terça-feira, 7 de junho de 2011

La Casa de Ovejero, el amigo de Victoriano Unzaga

El sexto cuaderno “Laprida” continúa sin aparecer; pero el cuarto (o el quinto, todavía no se sabe si es ese el órden correcto) es más largo y denso; hay menos espacios en blanco y la letra manuscrita en lápiz tinta violáceo es más apretada. Aunque ya empiezan a esbozarse algunos personajes, todavía la trama me parece bastante difusa e indefinida; por ejemplo, no sé a esta altura  todavía, qué pasó con Carlos Prestes y su persecusión infructífera de Javier Villanueva; leo:

“Tres días después, Raquel se volvió a la Patagonia, y mi tía Gringa y Luis quedaron encargados de cuidarme. Sigo en coma, pero saber que estoy tan cerca de los dos me devuelve la imaginación a Las Chacras, a sus caminos de tierra apisonada, a las siestas calientes en la finca del abuelo y a la historia fantástica ocurrida en la Casa de los Ovejero.

"Me adormezco y empiezo a recordar con preciosos detalles una de mis tantas escapadas, allá por los años setenta, cuando vivía entre Buenos Aires y Córdoba, de visita a la tía Gringa y a mis abuelos en Catamarca.

"Me acuerdo bien que la huelga de taxis y de los ómnibus locales se desató sin piedad en la ciudad de San Fernando del Valle ni bien me bajé del micro de la Cacorba, en la vieja terminal. Primero pasé por lo de doña Juana y don Samuel, mis abuelos paternos, que vivían a pocas cuadras de allí, para verlos un rato y por si acaso algún primo me podía acercar hasta las Chacras, a Piedra Blanca o a la Falda; pero no tuve suerte, habían salido. Lo busqué al tío Luis en lo de Ramón Sánchez. Pero tampoco había nadie en casa.

“Decidí ponerme a andar, ya que no había más remedio, y así pasé más de dos largas horas, durante una tarde triste de finales del otoño, en un año de mitad de los 70. Tarde oscura, silenciosa, y con pesadas nubes flotando en los cielos, mientras iba cruzando a pie, a través de una extensión monótona de campos de maíz, tabaco y soja, los siete quilómetros que van desde la capital, San Fernando del Valle de Catamarca, hasta la villa centenaria de San Antonio de Fray Mamerto esquiú, cerca de Piedra Blanca.

"De vez en cuando me daba vuelta y miraba hacia atrás, con la esperanza de que en algun momento aparecería un auto, un “sulky”, o quizás una moto que pudiera acercarme un poco por lo menos. Giré la cabeza unas seis o siete veces en los primeros tres kilómetros; pero nada ni nadie se movía en la ruta, que cada vez se volvía más un camino estrecho y pintoresco. Cuando ya faltaban menos de mil metros para llegar a los límites urbanos de San Antonio, me di vuelta de repente y vi algo que se movía rápido por detrás de un arbusto. Empezaba a oscurecer y sentí un escalofrío, aunque no me pasase por la mente ninguna sensación de miedo. Me detuve, porque sólo había descansado un par de veces en casi dos horas de caminata. Sentado en una verja de piedras, tal vez una “pirca” antigua de la época de los diaguitas, miré hacia atrás. Parecía, o por lo menos así lo sentía, que había alguien observándome. Me levanté de una vez y corrí rápido al lugar en el que el bulto se había movido. Pero más rápido todavía desapareció la sombra, atrás de árboles frondosos y oscuros. Entonces retomé muy de prisa el camino y llegué casi corriendo al pueblo, en menos de diez minutos.

Leia mais em: "De Utopías e Amores, de Héróis e Demónios da Pátria" (JV, Córdoba, 2006)

Um comentário:

  1. Postado no Facebook por Marcela Unzaga:

    De veras que me hiciste llorar!. Yo era felíz cuando pasaba mis veranos en Catamarca y dábamos una vueltita por Córdoba porque papá no quería dejar de visitar a todos cada vez que íbamos por miedo a no volver a verlos.Te lo agradezco tanto!

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