Javier Villanueva, literatura

terça-feira, 12 de maio de 2020

Cuando el fútbol se lo comió todo.





Cuando el fútbol se lo comió todo

Horacio Maggio, el “Nariz”, se escapó de la Esma y logró reencontrarse con su familia durante el mes del Mundial 78.

Por Nicolás Lovaisa

Horacio Domingo Maggio lleva 396 días detenido en el corazón mismo del infierno. Un infierno que incluso él, cristiano, como se define, sabe que no tiene equivalencias con el que describe su religión. “La terrible espera del juicio y el fuego ardiente pronto a devorar a los rebeldes”, dice la Biblia sobre el averno. En la Escuela de Mecánica de la Armada (Esma) no hay juicio. Todos son culpables y para la dictadura sólo hay enemigos, a menos que demuestren lo contrario. Lo dejó en claro el General Ibérico Manuel Saint-Jean, gobernador de facto de Buenos Aires, en mayo de 1977: “Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y, finalmente, mataremos a los tímidos”. Cuando Saint-Jean dijo esto, Horacio, el “Nariz”, para sus amigos, llevaba tres meses secuestrado.

De la Esma, Horacio piensa en escapar. En su cucheta, en esa habitación mugrienta en la que, por las noches, él y sus compañeros sienten ratas caminar sobre sus cuerpos lastimados, lee. Guarda un libro del periodista francés Gilles Perrault. La orquesta roja, publicado en 1967, cuenta la historia de una red de espionaje que se formó durante la Segunda Guerra Mundial para combatir al nazismo. En una de sus páginas, un informe policial destaca que el líder de una organización “al parecer tenía la lista completa de todas las casas con doble salida en París”.

El 17 de marzo de 1978, el capitán Jorge Acosta, alias “el Tigre”, le permite una distracción a Horacio, que se había ganado su confianza. Sale de la Esma acompañado por un militar joven, de bajo rango, con la misión de comprar lapiceras y papel para reabastecer “la Pecera”, un sector de oficinas en el que los secuestrados son obligados a producir informes de interés para los militares. Horacio desciende del auto y recuerda, inmediatamente, la lectura que lo acompañó durante su cautiverio. Identifica un negocio con dos puertas e ingresa. Se esfuma por la de atrás, mientras su custodio está en la de adelante. Enterado de la noticia y enfurecido, Acosta revisa la cama del flamante prófugo. Allí, encuentra el ejemplar del libro que había inspirado al “Nariz”.

Horacio huye. Recuerda su Santa Fe natal, las charlas de política en el colegio Nacional, a sus compañeros de trabajo eligiéndolo delegado del Banco Provincia, su militancia en el peronismo. A su vieja. A Norma, su compañera. A Juan Facundo y María, sus hijos.

El 12 de abril de 1978, Horacio escribe. Lo hace sin parar. Cuenta que fue secuestrado. Que lo torturaron durante 15 días. Que tuvo un paro cardíaco y que un médico lo reanimó para que puedan seguir con “la picana, la máquina y el submarino”. Que escuchó en boca de los uniformados que la manera en la que se deshacían de los cuerpos era juntando 6 ó 7 cadáveres en un auto para acribillarlos y luego incendiarlos. Que estaban tirando personas al mar. Identifica a algunos de los secuestrados con los que estuvo en la Esma. Entre ellas, las monjas francesas Alice Domon y Leonié Duquet y la joven Dagmar Hagelin. También a varios de los represores. Envía cartas a las embajadas de Francia y Estados Unidos; a la ONU; a la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos; a Amnesty Internacional; a sindicatos, periodistas, empresarios y a la Junta Militar. También a dos agencias de noticias extranjeras: la Agence France-Presse (AFP) y la Associated Press (AP). Brinda su testimonio también ante el periodista Richard Boudreaux.

Horacio dice que denuncia por su “obligación moral de cristiano”, y hace llegar su texto a las máximas autoridades de la Iglesia Católica en la Argentina: Juan Carlos Aramburu, Raúl Francisco Primatesta y Vicente Zazpe. Cinco meses antes de su secuestro, los tres habían elaborado un documento en el que reflejaban su acompañamiento a la dictadura “con comprensión, a su tiempo con adhesión y aceptación”. Agregaban que “a pesar de los notables esfuerzos del Gobierno en pro del país, pareciera que hubiera una falta de autoridad”. La cúpula eclesiástica se veía ante una disyuntiva: “Un silencio comprometedor de nuestras conciencias que, sin embargo, tampoco le serviría al proceso”, o “un enfrentamiento que sinceramente no deseamos”. Dos días antes de que Horacio comenzara a redactar su denuncia, los tres se habían reunido con la Junta Militar, que les confirmó, cara a cara, que los desaparecidos habían sido asesinados. Tenían la versión del verdugo. El “Nariz” les escupió la de las víctimas. Decidieron guardar silencio.

El Mundial 78 comienza mientras la Junta Militar está abocada a contrarrestar las denuncias por violaciones a los derechos humanos. Juan Facundo Maggio tiene seis años. Sube a un auto en Caseros. Ve camiones y colectivos repletos de banderas argentinas. En un momento, el auto detiene su marcha. Se abre la puerta y lo ve: después de más de un año, su papá, Horacio, se reencuentra con ellos. En las semanas posteriores, mientras la Argentina avanza en la Copa del Mundo, intenta retomar su vida familiar: pese a ser uno de los objetivos más urgentes de la patota de la Esma, cada tarde busca a Facundo en la escuela.

La selección se queda con la copa y el título le da oxígeno a la Junta Militar. A escasas cuadras del estadio de River Plate, epicentro de la gloria futbolera, el infierno seguía funcionando. En la clandestinidad, sabiendo que su vida pendía de un hilo, Horacio celebró el campeonato con sus hijos. María recordó aquellos festejos durante su testimonio en el tercer juicio por delitos de lesa humanidad que se llevaron a cabo en aquel centro clandestino. “Ese es uno de los recuerdos que tengo —dijo durante su testimonio en el juicio oral por la Megacausa Esma—, de haber estado con mi papá en el festejo del Mundial, de haber estado con él, porque él estaba seguro de que ese día no lo iban a ir a buscar”, contó ante el tribunal la joven. No fue quietud la clandestinidad de Horacio. Por aquellos días, también juntaba cospeles y, desde teléfonos públicos, llamaba a la Esma. “Va a haber un Nüremberg para todos ustedes, asesinos”, les gritaba. 

Lo mataron el 4 de octubre de 1978. “El Tigre Acosta nos llamó y nos hizo pasar a todos, uno por uno, frente al cuerpo de Horacio”, contó Alicia Milia, sobreviviente de la Esma. Las cartas del “Nariz” sirvieron como prueba en aquel juicio y en los que siguieron. Además de su testimonio, en ellas había también mapas del mayor centro clandestino de detención que existió en el país. Horacio pudo ocultarse, pero eligió denunciar lo que pasaba. Lo hizo cuando, como canta León Gieco, “se callaron las iglesias y el fútbol se lo comió todo”.




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Antonio Candido. Um alento humanista.


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Também tive, como Elizabeth, minha amiga e autora do texto, a sorte de conhecer Antonio Candido quando a Librería Española e Hispanoamericana trouxe o FCE -Fondo de Cultura Económica do México- em 1991. E o grande professor e escritor foi convidado para a inauguração da editora em São Paulo. JV.

Elizabeth Lorenzotti

Um alento humanista

Antonio Candido se foi há 3 anos. Tive a sorte de conviver um pouco com o grande professor, que, como eu, morou em Poços de Caldas e amava. 
Seu pai médico foi diretor da Termas. Me contava historias dos antigos habitantes, que infelizmente não gravei. No seu precioso livrinho, "Teresina e etc.", escreve sobre a socialista italiana, vizinha de sua mae. Muito lindo. Disse que ela lhe indicava livros em italiano e ajudou na sua formação.
E eu nem sabia que em Poços tinha havido anarquistas, ele contou.
Mas claro, porque foi grande a imigração italiana, inclusive dos meus. Disse que o sapateiro de sobrenome Caponi sabia de cor os cantos da Divina Comedia. E recitava a quem pedisse.

Eu o conheci quando escrevi a dissertação de mestrado que se tornaria livro sobre o Suplemento Literario do Estadão, que ele fundou em 1956, junto com Decio de Almeida Prado, a quem ele chamava de "ser de exceção".
Dois seres de exceção esses. Que falta eles fazem. E num quadrinho pendurei trecho do discurso do professor, quando ganhou o Juca Pato, em 2008. Para os nossos dias, um alento humanista:

"Devo ser de fato tão antiquado, que venho sendo definido em algumas instâncias como "ilustrado", devidamente entre aspas, e como alguém preso a uma visão de tipo teleológico da história e do pensamento. Devo esclarecer que, ao contrário do que se poderia pensar, considero esta restrição um elogio. Ela quer dizer que me mantenho fiel à tradição do humanismo ocidental definida a partir do século XVIII, segundo a qual o homem é um ser capaz de aperfeiçoamento, e que a sociedade pode e deve definir metas para melhorar as condições sociais e econômicas, tendo como horizonte a conquista do máximo possível de igualdade social e econômica e de harmonia nas relações. O tempo presente parece duvidar e mesmo negar essa possibilidade, e há em geral pouca fé nas utopias. Mas o que importa não é que os alvos ideais sejam ou não atingíveis concretamente na sua sonhada integridade. O essencial é que nos disponhamos a agir como se pudéssemos alcançá-los, porque isso pode impedir ou ao menos atenuar o afloramento do que há de pior em nós e em nossa sociedade. E é o que favorece a introdução, mesmo parcial, mesmo insatisfatória, de medidas humanizadoras em meio a recuos e malogros. Do contrário, poderíamos cair nas concepções negativistas, segundo as quais a existência é uma agitação aleatória em meio a trevas sem alvorada.
É com este espírito talvez obsoleto de velho intelectual participante, como se dizia naquele tempo, que aqui estou para agradecer de coração esta desvanecedora homenagem."

Elizabeth Lorenzotti

Candido e sua mulher Gilda de Mello e Souza, outra grande intelectual
Foto Bob Wolfenson.

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sábado, 9 de maio de 2020

El cantor de tangos, Tomás E. Martínez y el Palacio de Aguas Corrientes

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El cantor de tangos, Tomás Eloy Martínez 
y el Palacio de Aguas Corrientes

Edificio Obras Sanitarias en Mi Buenos Aires querido. Mais uma das tantas coisas belas que a força da grana ergue e NÃO destrói na Argentina.
El Palacio de Aguas Corrientes - oficialmente: Gran Depósito Ingeniero Guillermo Villanueva-, que no era mi pariente, es un edificio emblemático de la ciudad de Bs Aires.
Fue construido para alojar los tanques de agua corriente de la creciente ciudad a fines del siglo XIX, con un exterior suntuoso de materiales importados por el arquitecto noruego Olaf Boye (1864-1933) que llegó a Buenos Aires en 1885 y trabajó con los arquitectos locales Juan Antonio Buschiazzo, Adolfo Büttner y Carlos Altgelt. La supervisión del proyecto estuvo a cargo del sueco Carlos Nyströmer.
Se ubica en la Avenida Córdoba nº 1950, barrio de Balvanera y es un Monumento Histórico Nacional.

Y, "de yapa", como decíamos de chicos, en el Palacio de la Avenida Córdoba, número "año de mi nacimiento", se desarrolla una de las tragedias de la historia de El cantor de tangos, la última novela de Tomás Eloy Martínez, que tomo de La Voz del Interior:
"El cantor de tangos es al mismo tiempo una búsqueda y un desencuentro. Una búsqueda, porque su protagonista es un estudiante norteamericano que llega a Buenos Aires tras la huella de un cantor que, según dicen, es mejor que Gardel, y para encontrarlo recorre los laberintos del tiempo, el espacio y la historia porteños. Un desencuentro, porque la narración dibuja un mapa muy diferente a las postales turísticas, con más sombras que luces y donde, como dice el tango de Cátulo Castillo y Troilo (Desencuentro), se vive siempre desorientado y sin saber “qué trole hay que tomar para seguir”.
Martínez eligió la música ciudadana como eje para su nueva novela, o al menos como un disparador para trazar un recorrido por los crímenes impunes del país. Ellos son el núcleo real de esta historia en la que –como en La novela de Perón, Santa Evita o su premiada El vuelo de la reina, entre otras– se deja entrever una mirada hacia distintas formas de poder desde la ficción. Sus personajes son imaginarios, “aún aquellos que parecen reales”, aclara.
Pese a que siempre aborda temas vinculados a la Argentina, el escritor y periodista nacido en Tucumán no cree que su obra se reduzca a eso: “Todo escritor narra la realidad que conoce y, a partir de allí, las pasiones humanas y los conflictos de la condición humana. No por contar problemas argentinos dejo de contar problemas universales”, explica en diálogo telefónico con La Voz del Interior desde su casa en Nueva York. Y agrega que muchos de sus personajes “viven historias en otros lugares o de maneras poco argentinas. En el caso de El cantor de tango, se trata de un norteamericano con una mirada un tanto desviada de su propia realidad, porque pasa por alto la tragedia de las Torres Gemelas. No hace casi mención, y él viaja una semana antes a Buenos Aires”.
Esta es la primera novela que Eloy Martínez –ganador del premio Alfaguara en 2002– realiza por encargo. Liz Calder, una de las fundadoras de la editorial inglesa Bloomsbury, le propuso que escribiera un libro de cualquier género para la colección “Los escritores y sus ciudades”. Noches antes de su encuentro con ella en Londres, Martínez soñó esta novela: “Era sobre un cantor de tango del que alguien me hablaba maravillas, y al que buscaba desesperadamente para poder oír, pero no lo lograba”, explica. “La única condición para este encargo –detalla– era que el tema fuera relativo a la ciudad, directa o indirectamente. Le conté el sueño y le pareció interesante. Me propuso hacer una crónica, pero le dije que si algo iba a hacer era una novela”.
Historia de un exorcismo
El sueño, convertido en libro, tiene al estudiante Bruno Cadogán como protagonista de una historia que transcurre en la cambiante Argentina de setiembre a diciembre de 200. Bruno Cadogán persigue por un insólito derrotero de presentaciones al inhallable cantor Julio Martel.
A partir de ese hilo, primero musical pero que se abre a lo literario (las alusiones a Borges están siempre presentes, como también a El matadero, de Esteban Echeverría), El cantor de tango se nutre de otras historias, entre ellas algunas esbozadas en una serie de notas periodísticas escritas por el autor para el diario madrileño El País, o en una malograda novela –Mujer de la vida– transformada en un capítulo de este libro. Siempre desde una geografía muy porteña.
“A pesar de que, como todas las ciudades argentinas, Buenos Aires está imaginada y fundada en damero, es una ciudad laberíntica. Pero no un laberinto en el espacio sino en el tiempo, en el cual uno está en un sitio y después en otro, porque se transfigura, desfigura o figura de otra manera, en los mismos tiempos. Es esa sensación la que yo esperaba que transmitiera la novela”, explica Martínez.
El cantor de tango de esta obra parece inspirado en Luis Cardei, fallecido en 2001, y que sufría de hemofilia. Pero ni ese hecho, ni haber utilizado el nombre de otro cantante de tango, como Julio Martel, nacieron premeditadamente. “No está basado en Cardei, sólo tiene su enfermedad... y ni siquiera eso. Cardei tenía una voz muy chiquita y éste una voz dulce y extraordinaria”, explica Martínez. Y agrega que haber nombrado Julio Martel al personaje fue “pura casualidad”. “De veras –reconoce–, como ignoro tantas otras cosas también ignoraba esto, o al menos lo había olvidado. El nombre lo elegí por la eufonía, porque de algún modo quería que Martel evocara a Gardel”.
–Con la excusa de esta búsqueda ¿pretende realizar un recorrido por una historia de la impunidad argentina?
–No es lo que pretendí sino lo que el cantor de tango de algún modo canta, como una especie de exorcismo contra esa impunidad. Hay infinitos lugares, y en todos él trata de ofrecer un recital, de muerte, en un camino en el que va avanzando hacia su propia muerte. Canta en la Amia, en los laberintos subterráneos del Obelisco, en la esquina donde muere el diputado (Rodolfo) Ortega Peña, y canta también a crímenes del pasado remoto.
–La melancolía con que describe a Buenos Aires, como si dejó de ser lo que alguna vez fue o hasta lo que pudo haber sido ¿la convierte en una novela con clima tanguero?
–Supongo que la melancolía tiene que ver con un estado de ánimo durante la escritura. Creo que la ciudad a nivel de las plantas bajas se ha convertido en una especie de bazar de baratijas, pero que mantiene el esplendor del pasado en las partes más altas. Pero no es que yo sea un melancólico del pasado, creo que el mundo avanza y que las cosas no tienen por qué seguir siendo como son. Nada sigue siendo como es y nada debe seguir siéndolo.
Lugares comunes
–Habla de diciembre de 2001, de la dictadura, de Borges, de Gardel, del tango. ¿No temió caer en lugares comunes?
–No sé. Yo sentía que tenía que contar una historia, contarla tal como la estaba viendo alguien que se sorprendía por todo eso. Si incurría en lugares comunes no lo sé. Supongo que el lector me lo advertirá. No sé, dígamelo usted. ¿Usted lo cree?
–Bueno, están reunidos varios símbolos de la Argentina: la represión, el corralito, las marchas, la Amia, El Aleph, la música ciudadana...
–...faltan Maradona, Perón, Evita, la calle Corrientes. No sé, los 100 barrios porteños. El Palacio de Aguas (donde transcurre una de las tragedias) no creo que esté en la nomenclatura... me parece que son más los lugares no tan comunes. Borges entra porque la novela también plantea un diálogo con él, que no tiene que ver con la Buenos Aires de Borges sino con su literatura. Él aseguraba que los argentinos somos pudorosos, reticentes a expresar los sentimientos. Eso creó sobre el resto de la novela argentina un mandato apartado de la realidad, en la medida en que parecía que había cierto terror a expresarlos. En buena parte de la novela posterior a Borges lo que en él funciona muy bien, en sus epígonos es fatal. En El cantor de tango hay una ciudad donde los temas borgeanos, incluso un personaje tan borgeano como Bonorino (que vive en un sótano de calle Garay, bajando por 19 escalones, como en El Aleph), están cargados de sentimientos. Me pareció que era una manera de entrar en diálogo con Borges desde la literatura.
Punto y aparte
–“Santa Evita” y “La novela...” fueron reescritas entre tres y cuatro veces. También “El vuelo de la reina” que pasó de una mala novela, según dijo, a obtener un prestigioso premio. ¿Cuándo siente que una novela está lista?
–Hay un momento en que uno siente que el cuerpo sobre el que está trabajando, un cuerpo textual, está vivo. Avanzar hasta el final no significa que eso que ha nacido sea algo perfecto, sino algo que tenga que ver la luz en algún momento. Por lo general es imperfecto; por lo general me gustaría quedarme con el texto indefinidamente para mejorarlo; por lo general veo una enorme cantidad de debilidades en las novelas que escribo una vez que están publicadas. No creo que haya crítico más implacable consigo mismo que yo, con mis propios libros y nadie me va a decir cosas peores de las que me digo a mi mismo. Siempre creo que puedo mejorar un texto, pero hay un momento en que digo “tengo que dejarlo ir”. No sé cuándo, pero uno siente que el cuerpo tiene vida y sería bueno parirlo.
Las historias de Catalina Godel y Violeta Miller, incluidas en este libro, forman parte de una novela que, según Martínez, nació muerta. “Mujer de la vida, que la terminé en 1989, me nació muerta. Hacia el final de Santa Evita se cuenta que yo estaba deprimido en una cama porque una novela me había salido mal. Bueno, era esta. Ahora quedó reducida al tamaño casi de un relato independiente, pequeño”, explica. “La terminé porque había ganado una beca para eso, y creí que tenía que pagarla de alguna manera. Acabé aún decidido a no publicarla y le dije a la gente de la beca que no había salido bien, que a cada paso sentía que estaba fracasando. Alguien me contestó que por qué no contaba mi fracaso. Es lo que hice en Santa Evita”.
–¿Cómo es eso de una novela que nace muerta?
–Así como uno siente a veces que está trabajando sobre un cuerpo vivo y quiere que salga de una buena vez, del mismo modo hay conciencia, hacia la mitad de la novela, de que lo que está saliendo está muerto, que carece de la vitalidad que tiene que tener un relato de ficción. Está correcto, pero está muerto, no tiene que ver con su propio mundo.
–¿Y las termina igual?
–Mujer de la vida la terminé, otras no. La tengo aquí delante de mío, como tengo todos los cadáveres de mis novelas muertas, como señal de que también cuando se escribe se fracasa. Como en el caso de El vuelo de la reina, cuya primera versión convertí en un cuento breve, Purgatorio, y después volvió completamente diferente. Los mundos que uno escribe de una manera regresan de otra.
–¿Cuando me habla de fracasos los mide también en términos de mercado?
–El mercado nunca tiene que ver con el trabajo de un escritor. Ni antes ni durante el proceso de escritura. Es una consecuencia que tiene que ver más con los editores. Y a veces con el trabajo adicional que le piden a algunos autores, como es la venta del propio libro. De algún modo esto que estoy haciendo con usted es parte de ese proceso ilegítimo (risas), la promoción del texto.
–Para realizar las descripciones ¿recorrió cada lugar, o confía en su memoria de lo conocido anteriormente?
–Siempre he sostenido que para poder mentir bien hay que conocer las cosas como son. No se puede hacer una descripción desviada y delirante de Parque Chas, por ejemplo, sin saber muy bien cómo es. Los lugares me habían impresionado de antes, pero volví una o dos veces a cada uno. En Santa Evita está el interior del Palacio de Aguas. En el momento en que supe que este edificio barroco de Obras Sanitarias era una cáscara vacía, me impresionó muchísimo. ¡Tanta cargazón de afuera y tanto vacío adentro! Lo que menos he visitado es Mataderos, donde transcurre otro diálogo casi secreto con la literatura argentina, con El Matadero: son los bárbaros los que matan a Catalina Godel en una esquina del matadero, del mismo modo que los bárbaros hacen que reviente el corazón del unitario en el cuento de Echeverría." (La Voz del Interior, Córdoba, Argentina)

JV. Catamarca, agosto de 2020.
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sexta-feira, 8 de maio de 2020

Alfredo e as janelas indiscretas do Bexiga.

Bairro do Bixiga (SP) – 30 de passagem


Alfredo e as janelas indiscretas do Bexiga.

Dois anos atrás, depois de uma longa jornada batendo perna na 44ª Feria Internacional del Libro em Buenos Aires, já de saída, com quem me encontro inesperadamente numa esquina? Sim, com o Alfredo Barrionuevo, que estava relançando uma das suas obras. 
Mas não é estranho encontrá-lo assim, de supetão, depois de já té-lo visto caminhando pela Marginal do Tietê, perto do Brás, quando ainda morava em São Paulo, ou meus filhos trombar com ele nas mais diversas linhas do metrô.
Mas a melhor foi um dia em que comíamos calmamente uma pizza na famosa esquina do Bexiga, -a mais antiga, cujo nome não lembro agora- com Cristina Pacheco, e depois de três ou quatro cenas bem ao estilo "Uma Janela Indiscreta", ou "Mujeres al borde de una ataque de nervios", vimos aparecer o Alfredo, assim, do nada.
Para entender melhor o relato, imaginem que estávamos jantando, bem tarde à noitão, grudados numa janela de vidros fechados, que impediam ouvir nada do que se passava na rua. Mas nós podíamos ver tudo para fora, sim, e assim foi que vimos primeiro um casal chegando num carro, namorando cada vez mais ardentemente, beijos, pernas e mãos, até que de repente estoura uma briga: ela bate, ele bate, três ou quatro tapas cada um, numa rápida sequência, até que a moça sai do carro e ele, desesperado mexe a boca -e nós nada de ouvir nada- e, numa tentativa de abre e fecha porta, termina prendendo a mão da moça que grita -muda para os nossos ouvidos surdos- e esperneia até que ele abre a porta e voltam a se beijar apaixonadamente. 
Bom, esquecemos, chegou a pizza e, assim que vai o primeiro garfo na boca, novo tumulto, e vemos passar, a escasso metro dos nossos narizes -a essa altura nós dois já grudados no vidro, esquecidos da pizza, suando e desesperados- um homem perseguindo um outro com uma peixeira de meio metro. Nós angustiados dentro da pizzaria, fazendo caras e caretas de horror, e os outros comensais sem entender bulhufas. 
Acalmada a última cena almodovariana, a menos de um par de minutos, quem passa calmamente ao lado da janela, sempre do lado da calçada? O Alfredo Barrionuevo, é claro.
Risadas e batidas nervosas no vidro, até que saio correndo a chamá-lo e claro, tudo termina em pizza, como corresponde.

Fin.
Javier Villanueva. San Fernando del Valle de Catamarca. Agosto de 2022.


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quinta-feira, 7 de maio de 2020

Evita. La amada de los Malqueridos. 101 años.

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7 de mayo de 2020.

Evita, cumpliendo 101 años. Una piba!
Por Eduardo Galeano

“LA AMADA DE LOS MALQUERIDOS”

        “¡Viva el cáncer!, escribió alguna mano enemiga en un muro de Buenos Aires. La odiaban, la odian los bien comidos: por pobre, por mujer, por insolente.
          Ella los desafía hablando y los ofendía viviendo. Nacida para sirvienta, o a lo sumo para actriz de melodramas baratos. Evita se había salido de su lugar.
La querían, la quieren los malqueridos; por su boca ellos decían y maldecían. Además Evita era el hada rubia que abrazaba al leproso y al haraposo y daba paz al desesperado, el incesante manantial que prodigaba empleos y colchones, zapatos y máquinas de coser, dentaduras postizas, ajuares de novia. 
       Los míseros recibían estas caridades desde al lado, no desde arriba, aunque Evita luciera joyas despampanantes y en pleno verano ostentara abrigos de visón.
        No es que le perdonaran el lujo: se lo celebraban. No se sentía el pueblo humillado sino vengado por sus atavíos de reina. Ante el cuerpo de Evita, rodeado de claveles blancos desfila el pueblo llorando.
Día tras día, noche tras noche, la hilera de antorchas: una caravana de dos semanas de largo. Suspiran aliviados los usureros, los mercaderes, los señores de la tierra.”

      “Parece una flaquita del montón, paliducha, desteñida, ni fea ni linda, que usa ropa de segunda mano y repite sin chistar las rutinas de la pobreza. Como todas vive prendida a los novelones de la radio, los domingos va al cine y sueña con ser Norma Shearer y todas las tardecitas, en la estación del pueblo, mira pasar el tren hacia Buenos Aires. Pero Eva Duarte está harta. Ha cumplido quince años y está harta: trepa al tren y se larga. 
       Esta chiquilina no tiene nada. No tiene padre ni dinero; no es dueña de ninguna cosa. Ni siquiera tiene una memoria que la ayude. Desde que nació en el pueblo de Los Toldos, hija de madre soltera, fue condenada a la humillación, y ahora es una nadie entre los miles de nadies que los trenes vuelcan cada día sobre Buenos Aires, multitud de provincianos de pelo chuzo y piel morena, obreros y sirvientas que entran en la boca de la ciudad y son por ella devorados: durante la semana Buenos Aires los mastica y los domingos escupe los pedazos. A los pies de las altas cumbres de cemento, Evita se paraliza. El pánico no la deja hacer otras cosas que estrujarse las manos, rojas de frío, y llorar. Después se traga las lágrimas, aprieta los dientes, agarra fuerte la valija de cartón y se hunde en la ciudad”.

Eduardo Galeano
Texto extraído de “Mujeres”
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O homem que criou a máquina que esmagou o nazismo.

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Como desagravo à figura monumental do construtor do Exército Vermelho, comparado pelos acuados militares do governo bolso (acuados pelo Bruxo Carvalho) com alguém que está mais para Rasputin que para Trotsky.

Trotsky, a quem devemos agradecer a criação do fabuloso instrumento humano que acabou com o nazismo em 1945, não merecia esta comparação. Falar que "Olavo de Carvalho é o Trotsky da direita" é como comparar uma barata com um cientista.
Sirvam as modestas linhas de um lutador que não é trotskista para reivindicar a figura gigantesca do homem que -igual que Gramsci ou Marx- a direita ignorante desconhece, mas não por isso deixa de temer:

O homem que criou a máquina 
que esmagou o nazismo.


          "En octubre de 2017 se cumplieron 100 años de la hazaña revolucionaria que determinó gran parte de los sucesos mundiales desde entonces: la revolución soviética, obrera y campesina, encabezada por el partido bolchevique dirigido por Lenin y Trotsky.
       Todo el siglo XX y los casi 20 años del XXI están marcados por las consecuencias históricas de este hito revolucionario que fue el surgimiento de la primera república de obreros y campesinos de la historia, la Unión Soviética.
          Aparte del hito histórico que representa, la revolución de 1917 tiene el privilegio histórico de tener como su principal historiador a uno de sus protagonistas centrales, León Trotsky.
      Isaac Deutscher lo cuenta al inicio del capítulo que dedica a “El revolucionario como historiador” en el 3er. tomo de su biografía de Trotsky, "Trotsky. El profeta desterrado. (1929-1940)".


Dice Deutscher:

            “Al igual que Tucidides, Dante, Maquiavelo, Heine, Marx, Herzen y otros pensadores y poetas, Trotsky alcanzó su plena eminencia como escritor en el exilio, durante los pocos años de Prinkipo. La posteridad lo recordará como el historiador, así como el dirigente, de la Revolución de Octubre. 
            Ningún otro bolchevique ha producido, ni podría producir una versión tan grandiosa y espléndida de los acontecimientos de 1917; y ninguno de los muchos escritores de los partidos anti bolcheviques ha presentado nada que pueda comparársele desde otro punto de vista. La promesa de este logro pudo discernirse en Trotsky desde muy temprano. 
           Sus descripciones de la revolución de 1905 constituyen hasta el día de hoy el panorama más vívido de aquel “ensayo general” para 1917. Trotsky produjo su primera narración y análisis de los sucesos de 1917 apenas unas cuantas semanas después de la insurrección de octubre, durante los recesos de la conferencia de paz de Brest-Litovsk; y en los años subsiguientes continuó trabajando en su interpretación histórica de los acontecimientos en los que había actuado como protagonista. Había en él una doble visión histórica: el anhelo del revolucionario de hacer historia y el impulso del escritor para describirla y captar su significado”.

J.V. agosto de 2019. Catamarca. R.A.
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domingo, 3 de maio de 2020

Los Palacios Barolo de Buenos Aires y Salvo de Montevideo


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Los Palacios Barolo de Buenos Aires 
y Salvo de Montevideo

El Palacio Salvo de Montevideo- edificio gemelo al Palacio Barolo de Buenos Aires- se empezó a construir en el año 1923 , terminando la obra en 1928. Fue realizado por el arquitecto Mario Palanti , el ingeniero Lorenzo Gori Salvo y decorado por el pintor Enrique Albertazzi.

Los Salvo eran tres hermanos que compraron el predio en 650.000 pesos para construir una obra similar al edificio Barolo de Buenos Aires.
Allí había una confitería llamada La Giralda, en donde se escuchó por primera vez en 1917, los compases de La Cumparsita.

Durante dos años se perforó el suelo hasta llegar a una profundidad de doce metros para levantar un edificio que se compone de dos sótanos, piso bajo, entresuelo, 10 pisos altos completos , 16 pisos de torre, mas la plataforma del faro lo que hace un total de 31 pisos.

Es imposible saber la cantidad de obreros, técnicos y artesanos que trabajaron durante los años en que se levantó toda la estructura. Para su edificación se emplearon materiales tan caros como mármoles de Carrara, granito de Alemania para los arcos de La Pasiva y roble del Cáucaso para sus puertas.

Los salones del primer piso con ornamentación Art Decó fueron realizados por el pintor italiano Enrique Albertazzi, quien también trabajó en los vitrales del Palacio Legislativo.

Historia de fantasmas:

Todos los vecinos que aseguran haber visto a Don Pedro, el espectro del Palacio Salvo, coinciden en la descripción de su apariencia: es alto, elegante y siempre lleva un paraguas. También concuerdan en que es un fantasma bueno, y no le tienen miedo. Un hombre sostiene que lo salvó de las garras de un ladrón y una niña dice que la ayudó cuando caía de las escaleras.

Vecinos testimonian que lo vieron en las escaleras y en el piso siete. Las puertas suelen abrirse solas. Inquilinos sostienen que el edificio trae suerte.

Una de las más populares historias sobre el espectro del Palacio Salvo data de 1999. Ismael Rodríguez llegó al edificio a las once de la noche y subió en ascensor a su apartamento del piso siete. El largo pasillo estaba, como siempre, inmerso en la más tenebrosa de las oscuridades. Apenas introdujo la llave en la cerradura algo lo paralizó, sintió el filo de una navaja rozándole la garganta y el susurro del hombre que lo instó a abrir rápido la puerta. El delincuente no improvisaba, sabía lo que quería. “Sé que cada martes viene un hombre con un portafolio lleno de plata”, le dijo.

Era cierto. Ismael esperaba semana tras semana a un socio suyo que llegaba, desde el departamento de Canelones, para dejarle una importante suma de dinero. Intentó explicarle, sin faltar a la verdad, que ese día la persona no iría. El ladrón no le creyó y se sentó a esperar que llegara su botín.

El silencio y la tensión hacían de cada segundo una eternidad. Pasaron 45 minutos hasta que, por sorpresa, la puerta se abrió. Ambos pensaron tratarse de una corriente de aire, pero luego vieron en el pasillo a un hombre alto, elegante, vestido de negro que, pese al buen tiempo, sostenía un largo paraguas, y caminaba de un lado hacia el otro. “¿Quién es él?”, preguntó preocupado el delincuente. Ismael le dijo lo único que sabía, lo que comentaban todos sus vecinos: “Dicen que es un fantasma”. El ladrón entendió que una navaja era poca arma para enfrentarse a las fuerzas del más allá y huyó despavorido.

JV. Montevideo. Abril de 2018.

JV. Montevideo. Abril de 2018
Postado por Javier Villanueva, Literatura às 16:13 Nenhum comentário:
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