sexta-feira, 1 de maio de 2020

Libros y girasoles. Parte 2.


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Libros y girasoles. Parte 2.

JV. Puerto Libertad, Misiones. R.A. Agosto de 2021.

El despachante aduanero le informa que por fin, después de casi dos semanas, ya están disponibles tres remesas de libros de las ocho que envió desde São Paulo y dos desde Foz do Iguaçu.

Llega la camionetita del transportista contratado por el despachante y Ricardo empieza a abrir con ansiedad los tres palets, que a su vez cargan casi 800 kg. de cajas con libros cada uno.

Uno de los empleados de la transportadora, hombre delgado, de cara y nariz fina, barba larga, y no más de 55 años, lo mira con curiosidad. Se queda por último, y le pregunta a Ricardo si no le molesta que le ayude con los libros. Me encantan los libros, le dice. Y Ricardo simpatiza de inmediato con él. 
Hablan durante un par de horas, y cuando terminan de abrir todas las cajas y organizar algunos estantes de muestras, se ponen a tomar mate; el hombre prefiere un amargo, pero Ricardo es catamarqueño, y lo convence a tomar el mate dulce. Y cómo se llama Ud. amigo? le pregunta. Horacio, para servirle, señor, le contesta el hombre. Soy uruguayo, pero vivo acá hace unos años. Conversan otros diez, quince minutos y el hombre se va. Ricardo le da un billete de 50 Reales brasileños en agradecimiento, y en consideración al interés por los libros que ese hombre sin demasiada instrucción formal le demostraba.

            Se duerme en uno de los sillones al lado del estante que habían empezado a llenar con su improvisado ayudante. Duerme profundamente y solo se despierta al salir del sol con el canto del benteveo o, el quitupi. Un "bem-te-vi" como le dicen en la Sierra de la Cantareira y que cantan como los bentevíes de Catamarca, en la orquesta matutina de Las Chacras.
Y piensa en doña Tina, mi mamá -Argentina, como la patria- dice en voz alta para si mismo. Y se acuerda que cuando nació vivían en un conventillo de la calle Aráoz, en Palermo, hoy una área más o menos chic del Buenos Aires de la clase media, y que por aquel entonces todavía era el reducto de inmigrantes italianos y españoles medio muertos de hambre, y de migrantes del norte argentino, más famélicos todavía. Y bien en frente, en la vereda opuesta a nuestra vivienda de cuartos, piensa Ricardo, estaba el comité femenino de Evita. Y mi mamá, doña Argentina, veía las colas de mujeres que esperaban para hablar con la mujer más poderosa del país en aquel lejano año de 1951. Eran jóvenes o viejas, pero siempre pobres, totalmente dependientes del marido -obrero descalificado de oficios, casi siempre- que necesitaban de un apoyo para salir adelante. Y Evita se los daba: les donaba una máquina de costura o las mandaba a hacer un curso Pitman de dactilografia. Y mi mamá se acuerda de todo eso y se emociona. Ella que nunca fue peronista. Y yo, que tampoco nunca fui peronista, me emociono también al pensar en ella, jovencísima, casi una niña, cuidando un hijo, a más de mil kilómetros de sus padres y hermanos, en una ciudad enorme, como ya era la Buenos Aires de entonces. Y a pesar de todo, alegrándose de ver esas mujeres de la vereda de enfrente, ganando su independencia económica, recuperando su dignidad de seres humanos, no importando si eran "cabecitas negras" del interior o hijas de inmigrantes. 

Ricardo toma un par de libros de una de las cajas y lo hojea: El Infierno Verde, lee y se ríe: Horacio Quiroga...cuántos de sus vecinos saben que la avenida que pasa a dos cuadras de su casa es el nombre de uno de los mayores escritores uruguayos. Recuerda que, a los diecinueve años, Horacio Quiroga, que había nacido en Salto, Uruguay, en 1878 y muerto en Buenos Aires en 1937, esribe en publicaciones locales con distintos pseudónimos, y en 1902 viaja a Buenos Aires como fotógrafo en una expedición que organizó Lugones a la selva misionera, en la que encontraría su fuerza inspiradora. En la capital argentina trabajó, entre 1917 y 1920, como secretario del contador del Consulado de Uruguay y cónsul de distrito de segunda clase. Publica entonces tres libros de cuentos, entre ellos, Cuentos de la selva. En 1935 publica su último libro, Más allá, premiado por el Ministerio de Instrucción Pública de Uruguay. En sus escritos intenta reflejar la condición humana mediatizada por la herencia genética, las taras sociales -el alcoholismo, la prostitución, pobreza y violencia- y el entorno social y material en que vive el individuo. Cierra el libro y piensa que H. Quiroga le hace acordar a alguien, a alguien muy familiar.

            Sueña otra vez Ricardo, piensa, o tal vez delire por causa del calor húmedo y pegajoso, y vuelve a sus largas conversaciones con el abuelo en Catamarca, a la hora de la siesta, en la que todos dormían, por miedo al vapor de la tierra o al duende. 
             El abuelo de Ricardo, don Victoriano Unzaga, le contaba que el maligno vive en los diversos lugares de la tentación, en medio del  juego y del placer. El Supay es el que rige las reuniones de la salamanca, y tiene como sus súbditos a sapos, víboras, duendes y a los desdichados que le vendieron su alma a cambio de alguna gracia terrena. 
             Allí van las brujas, las almas condenadas, y demonios de los infiernos, que al entrar a la cueva le besan las ancas a un carnero y luego se entregan a la farra. De lejos ya puede oírse el estruendo de la música y las locas carcajadas de los condenados, que van a estar varios días sin dormir y ni se les va a notar el cansancio. Además, dice mi viejo que le contaba don Andrés Chazarreta, su tío abuelo, son agraciados por el Supay con alguna virtud en el arte de los instrumentos, o con la capacidad del canto, o la oratoria, y esto se lo confirmó Israel Vilhas, que era un virtuoso de la palabra. Y el otro abuelo, Samuel, decía que conoció un obrero ferroviario que lo había besado al carnero en una zanja de La Quebradita de Tafí del Valle, y que después de eso, ya casi no envejecía. 
           Es que los ardides del Supay para lograr sus objetivos son infinitos, desde aparecerse como un niñito ingenuo, hasta disfrazarse de una mujer linda y tentadora, así pone al alcance de los incautos y descreídos todas sus artimañas. La historia siempre acaba con un contrato firmado con tinta china y la muerte del criollo que por una mujer, por cantar, bailar o por dinero, le entregó el único don que el hombre no debe descuidar, su alma. Se despierta Ricardo y se asusta al ver la hora: 9:15, tardísimo...a levantarse y empezar el trabajo que ya está bastante atrasado.

Don Ricardo, mire, yo no quería molestarlo, pero la verdad es que la transportadora anda con poco trabajo, y querría preguntarle si usted tiene alguna changa para mí, es que me gustan mucho los libros, y lo que me pueda pagar, para mí estaría bien, le dice don Horacio; y Ricardo se rasca la barbilla, lo mira con simpatía, sonríe y le dice, bueno, sí, por algunas semanas, o incluso um mes y medio, sí, puedo contratarlo, Horacio...¿cómo es su apellido? Queiróz, señor, soy Queiroz por parte de madre, y no sé el apellido de mi padre, disculpe. ¿Queiroz, Queiroz, de acá, de Misiones? No, señor, soy uruguayo, vine para acá más joven. Mi familia es de Salto, en frente a Concordia, del otro lado del río. Por eso vivimos entre Chajarí y Concordia durante muchos años, hasta que me fui al Paraguay, y después para acá. Y Ricardo se queda pensativo: Horacio Queiróz, uruguayo de Salto. Muy extraño, muy extraño.

Continuará

JV. Puerto Libertad, Misiones. R.A. Agosto de 2021

         

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