e Marta aconteceu quando a segunda estava internada na UTI do Hospital do Servidor, no bairro da Liberdade, onde a primeira trabalhava desde quando chegou de Espírito Santo, dois anos antes da pandemia se desatar, e se incorporou como enfermeira chefe. 
Em fevereiro de 2020 Roberta já cuidava dos pacientes com covid-19, a doença causada pelo coronavírus. 
Enfermeira intensivista, como são denominados os profissionais das Unidades de Terapia Intensiva, ela também contraiu, seis meses mais tarde, o coronavírus depois de tratar de pacientes em estado grave. Sedada e entubada, mas sem chegar a sentir-se muito mal, testou positivo e já não saiu do hospital durante vinte dias. Voltou uma semana para casa, e uma vez comprovada a cura, se reincorporou ao trabalho na UTI.
Aos 42 anos -treze menos que Jorginho, ele sempre lembrava disso-, tinha passado os últimos meses antes da sua transferência ao Hospital do Servidor trabalhando no H. São Paulo, hospital de referência da Universidade Federal de São Paulo. Desde os 19 anos, trabalha com enfermagem, seguindo o pai como modelo. A enfermagem estava na raiz da família, contava Roberta a Marta, quando por fim esta também chegou doente à UTI que ela comandava. Havia trabalhado como atendente, auxiliar e técnica de enfermagem até terminar a faculdade e a pós-graduação. 
E foi naquela UTI que Marta por fim conheceu Roberta, cujo nome tantas vezes tinha ouvido em meio aos lamentos do amor não correspondido que corroía o coração de Jorginho. Não tinha sido difícil saber que era ela: Roberta, enfermeira e vindo de Espírito Santo. Só podia ser ela.

E por fim, nas últimas semanas da quarentena, e sem que Jorge soubesse até então tudo o acontecido entre elas, num clima pouco propício para a comunicação, a não ser a que mantinha via whatsapp e eventualmente por e-mail com Marta, esta acabou contando que tinha conhecido Roberta, como e quando. E ainda disse que sabia onde estava morando.
Jorginho não conseguiu conciliar o sono durante vários dias, até que começou a organizar um plano para o reencontro com a amada.

Foi nessas tentativas -todas fracassadas- que Jorge terminou sequestrado e começou o desbaratamento da banda de traficantes.

Continuará.

JV. São Paulo, agosto de 2024.