quarta-feira, 4 de fevereiro de 2015

La Hormiguita Delia del Carril y Matilde Urrutia




Relendo "Neruda por Skármeta" (em português, edição da Record de 2005):

Em "El poeta y el Cartero" o jovem carteiro leva uma bronca do Neruda por estar usando seus versos -que ele dedicou à sua mulher, Matilde- para tentar seduzir a bela taverneira da aldeia:

-A poesia não é de quem a escreve, é de quem a usa- contra-ataca o rapaz.
-Esta será mi venganza: que un día llegue a tus manos el libro de un poeta famoso, y leas estas líneas que el autor escribió para ti, y tú no lo sepas -diz, por outro lado, o poeta combatente, Ernesto Cardenal.
A frase do poeta nicaraguense para sua amada indiferente ilustra perfeitamente o que sente Pablo Neruda naquela primeira etapa da sua longa carreira de versos apaixonados e canções desesperadas. E eu fico pensando se a frase do padre guerrilheiro não teria ficado melhor assim (desculpem, deformação profissional de editor):

"...y que no sepas para quién fue escrito". (JV, março de 2016)

¡Y les pagó con la misma moneda!

Amo el amor que se reparte
en besos, lecho y pan.
 Amor que puede ser eterno
y puede ser fugaz.
 Amor que quiere libertarse
para volver a amar”.

Pablo Neruda

Pablito quedó deslumbrado con la belleza juvenil de Laurita, Laura Arrué. La joven había pegado en la puerta de su casa dos retratos, uno al lado del otro: el de ella y el de la actriz Greta Garbo, famosa por aquellos años. Y es que el parecido entre ambas era más que evidente. Sus rasgos finos y su delicadeza, que la hacían destacarse como la más linda entre las bellas de su generación, encandilaron perdidamente al joven poeta. Neruda, que en aquellos tiempos se paseaba por los senderos del Parque Forestal con un extraño sombrero y una enorme capa negra. Como el mismo lo sabía, Pablito no era dueño de un gran atractivo físico, pero claro, su prosa encantadora y sus versos románticos eran – y esto él también lo sabía muy bien- una gran arma de seducción, lo que lo hacía muy popular sobre todo entre las jovencitas, a pesar de la extraña apariencia de oscuro poeta decimonónico que le daban la capa negra y el sombrero de alas anchas.

El enamoradizo poeta no lograba recuperarse de su ruptura con otro de los grandes amores de su juventud, Albertina Azócar, quien fue una de las varias inspiradoras de los más que famosos "Veinte poemas de Amor y una canción desesperada", cuando conoció a Laura, con la que sostuvo un muy corto, pero intenso romance, lleno de intrigas.

Incluso una vez quiso huir sin éxito con ella, Laurita, contando con la ayuda de su amigo, el escritor Eduardo Barrios, autor del libro "El niño que enloqueció de amor". Al poco tiempo, la relación con Laura terminó truncada por el primer viaje de Pablo como diplomático al lejano oriente.

Pero no fue apenas el viaje a la remota Asia lo que impidió que Neruda y Laura permanecieran juntos. Un cartero marcó esta historia que empieza en 1921. Y esa es otra historia que voy a quedar debiéndoles a todos por ahora.

Pero, sea como fuere, los dos grandes amores de la vida del muy enamoradizo Pablo Neruda fueron, sin ningún lugar a dudas, Delia de Carril y Matilde Urrutia. Con cada una de ellas vivió el poeta un romance que además de apasionado fue largo y duradero. Para ambas y cada una de ellas escribió numerosos poemas. Y aunque se pueda cuestionar mucho su modo de ver la relación entre ideologia, política y vida privada, fue junto a ellas que Neruda luchó por hacer realidad un proyecto de vida y social más justo, sin explotadores ni explotados, para todas las mujeres y los hombres. Delia, como él, era una militante comunista.

Delia del Carril y Neruda se conocieron en España, adonde el poeta llegaba después de haber sido cónsul de Chile en Rangún y en la isla de Java. Fue en este último destino que conoció a María Antonieta Hagenaar, la Maruca, una holandesa que vivía en la isla. Se casó con ella en 1930 y luego tuvieron una hija que a los ocho años murió de acrocefalia. Neruda volvió a Chile para trabajar en tareas burocráticas, y después de pasar por algunos cargos consulares en Argentina, viajó a España.

Llegado a la península, de inmediato el chileno se sumó al grupo de escritores de la llamada Generación del 27, con poetas como Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Federico García Lorca y Miguel Hernández, entre otros. Delia del Carril ya era parte del grupo y en esos encuentros fue naciendo lo que luego fue  el amor entre ambos. La pareja se amaba a la vista y provocando la paciencia de la mujer holandesa de Pablo. La pasión fue creciendo entre los amantes hasta que por fin, decidieron irse a vivir juntos. Y Neruda abandonó a María Antonieta, cometiendo lo que sería la primera gran traición amorosa de una vida de pasiones en las que no faltaron engaños y nuevas traiciones.

Delia -o la Hormiguita, como la llamaba Neruda- era 20 años mayor que el escritor, y era hiperactiva, soñadora, además de mujer hermosa y alegre; era tremendamente talentosa y sensible; y era ella misma quien orientaba al poeta, tanto en su trabajo editorial, como política e ideológicamente. Delia y Neruda se unieron en matrimonio en 1943, en México, en un casamiento que no era reconocido por la ley chilena.

A su segunda mujer -el otro gran amor de su vida, Matilde Urrutia- Neruda la conoció en Chile, durante un concierto ocurrido en el Parque Forestal. En esa ocasión no tuvieron más que un encuentro rápido y fugaz. Pero Matilde, una chiquilina todavía estudiante, se fue a trabajar a México, y estando también allá Pablo Neruda, cumpliendo las tareas de su cargo consular, lo reencontró cuando el poeta sufrió una obstrucción en las venas y tuvo que ser hospitalizado; ya convaleciente, empezaron a encontrarse a escondidas, y terminaron uniéndose en una nueva pasión prohibida durante un tiempo, en un departamento de la capital mexicana.

Un poco después, Delia se fue a París con Neruda. Y Matilde, repitiendo sin saberlo, tal vez inconcientemente, la misma estrategia que antes había usado Delia, cruzó el océano y se instaló muy cerca del departamento en el que vivía la pareja para poder tener sus encuentros, siempre fugaces y apasionados. Por entonces, Neruda en sus versos, al referirse a Matilde, la llamaba “Rosario”, para no denunciar su presencia. Poco después, ya viviendo en Italia, la pareja aprovechaba para pasar sus momentos más felices en la isla de Capri. La discutible duplicidad de Pablo con sus dos mujeres duró unos siete años.

Por fin, Matilde y Pablo se vuelven a Chile en 1952. Y al poco tiempo de llegar a Santiago, los laberintos de la pasión oculta los lleva a la casa que luego será la famosa “La Chascona”, a los pies del cerro San Cristóbal.

Un tiempo después, en 1953, Neruda empezó a construir un refugio en Santiago, especialmente para Matilde Urrutia, su amor secreto. Que fue, justamente, “La Chascona”, y la llamó así porque ese era el apodo que él le daba a Matilde por causa de su cabellera rojiza y despeinada. Y es que, una tarde en que andaba paseando por el barrio bohemio que hoy se llama Bellavista, hallaron un terreno a la venta, al pie del cerro. Estaba lleno de malezas y tenía una pendiente empinada, al final, estaba en las faldas del cerro más alto de la capital chilena.

Estábamos como embrujados por un ruido de agua – escribió Matilde en sus memorias - era una verdadera catarata la que se venía por el canal, en la cumbre del sitio– dice. Se entusiasmaron tanto que decidieron comprar el terreno. Mucho tiempo más tarde, en su poema “La Chascona”, de la obra “La Barcarola”, Neruda remembra el “agua que corre escribiendo en su idioma”, y las malezas tupidas “que guardaban el sitio con su sanguinario ramaje”. Pero el caso es que Neruda sigue con el juego de la doble relación, de amor y traición. Mientras vive con Delia del Carril en la casa del barrio “Los  Guindos”, continúa amando a escondidas a Matilde.

Algún tiempo más tarde, Neruda se pone a construir su casa en Isla Negra. Su relación con Matilde, de pasión y amor juvenil, se consolida y la casa a orillas del mar les sirve de un nuevo refugio. Allí viven sus momentos más plenos y felices, hasta que un día Delia se entera, por fin, del engaño. El rompimiento de Delia, la Hormiguita laboriosa y dedicada, con Pablo Neruda, también le trajo sus consecuencias. Muchos de los viejos amigos del escritor no aceptaron su nueva relación y se apartaron de la pareja. Neruda, en venganza, les dedicó varios poemas combativos.

Pasaron los años, y hasta donde se sabe, fue con Matilde con quién Neruda mantuvo una pareja estable, que duró hasta su muerte, en el fatídico septiembre de 1973, a pocos días de la muerte de su amigo Salvador Allende y del golpe militar.   
    
Pero cuentan que, a pesar de la estabilidad y la larga duración de su casamiento con Matilde, la cadena de traiciones de Pablo no terminó por ahí. Dicen que el último amor de Neruda fue una mujer anónima, sobrina de Matilde, que cumplía labores domésticas en la casa de Isla Negra. El poeta se enamoró perdidamente de esta mujer joven, mucho más que él y que Matide -a la que le dedicó el libro “La espada encendida”. Sus encuentros se producían, claro, a escondidas de Matilde, quien, alertada de la relación, se las arregló para encontrarlos “in fraganti”, después de armarle al poeta enamoradizo y traicionero un simulacro de viaje a la ciudad de San Antonio.

Como era de esperarse, el romance la puso furiosa a Matilde, y el poeta se vio obligado a pedirle a su amigo, el presidente Salvador Allende, el cargo de embajador en Francia. La relación con la sobrina continuó en secreto, a tal punto que, cuando Neruda empeoró en su enfermedad y cayó al lecho de muerte en la clínica Santa María, Alicia tuvo tiempo –y corage- de hacerse presente y hasta logró despedirse del escritor.

Doña Matilde Urrutia se volvía así, víctima del mismo viejo delito amoroso que tiempo antes la había hecho victimaria de Delia, la Hormiguita, forjadora de gran parte de la fama de Pablo. En el amor, como en la guerra, la traición con traición se paga.

Es verdad que el poeta amó muchas veces, y mucho. Y este es un defecto –el de la traición amorosa, digo- de no poca gente. Una falla cultural, digamos, de muchos hombres, más frágiles en sus voluntades íntimas, caseras o domésticas, que en sus convicciones públicas. Fue tal vez por eso que, en su libro “Memorial de Isla Negra”, Neruda escribió:

Amé otra vez y levantó el amor
una ola en mi vida y fui llenado
por el amor, sólo por el amor,
sin destinar a nadie la desdicha.

Pero visto desde el punto de vista de hoy –y de los grandes avances del feminismo y sus luchas por la igualdad total entre los sexos- podemos decir que los devaneos amorosos del enamoradizo Pablo, tan románticos y pasionales, fueron los responsables, a la larga, por la desdicha de todas sus compañeras. Y no solo de ellas, una vez que ese era el alto precio que cada una de las mujeres de aquellas épocas debían pagar para poder pasar a la posteridad como musas de uno de los escritores más grandes –y más machistas, dígase bien claro- del siglo XX.


Javier Villanueva. Santiago de Chile, 22 de enero de 2014.

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