quinta-feira, 19 de fevereiro de 2015

1973. Neruda y Salvador Allende



“El país esta tan indefinible como lo ha sido siempre. Los momios han llegado a una insolencia rayana en lo criminal. Aquí no escuchas sino radios de derecha, insultando afiebradamente al Gobierno y reclamando libertad de expresión. Todas las querellas judiciales del Gobierno, contra estos desacatos, van a parar al tacho de la basura, depositadas allí, por nuestro aparato de mal llamada justicia”.
Esta no es la descripción de una situación actual, sino que tiene más de 40 años, aunque se parezca a más de una pintura de los días de hoy, con las diversas amenazas a la democracia que vivimos.
En el ocaso del poeta, las cartas de Pablo Neruda -enfermo de cáncer- al amigo y escritor Jorge Edwards, reflejan una cierta ingenuidad, mezclada con un voluntarismo casi ciego. Neruda está en Isla Negra, con su mujer, Matilde Urrutia, quien lo mantiene a su lado, aislado dentro de un cerco protector. No le cuenta la verdad del mal que lo mata de a poco, y que Neruda piensa que es reumatismo. Tampoco lo deja enterarse de los graves ataques de la derecha contra el gobierno popular.
“Nuestro aparato de Contraloría se encarga de rechazar lo que manda el Gobierno y el Congreso, de atajar todo lo que se quiere hacer”, dice Neruda, que pese a todas las señales que gritan sobre un desenlace trágico, el autor de "Residencia en la Tierra" se niega a ver, y se muestra porfiadamente optimista en esta carta que permanece en la Universidad de Princeton.
“En cuanto al desabastecimiento, lo que te conté en la carta anterior, sigue igual, aunque algo mejor. Todo el mundo se las arregla para las vituallas, mientras los momios practican el acaparamiento en forma gigantesca”. Es que, según cuenta Jorge Edwards, Pablo Neruda, al llegar de vuelta a Chile, se dejó vencer por el optimismo y trató de no ver los nubarrones negros que se avecinaban sobre el país.
“Aquí los momios están resentidos como caballos de circo, asustados del tigre popular. Sin embargo, hay conciencia y se va ganando firme”, escribe el autor de “Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada” el 14 de abril de 1973.
“La CIA inundó de dólares el país, para apoyar el Paro Patronal y esa divisa bajó en bolsa negra”. Testigos de la amistad entre Edwards y Neruda, las cartas reflejan el voluntarismo final del poeta, que llegando a Chile en 1972 y aun viendo el clima de 1973 se negaba a aceptar el mal pronóstico que amenazaba a la Unidad Popular, lo que iba paralelo a  la ignorancia frente a su grave enfermedad, que era más que evidente para sus amigos.

El 11 de septiembre de 1973, el golpe militar de Pinochet terminaría con el sueño de Neruda y con la vida de su amigo y camarada de años de lucha, el presidente Salvador Allende, y hundiría al pueblo chileno en una noche de atraso y muertes, cárceles y torturas, desempleo y hambre, hasta marzo de 1990.
Pablo Neruda muere en Santiago el 23 de septiembre de 1973, a escasos 12 días del golpe asesino contra su amado pueblo chileno.


Javier Villanueva. Santiago de Chile, enero de 1998.

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